María Blanchard et moi, con La Comulgante en el Museo Reina Sofía, en Madrid
No era esta vez una coartada literaria, como suele ocurrir, en la que pensé al organizar el viaje a Santander, sino una coartada artística y, sobre todo, feminista. La vida de María Blanchard, tan intensa como su pintura, me llamó la atención y decidí seguir su rastro por la ciudad donde había nacido en 1881. Me lo tomé como un juego, como una caza del tesoro. La primera pista era, por supuesto, la casa natal en la calle Santa Lucía, con una de esas placas conmemorativas, “Aquí nació…” y después el Museo de Arte Moderno y Contemporáneo.
Calle Santa Lucía de Santander
Aquí nació...
Pero el verdadero flechazo, que me convirtió en fan total de Blanchard, apareció por casualidad en el centro de Santander, en esa joya de librería que es Gil, Premio Zenda Librería 2023-2024. En sus expositores encontré un librito diminuto —una de esas perlas de Casimiro Libros— que parecía firmado por Lorca, pero no era del todo así: eran breves textos de amigos y escritores que conocieron bien y apreciaron aún más a María. Y ahí, en esas mínimas páginas pude comprobar que estaba ante una mujer fuera de su tiempo, una de esa mujeres que no caben en una etiqueta.
Compré este librito en la Librería Gil de Santander
Desde entonces no he dejado de leer sobre ella; de escuchar conferencias en YouTube y de buscar libros en las bibliotecas… Así descubrí que había sido una de las grandes del cubismo. La han llamado “cubista invisible”, “mujer a destiempo”, “pintora adelantada a su tiempo”, “pintora a pesar del cubismo”, “la gran dama del cubismo”. Murió en París en 1932, con apenas 51 años, y durante décadas su nombre quedó relegado a un discreto segundo plano. En los años ochenta, por fin, empezó a ser valorada y aparecieron investigadores y estudiosos de su obra y de su vida. Y vinieron conferencias y exposiciones como la que se inaugura en mi ciudad, Badajoz, el próximo día 6 de marzo, en el Museo de Bellas Artes y que se podrá visitar hasta el 14 de junio de 2026. ¡No pienso perdérmela!
María Blanchard nació en una familia culta y burguesa, hija y nieta de periodistas — padre y abuelo habían fundado sendos periódicos en Santander— siendo alentada desde niña a pintar. Se formó, siempre con los mejores maestros, en Madrid y mas tarde en París donde encontró su verdadero lugar entre las vanguardias. Compartió cafés y conversaciones con Juan Gris, Diego Rivera y Angelina Beloff, grandes amigos todos ellos. En España, la cifoescoliosis de nacimiento que le deformaba la espalda la convirtió demasiadas veces en blanco de burlas; en París, sim embargo, fue acogida y valorada. Quizá por eso su pintura tiene esa mezcla de fuerza y melancolía que la caracteriza.
Mujer con abanico. Museo Reina Sofía
En 2032 se cumplirán 100 años de su muerte. Ojalá para entonces su nombre suene tan alto como los de sus compañeros de generación. Por mi parte, le dedico este pequeño homenaje, nacido entre paseos por Santander y lecturas encontradas.
Y si pasas por Badajoz esta primavera, no dejes de visitar a mi amiga María Blanchard.
Pilar Otano Cabo
Badajoz, marzo de 2024
























