Parece lógico que, estando cerca del mar, el tema del día sea el agua. Por eso, hoy hemos seguido sus huellas desde el agua real y enfurecida de Azenhas do Mar hasta el agua interpretada por artistas de distintas disciplinas en la Bienal del Agua de Cascais y Estoril.
| El Atlántico embravecido en Azenhas do Mar |
El recorrido no fue cosa nuestra. Lo habían preparado nuestros amigos «casi portugueses», que conocen bien esta zona y se convirtieron en la mejor compañía en este viaje de un agua a otra.
La primera parada fue Azenhas do Mar. Allí, el agua salvaje rompe contra las rocas, choca y retrocede para volver a embestirlas unos segundos después. Las olas inundan la piscina natural que, en otros momentos, debe de ser el sueño de los niños que pululan alrededor, deseosos de entrar en el mar. Hoy no era el día. Hasta la socorrista ha tenido que llamar la atención con su silbato a los más atrevidos, que osaban acercar un pie a la orilla.
El viento terminaba de componer la imagen perfecta de un endiablado día de finales de agosto en el Atlántico. El entramado de casas blancas que trepa por la ladera parecía contemplar aquella batalla repetida entre el mar y la roca.
| Azenhas do Mar |
Después de disfrutar un buen rato de esa fuerza desatada, tocaba hacer una pausa antes de continuar hacia el agua transformada por el arte. Nuestros amigos habían previsto una parada en Colares. En la Ribeirinha de Colares comimos muy bien y encontramos un regalo que no estaba en el menú. En la barra, un equipo de sonido al más puro estilo discotequero —platos, mesa de mezclas y una buena colección de vinilos— hacía esperar cualquier cosa menos la música suave que nos acompañó durante la comida: Kind of Blue, de Miles Davis. Una inesperada y deliciosa banda sonora para recuperar fuerzas y seguir el camino.
| Una inesperada banda sonora en Ribeirinha de Colares |
Con el Atlántico todavía presente en la memoria, retomamos la ruta hacia Cascais. Por la tarde, el sol decidió acompañarnos hasta la Bienal del Agua, que se celebra en distintos espacios del municipio. Nosotros visitamos la exposición principal, instalada en el Centro de Congresos de Estoril, donde un buen número de artistas han interpretado el agua desde perspectivas muy diferentes.
| Centro de Congresos de Estoril. Bienal del Agua 2026 |
El cambio de escenario era evidente, pero el tema seguía siendo el mismo. Ya no teníamos delante olas que golpeaban la costa, sino obras que intentaban contener, traducir o cuestionar todo lo que el agua representa.
A nuestra amiga «casi portuguesa» y a mí nos atraía especialmente la obra de Joana Vasconcelos, una artista a la que ambas admiramos y seguimos desde hace tiempo. Y no nos defraudó. En Flood, una bañera de aspecto clásico aparece cubierta por decenas de desagües metálicos. De lo alto cae una especie de ducha o cascada formada por cadenas y más desagües, como si toda el agua estuviera condenada a desaparecer antes incluso de poder utilizarse.
| Joana Vasconcelos, Flood |
Como suele hacer, Joana Vasconcelos parte de un objeto doméstico y perfectamente reconocible para transformarlo en algo desconcertante. La bañera, asociada al bienestar y a la intimidad, sirve aquí para recordarnos que disponer de agua en distintos puntos de nuestras casas es un lujo que hemos terminado considerando natural. Abrimos un grifo y el agua aparece. Llenamos una bañera, dejamos correr la ducha y rara vez pensamos de dónde viene o qué ocurre después con ella. En buena parte del mundo, sin embargo, ese gesto cotidiano continúa siendo un privilegio.
| Detalle de los desagües de Flood |
A partir de ahí, las demás obras ampliaban y complicaban esa primera impresión. Había gotas convertidas en símbolos, mapas alterados por ondas, superficies que parecían moverse y fotografías en las que el agua se presentaba unas veces como refugio y otras como amenaza.
Me impresionó La crociata dei bambini (La cruzada de los niños), de Andrea Mastrovito: una embarcación atestada de niños de distintas procedencias, algunos de ellos convertidos en soldados. El título remite inevitablemente al poema de Bertolt Brecht sobre un grupo de niños que, huyendo de la guerra, buscan un lugar donde vivir en paz. El mar no se limitaba al cuadro, sino que se extendía por el suelo de la sala, mediante numerosas piezas azules, onduladas y brillantes, hechas, sorprendentemente, con ¡libros abiertos. Allí el agua dejaba de ser paisaje para convertirse en vía de huida, frontera y recuerdo de todas las infancias arrastradas por las guerras de los adultos.
| Andrea Mastrovito, La crociata dei bambini |
La distancia entre Azenhas do Mar y Estoril no era solo geográfica
Esa misma mañana habíamos contemplado el Atlántico desde un lugar seguro, fascinados por la fuerza de las olas. Por la tarde, las obras de la Bienal nos obligaban a mirarlo de otra manera. El agua podía ser belleza, juego y deseo, pero también escasez, despilfarro, peligro, memoria y frontera.
Al final del día comprendimos que habíamos seguido, casi sin proponérnoslo, un recorrido continuo. Primero vimos cómo el agua dejaba sus huellas sobre las rocas de Azenhas do Mar. Después, cómo los artistas las recogían, las transformaban y nos invitaban a leerlas de nuevo en Estoril.
El agua nunca es solamente agua. Y un viaje nunca es solamente un lugar.
Si te apetece leer algo más de esa Bienal del Agua, puedes visitar la web de la Bienal del Agua.
Pilar Otano Cabo
Agosto de 2026
























