martes, 20 de octubre de 2026

Gallipoli: una historia de aceite lampante

CUADERNO DE PUGLIA ● 5

Vista de la playa de la Purità, en Gallipoli, con bañistas, el Mar Jónico y las murallas del casco antiguo.
La Gallipoli luminosa que encontramos al llegar:
mar, playa y fachadas frente al Jónico.

Al llegar a Gallipoli vimos una ciudad luminosa con iglesias barrocas, fachadas claras y callejuelas que desembocan en el mar. Los bañistas me dieron envidia en la playa y las calles estaban a rebosar de tienditas de recuerdos para llevar Gallipoli a casa—eso no me dio ninguna—. Los turistas recorríamos aquel escenario de postal, sin sospechar que bajo nuestros pies se escondía otra ciudad, mucho menos luminosa, pero imprescindible para comprender la que teníamos delante.


Catedral de Gallipoli. Concatedral Basílica de Santa Ágata Virgen
Barroco de Gallipoli, una de las caras
más visibles de la prosperidad de la ciudad.

La visita a uno de los frantoi ipogei —unos molinos de aceite subterráneos característicos del Salento— nos cambió la mirada. Bajo las casas y las calles había otra Gallipoli: oscura y húmeda.

En aquellas salas excavadas en la roca se molían las aceitunas con grandes muelas de piedra y se prensaba la pasta obtenida. Luego, el líquido reposaba en depósitos para que el aceite se separara del agua de vegetación. Las tinajas que aún vemos nos ayudan a imaginar el almacenamiento, y las prensas nos recuerdan que aquella producción exigía tiempo y trabajo. Estos molinos, algunos de origen medieval, conocieron su mayor desarrollo entre los siglos XVI y XVIII y fueron perdiendo protagonismo a lo largo del XIX, aunque algunos continuaron funcionando hasta bien entrado el siglo XX.


Antiguas prensas de tornillo utilizadas para extraer aceite de oliva en un molino subterráneo de Gallipoli.
Las prensas de uno de los frantoi ipogei de Gallipoli,
testigos de siglos de producción de aceite.


A nosotros, que venimos de tierra de olivos, todo aquello nos resultaba curiosamente familiar. Las grandes piedras de moler, las prensas o los depósitos podrían encontrarse, con sus variantes, en muchas antiguas almazaras de nuestros pueblos extremeños. Sin ir más lejos, en el Museo Etnográfico de Olivenza, muy cerca de Badajoz, se conserva una almazara en la que las aceitunas pasaban por un proceso prácticamente idéntico: molienda sobre piedra, prensado de la pasta colocada en capachos y almacenamiento del aceite. Y hay otra coincidencia curiosa: también por aquí los aceites de peor calidad se destinaban al alumbrado y a la fabricación de jabón. ¡Resulta que Gallipoli y Olivenza tenían bastante más en común de lo que yo imaginaba!


Visitante junto a una gran muela de piedra en el interior de una antigua almazara subterránea de Gallipoli
Una maquinaria que nos resultó familiar:
las antiguas almazaras extremeñas no eran tan diferentes

La singularidad de Gallipoli estaba en otra parte. 

¿Por qué construir las almazaras bajo tierra? La explicación era bastante práctica: la temperatura se mantenía relativamente constante, incluso durante el invierno, lo que favorecía el proceso de elaboración del aceite. Y allí, bajo las calles y los palacios, se desarrolló una actividad que llegó a tener una enorme importancia comercial.

Eso sí, lo que para la producción resultaba una ventaja, no debía de serlo tanto para quienes trabajaban allí. Durante la temporada de molienda, hombres y animales pasaban largas jornadas en aquellos espacios excavados en la roca, entre muelas, prensas y depósitos. No es difícil imaginar las condiciones de trabajo, la humedad, los olores o la escasa luz. Y más aún cuando sabemos que, sobre sus cabezas, se alzaban los palacios y las iglesias de una ciudad enriquecida por aquel comercio.

Volviendo al aceite, que me disperso. Solo una parte muy pequeña  acababa en la mesa. Casi todo era aceite lampante, llamado así por su utilización como combustible para lámparas. También se empleaba en actividades industriales, como la fabricación de jabón y algunos procesos textiles. Antes de que el gas, el queroseno y finalmente la electricidad transformaran el alumbrado, el aceite de oliva tuvo una importancia que hoy no es fácil imaginar—bueno, sí, por las pelis y las novelas.

Así que desde el puerto de Gallipoli, el aceite del Salento viajaba hacia distintos mercados europeos. Los barcos salían cargados de barriles con un producto para alimentar las lámparas de ciudades tan lejanas como Londres o París. Resulta fascinante imaginar que, mientras unos hombres trabajaban bajo tierra, el fruto de su esfuerzo contribuía a iluminar las noches de quienes vivían a cientos o miles de kilómetros.


Placas con escudos de antiguas representaciones viceconsulares de Rusia, Países Bajos y Suecia y Noruega, expuestas en Gallipoli.
Los escudos viceconsulares recuerdan las relaciones comerciales
que Gallipoli mantuvo con distintos países europeos gracias al aceite.

En el molino encontramos también unos escudos que me llamaron la atención. Eran los de las representaciones viceconsulares de Rusia, los Países Bajos, Suecia y Noruega. ¿Qué pintaban allí aquellos países tan lejanos? Pues resulta que el comercio del aceite había adquirido tal importancia que Gallipoli llegó a contar con una docena de viceconsulados extranjeros. ¡Quién iba a imaginar semejante actividad internacional bajo la apariencia de aquella tranquila ciudad junto al mar!

Y fue entonces cuando vi la ciudad brillante de arriba de otra manera. Las iglesias y los palacios no estaban separados de aquel mundo productivo: el comercio del aceite contribuyó a la prosperidad de Gallipoli y dejó su huella en el paisaje urbano. Eso sí, al ver tanta riqueza, te ronda la cabeza la duda de cuánta de la riqueza producida en esos lugares oscuros llegaba a manos de sus trabajadores.

Interior de un molino de aceite subterráneo de Gallipoli, con un visitante, antiguas prensas, tinajas y depósitos excavados en el suelo.
Bajo las calles de Gallipoli se conserva la memoria de una actividad
que durante siglos sostuvo buena parte de su comercio.

Con la llegada de nuevos combustibles y sistemas de alumbrado, aquel comercio fue perdiendo su importancia. Los molinos acabaron cerrando y algunos de ellos se han conservado como testimonio de una actividad que durante siglos marcó la vida de la ciudad. Y para que los visitantes conozcamos esa otra Gallipoli.


Castillo de Gallipoli junto al puerto, con sus torres de piedra reflejadas en las aguas tranquilas.
El puerto de Gallipoli, desde donde partían
los cargamentos de aceite hacia los mercados europeos.


Hoy paseamos entre tiendas para turistas y buscamos un recuerdo que quepa en la maleta. Pero basta descender unos escalones para descubrir que, bajo aquella Gallipoli de fachadas luminosas y calles animadas, permanece la memoria de otra ciudad.

Pilar Otano Cabo

Badajoz, España

Octubre de 2026





miércoles, 14 de octubre de 2026

Olivos, Xylella y un café con Helen Mirren


CUADERNO DE PUGLIA ● 4

Yo ya llevaba la Xylella en la cabeza. Sabía que había causado una grave crisis en los olivares de Apulia, especialmente en el Salento, y desde la ventanilla del autobús iba buscando señales de aquel paisaje herido. Pero el autobús no se detenía cada vez que mi cámara lo necesitaba —¿o era yo la que siempre llegaba tarde?—. Aun así, alcancé a ver olivares muy distintos entre sí: en algunas parcelas los árboles conservaban el verde; en otras, las ramas desnudas se mezclaban con montones de restos de poda y la tierra clara. Los muros de piedra seguían dibujando los límites de los campos y, de vez en cuando, aparecían casas rurales entre los árboles.


El paisaje que vimos desde el autobús: olivos
El paisaje que vimos desde el autobús:
 olivos de aspecto muy distinto, aunque no podíamos saber qué le ocurría a cada árbol.


No podíamos saber qué le había ocurrido a cada olivo. Una fotografía tomada al paso no permite distinguir un árbol enfermo de otro podado o afectado por otras circunstancias. Pero aquel paisaje desigual nos llevó a pensar en esa Xylella fastidiosa, la bacteria que ha causado una grave crisis en los olivares de Apulia y, especialmente, en el Salento. 

Mientras mirábamos los campos, aparecían también extensiones de placas solares. El sol, que durante siglos ha madurado las aceitunas, se ha convertido ahora en fuente de electricidad. No pude saber si aquellas instalaciones ocupaban antiguos olivares afectados ni la historia detrás de  cada parcela; sería atrevido por mi parte afirmarlo. Lo que sí vimos fue un territorio donde conviven —a veces muy cerca— la agricultura tradicional y esas nuevas formas de aprovechar la energía.

Enseguida me vino a la cabeza nuestras encinas extremeñas y la seca. Sé que no es la misma enfermedad: en el Salento hablamos de una bacteria que afecta a los olivos; en nuestras dehesas, la seca es un problema complicado que afecta a encinas y alcornoques, con la fitóftora como uno de sus culpables. Pero las imágenes de árboles debilitados acercaban aquel paisaje a casa. 

Y, ya puestos a imaginar, habría estado bien que Helen Mirren nos hubiera invitado a hablarlo en su masseria de Tiggiano, con un café leccese y un pasticciotto delante. Seguramente, entre el café y el dulce, nos habría contado cómo trabaja Save the Olives, la organización con la que apoya la investigación y la recuperación de los olivos monumentales. Entre sus proyectos está un campo experimental en Ugento dedicado a estudiar nuevas variedades resistentes a la Xylella. 

Aquí lo cuenta en Instagram. Me conformo con eso. El café y los pasteles corrieron por nuestra cuenta. 


La preocupación por los olivares salentinos también ha llegado a los medios españoles. En mayo de 2026, El País contó la implicación de Helen Mirren en Save the Olives, una iniciativa que apoya la investigación y la recuperación de los olivos afectados por la Xylella. 


Leer la noticia en El País.


Al final, nuestras fotos no muestran la bacteria ni prueban que aquellos árboles estuvieran enfermos. Muestran algo más simple y más cercano: el paisaje que vimos desde el autobús y la pregunta que nos acompañó después. ¿Cómo se recupera un territorio cuando sus árboles forman parte de su identidad? Seguiremos al tanto…


Pilar Otano Cabo

Badajoz, España

Octubre de 2026








sábado, 10 de octubre de 2026

La ciencia entró por una puerta de carruajes


CUADERNO DE PUGLIA ● 3


Un encuentro con Vincenzo Schettini


No entramos en aquel patio porque supiéramos que estaba ocurriendo algo importante. Estábamos en Bari, paseando tranquilamente por el Corso Vittorio Emanuele II, la gran avenida que separa Bari Vecchia del Borgo Murattiano, el barrio de amplias calles trazadas en cuadrícula cuya construcción impulsó Joaquín Murat a comienzos del siglo XIX. Lo que llamó nuestra atención fue una de esas antiguas puertas de carruajes que todavía conservan algunos palacios y casas señoriales. La puerta daba acceso a un patio y, dentro, un grupo de personas con cámaras y micrófonos rodeaba a un hombre de llamativos cabellos blancos que hablaba con entusiasmo.

Vincenzo Schettini y su nuevo libro, La scuola che verrà. Riflessioni nell’era del cambiamento.
Vincenzo Schettini en el Teatro Piccinni

Soy un poco cotilla —aunque quizá quede mejor decir curiosa— y me atraen esas pequeñas casualidades que aparecen durante los viajes. Así que nos acercamos, hicimos unas fotografías y seguimos nuestro camino sin saber quién era aquel señor.

Más tarde, la curiosidad continuó trabajando. Busqué su imagen con Google Lens y apareció un nombre: Vincenzo Schettini, profesor de Física, músico y uno de los divulgadores científicos más populares de Italia. Sin pretenderlo, nos habíamos tropezado en Bari con el creador de La fisica che ci piace.

Estaba allí, en el Teatro Piccinni, para inaugurar el curso escolar de Bari y presentar, en primicia nacional, su nuevo libro, La scuola che verrà. Riflessioni nell’era del cambiamento. El encuentro planteaba cómo educar a una generación crecida entre teléfonos móviles, redes sociales e inteligencia artificial, y defendía la necesidad de hablar de educación también fuera de las aulas.


Al día siguiente, la prensa local puso nombre e imágenes a aquella escena inesperada: la Repubblica Bari publicó un vídeo del encuentro de Schettini con estudiantes y profesores en el Teatro Piccinni.


Al conocer el motivo de aquella entrevista, el azar italiano me devolvió inmediatamente a Badajoz. Mientras Schettini llevaba al escenario de un teatro sus reflexiones sobre la enseñanza y convertía la divulgación científica en espectáculo, aquí Lorenzo Blanco trabaja desde hace años, con un entusiasmo difícil de desalentar, por el Museo Extremeño para la Ciencia y la Tecnología para nuestra región.

Nos apasionan los museos de ciencia y todo lo relacionado con la divulgación científica. Quizá porque en ellos la ciencia deja de parecer una materia reservada a especialistas y se convierte en una experiencia al alcance de cualquiera. Un experimento, una antigua máquina, un microscopio o una sencilla pregunta pueden despertar una curiosidad que no entiende de edades. Un buen museo de ciencia no nos recuerda lo poco que sabemos: nos anima a querer saber más. 

Por eso aquel hombre de cabellos blancos con el que nos tropezamos casualmente en Bari no resultó estar tan lejos de nuestros intereses. Schettini en un teatro italiano y Lorenzo Blanco trabajando por un museo en Badajoz parten de una convicción semejante: la ciencia también es cultura y necesita salir de los laboratorios y de las aulas para encontrarse con la gente.

Pilar Otano Cabo

Badajoz, España

Octubre de 2026


miércoles, 7 de octubre de 2026

Bari: una conversación entre Apulia y Grecia


CUADERNO DE PUGLIA ● 2 

Era el último día del viaje y no queríamos perdernos por nada del mundo el Museo Arqueológico de Bari. Nos quedaba un último cartucho de tiempo y lo gastamos allí. Fue un disparo certero: las salas nos ayudaron a comprender un poco mejor esa Apulia que durante el viaje habíamos ido intuyendo en las ciudades, los paisajes, las piedras.

Museo arqueológico Santa Scolastica en Bari Italia


Antes de Grecia ya estaba Apulia

La historia empieza mucho antes de los gr¡egos. Entre el Adriático y el Jónico, Apulia fue desde muy pronto una tierra de paso y encuentro. En ella vivieron distintos pueblos, a los que se suele agrupar bajo el nombre de yapigios: daunios, al norte, peucetios en el centro y mesapios al sur. No eran pueblos primitivos a la espera de alguien les enseñara a vivir, sino comunidades con sus propias formas de organizarse, comerciar, fabricar objetos y enterrar a sus muertos. El contacto con otros pueblos —entre ellos los griegos— fue transformando ese mundo, pero no lo borró.

Eso es precisamente lo que más me interesó de las vitrinas: no cuentan una historia sencilla de unos que llegan y otros que desaparecen. En ellas conviven cerámicas locales, con sus dibujos geométricos, y piezas importadas o inspiradas en los talleres griegos. Algunas recuerdan que el intercambio no consistía solo en comprar y vender: también viajaban las imágenes, las costumbres, las ideas.

Cerámica daunia con decoración geométrica en Museo Arqueológico Santa Scolastica de Bari en Italia
Cerámica daunia con decoración geométrica
 Museo Santa Scolastica de Bari


Cuando beber era una ceremonia

Nos detuvimos ante unos recipientes que parecían cuernos rematados en  cabezas de animales. Eran rhyta, vasos utilizados para beber o servir vino,  especialmente en banquetes y también en determinados contextos rituales. Su forma no era simple adorno: convertía el acto de beber en algo mucho más teatral.

Aquellos animales de cerámica me hicieron pensar que, alrededor de una mesa, no solo circulaba el vino. También se exhibían riqueza, gusto y pertenencia a un determinado mundo cultural. 


Los que no están en las vitrinas

Y, mientras miraba aquellos objetos tan elaborados, pensé también en quienes no aparecen en las vitrinas. Porque muchos de esos banquetes, armas, cerámicas importadas y ajuares ricos pertenecieron seguramente a una parte privilegiada de la sociedad. De quienes tuvieron poco —campesinos, trabajadores, mujeres y hombres cuya vida no dejó objetos valiosos ni tumbas espectaculares— es mucho más difícil encontrar huellas. También eso condiciona nuestra manera de mirar el pasado: los museos conservan lo que ha sobrevivido, y no siempre sobrevive la vida de todos por igual.

 

Rhyta con forma de animales. Museo Arqueológico Santa Scolastica de Bari en Italia
Rhyta zoomorfos

También se reían en la Antigüedad

Luego vimos varios vasos decorados con escenas cómicas. En uno de ellos, dos sátiros parecían enzarzados en una pelea; en otros aparecían personajes alrededor de una mesa o animales persiguiéndose. No todo era solemnidad, dioses, guerreros y ceremonias. También había espacio para la burla, la exageración y las situaciones ridículas.

Me gustó encontrar ese humor en medio de las vitrinas. A veces miramos la Antigüedad como un mundo demasiado serio, casi inmóvil, pero aquellas imágenes recordaban algo mucho más sencillo: también entonces la gente se divertía viendo a otros hacer el ridículo. Algunas cosas, por lo visto, han cambiado bastante menos de lo que pensamos.

Vaso decorado con escena cómica. Museo Santa Scolastica. Bari
                                                               Sátiros peleando.
                                    Humor pintado en una vasija

Apolo, un dios detenido

Una de las piezas que más me impresionó fue el pequeño bronce de Apolo, fechado en el siglo V a.e.c., que parece conservar intacto el instante anterior al movimiento. Hay en él fuerza, pero también contención: no la violencia de un guerrero, sino la energía luminosa un dios que está a punto de avanzar. Hallado en Puglia, esta figurita recuerda la vitalidad de la Magna Grecia y la circulación de los mitos griegos por Italia. 

Estatuilla de Apolo en bronce
Único original antiguo de este tipo hallado en Puglia 


El Mediterráneo cabe en un casco

Otro objeto que nos llamó la atención fue este casco de bronce de tipo corintio. Basta mirarlo para pensar inmediatamente en Grecia. Y, sin embargo, estaba aquí, en territorio de los peucetios.

Quizá por eso me pareció una de esas piezas capaces de explicar por sí solas una parte del museo: los pueblos de la antigua Apulia no vivían encerrados en un mundo propio. El Adriático les ponía en contacto con otras orillas y, a través del comercio y de los intercambios, llegaban objetos, formas y modelos del mundo griego. Después los peucetios los incorporaban a su propia cultura. Más que una frontera entre dos mundos, aquel casco parecía hablar de un Mediterráneo hecho de contactos, préstamos y mezclas.


Casco de tipo corintio procedente de Bitonto, siglo VI a. C. Un objeto griego en territorio peucetio.
Casco de tipo corintio procedente de Bitonto, siglo VI a. C.
Un objeto griego en territorio peucetio.

                                                                                                                                                                            Música entre vitrinas

Y todavía nos aguardaba otra sorpresa. En una sala, un grupo de músicos preparaba sus instrumentos para un concierto. El clavicémbalo esperaba en medio de la sala y, de vez en cuando, la trompeta se adelantaba al programa: su ensayo nos acompañó mientras mirábamos las vitrinas. El museo hablaba del pasado con sus objetos y, al mismo tiempo, volvía a llenarse de vida con la música.


Música en el Museo Arqueológico Santa Scolastica de Bari en Italia
La música se instaló por unas horas entre las vitrinas del museo.

La arqueología entre bastidores

Pero hubo otra zona que me sorprendió de una manera distinta. En el suelo, varias cajas de plástico —unas amarillas, otras rojas— guardaban piezas arqueológicas envueltas con cuidado, algunas con sus etiquetas bien visibles. No tenían la solemnidad de las vitrinas: parecían mostrarnos un instante del trabajo que suele quedar fuera de la mirada del visitante, cuando los objetos se protegen, se identifican y se preparan para ser estudiados o trasladados. Por encima, unos perfiles dibujados con líneas de luz recorrían la sala. La escena tenía algo de almacén, de taller y de instalación artística a la vez. Me pareció una manera muy sugerente de recordar que un museo no empieza cuando vemos una pieza expuesta: detrás hay muchas manos, decisiones y cuidados.


Piezas arqueológicas protegidas y clasificadas: el trabajo del museo antes de llegar a la vitrina.
Piezas arqueológicas protegidas y clasificadas:
el trabajo del museo antes de llegar a la vitrina.


A salir, Apulia ya no era solo el paisaje de los últimos días. En las vitrinas habíamos encontrado algunas de sus raíces; en las cajas, el trabajo paciente que las rescata; en la música, la vida que sigue llenando esos espacios. Aquel último cartucho de tiempo nos había servido para mirar de otra manera todo lo que habíamos visto. Y la trompeta, sin saberlo, puso el punto final al viaje.


Pilar Otano Cabo

Badajoz, España

Octubre de 2026



lunes, 5 de octubre de 2026

Lo que todavía no entiendo de Puglia


 CUADERNO DE PUGLIA 
● 1

Después de una semana en Puglia —la región del sur de Italia que ocupa el tacón de la bota y se extiende a lo largo del Adriático— no puedo decir que la conozca. Sería bastante atrevido. Pero sí puedo decir que ahora sé mucho más de ella… y, sobre todo, qué cosas quiero seguir entendiendo.


Polignano a Mare
Polignano a Mare

Quizá esa sea una de las cosas que más me gustan de viajar. Antes de salir leemos, buscamos mapas, marcamos lugares, aprendemos algunos nombres y creemos —con bastante optimismo— que todo aquello nos permitirá comprender mejor lo que vamos a ver. Luego llegamos y descubrimos que la realidad tiene la incómoda costumbre de no ajustarse del todo a nuestras notas.

Paul Theroux ha defendido muchas veces el viaje solitario, la conversación con la gente y esa manera de caminar sin saber exactamente qué se busca. Le interesan especialmente las historias que no aparecen en las guías ni se encuentran con una búsqueda rápida en internet. Pero también ha advertido de algo que conviene recordar: unos cuantos días, por mucho que miremos, preguntemos y recorramos, no bastan para explicar un lugar.

Esta vez mi viaje tuvo un itinerario más pautado de lo que acostumbro. Quizá por eso me interesaron especialmente esos pequeños momentos en que algo se salía del programa: una puerta abierta, una inscripción, una conversación, un paisaje que no encajaba con la imagen que llevaba de Puglia. Fueron precisamente esas desviaciones las que acabaron despertándome más preguntas.


Por ejemplo, ¿qué ocurre realmente con esos enormes olivares que hemos visto secos, atravesando el Salento? Antes del viaje sabía algo de la Xylella, la bacteria que ha destruido millones de olivos. Pero una cosa es leerlo y otra contemplar los árboles muertos y descubrir, junto a ellos, extensiones de placas solares. Entonces la cuestión deja de ser únicamente agrícola y empieza a hablar también de paisaje, economía, energía y del futuro de una región.

Tampoco entendí del todo aquel horizonte industrial que vimos al acercarnos al golfo de Tarento. Habíamos pasado el día entre iglesias barrocas, callejuelas y fachadas de piedra clara y, de pronto, apareció otra Puglia: chimeneas, instalaciones industriales, aerogeneradores junto al mar. Una imagen bastante distinta de la región blanca y luminosa de las fotografías turísticas.

Y están los trulli de Alberobello, naturalmente. Son tan perfectos que parecen construidos para ser fotografiados. Y los fotografiamos. Nosotros y varios miles de personas más. Pero mientras caminaba entre tiendas de recuerdos me preguntaba cuánto quedaba allí de la vida que originó aquellas construcciones y cuánto pertenecía ya al escenario que los viajeros esperamos encontrar.


Trulli en Albrobello
Trulli en Alberobello

A veces, sin embargo, las mejores historias aparecieron donde no las buscábamos.

Una puerta abierta en Bari nos llevó hasta un hombre de espectacular cabello blanco que hablaba rodeado de cámaras. Era Vincenzo Schettini, profesor y divulgador científico, a quien yo no conocía.

Una inscripción en una pared, un pez servido en un restaurante, una piedra utilizada en una iglesia, unas frases escritas en una puerta o una forma inesperada de colocar los cuadros en un museo bastaron para desviarnos durante un rato del itinerario previsto.

Y esas desviaciones son probablemente lo que más recuerdo.

Hace tiempo que digo que viajo leyendo y leo viajando. Los libros me han llevado a muchos lugares y los viajes me han llevado después a otros libros. Pero quizá tendría que añadir algo más: viajar también sirve para desconfiar de lo que creemos haber entendido.

No siempre volvemos sabiendo más.

A veces volvemos simplemente sabiendo mejor lo que ignoramos.

Durante los próximos días iré contando algunas de esas pequeñas historias que Puglia fue dejando por el camino: pueblos antiguos que apenas conocía, escritores inesperados, teatros reconstruidos, mosaicos medievales, olivos enfermos, ciudades excavadas bajo las ciudades y algún personaje encontrado por casualidad.

No será una guía de Puglia.

Para eso ya existen muchas y mejores.

Será, más bien, el intento de seguir algunas de las preguntas que el viaje dejó abiertas.

Porque quizá los mejores viajes no sean los que nos proporcionan más respuestas, sino los que nos enseñan a hacer mejores preguntas.


Pilar Otano Cabo

Badajoz, España

Octubre de 2026


sábado, 12 de septiembre de 2026

La librería donde los libros no nos dan la espalda

La sorprendente Livraria Esperança de Funchal

Pilar Otano entre las estanterías de libros expuestos de frente en la Livraria Esperança de Funchal
En el laberinto de la Livraria Esperança.

No recuerdo dónde, pero hace años tuve noticia de una librería muy especial que había en Funchal, en la isla de Madeira. Desde entonces, la Livraria Esperança figuraba en mi lista de lugares que visitar cuando surgiera la ocasión. Y la ocasión llegó durante nuestro viaje a Madeira de la pasada primavera.

Así que una de las primeras cosas que hicimos al llegar a Funchal fue buscar aquella librería tan singular.

¿Singular por qué?

Pues porque allí los libros se exhiben «por la cara». Quiero decir que se muestran de frente, enseñando sus portadas, y no los lomos, como suele ser habitual. En esta librería, los libros no esperan discretamente de perfil: se vuelven hacia quien entra, los miran y parecen reclamar su atención.


Libros expuestos por sus portadas en estanterías y paredes, algunos sujetos con pinzas.
Aquí los libros no esperan de perfil:
 muestran la cara.

Según parece, es la mayor librería de Europa con todos sus libros expuestos de este modo.

Podéis imaginar lo que disfrutó aquí esta fan de las librerías, fiel devota de esos lugares mágicos. La Livraria Esperança es un laberinto de más de 100.000 títulos repartidos por tres pisos y más de veinte salas. Las portadas ocupan estanterías, paredes y corredores; algunos ejemplares están incluso sujetos con pinzas, como si los libros fueran prendas tendidas al sol.


Amplia sala de la Livraria Esperança con numerosas estanterías llenas de libros colocados de frente.
Estanterías, corredores y miles de portadas
 reclamando una mirada.

Aunque, bien pensado, allí no están puestos a secar. Están puestos para que los miremos. Y para mirarnos.

La librería fue fundada en 1886 por Jacintho Figueira de Sousa y comenzó siendo también tipografía. Más de un siglo después, el proyecto continúa en manos de la cuarta generación de la familia. El enorme fondo que ha ido reuniendo no se explica solamente por el paso de los años, sino también por una costumbre poco frecuente: cuando se vende un título, se procura reponerlo mientras la edición siga disponible. Por eso, entre tantas novedades, todavía pueden encontrarse libros difíciles de localizar en otros establecimientos.

Mesa con varios libros antiguos rodeada de estanterías con numerosas portadas expuestas.
Entre las novedades todavía asoman libros de otros tiempos.

Hay además algo que me gusta especialmente en su manera de entender una librería: los libros están al alcance de la mano y se invita a tocarlos, a cogerlos y a hojearlos. Porque ¿cómo va un niño —o un adulto— a sentir curiosidad por un libro si no puede acercarse a él?

A todo esto hay que añadir el escenario: un palacete del siglo XVI, con vidrieras y techos de madera que, de vez en cuando, consiguen apartar la mirada de las portadas. Solo de vez en cuando.

Es fácil encontrar la Livraria Esperança porque se encuentra en la Rua dos Ferreiros, a pocos metros del Ayuntamiento —os Paços do Concelho do Funchal—. Eso sí, su puerta es sencilla, sin estridencias, y pasa casi desapercibida. Desde la calle nada permite imaginar lo que se esconde detrás. No llama al paseante ni parece pedirle que entre a descubrir aquel mundo de libros.

Tal vez por eso la sorpresa sea aún mayor.

Y qué sorpresa la nuestra cuando, nada más llegar, encontramos uno de los libros de nuestro «quase» paisano de Elvas, Nuno Franco Pires. Sombras da Raia nos recibió en la primera sala, la dedicada a las novedades. Entre más de cien mil títulos, allí estaba uno que nos devolvía de pronto a nuestra propia frontera.

Sombras da Raia, expuesto en la sala de novedades de la Livraria Esperança.
Sombras da Raia, de Nuno Franco Pires, nos esperaba en la Sala de Novedades.

Porque eso hacen también las librerías: una entra en ellas lejos de casa y, cuando menos lo espera, un libro conocido sale a su encuentro.

Así que, atención, devoralibros, buscadores de librerías y coleccionistas de lugares literarios: si alguna vez vais a Funchal, apartaos durante un rato de los circuitos turísticos habituales y empujad esa puerta discreta.

No todos los miradores de Funchal dan al Atlántico. 

Algunos se asoman a más de cien mil libros.


Pilar Otano Cabo

Badajoz, España

Septiembre de 2026