sábado, 10 de octubre de 2026

La ciencia entró por una puerta de carruajes


CUADERNO DE PUGLIA ● 3


Un encuentro con Vincenzo Schettini


No entramos en aquel patio porque supiéramos que estaba ocurriendo algo importante. Estábamos en Bari, paseando tranquilamente por el Corso Vittorio Emanuele II, la gran avenida que separa Bari Vecchia del Borgo Murattiano, el barrio de amplias calles trazadas en cuadrícula cuya construcción impulsó Joaquín Murat a comienzos del siglo XIX. Lo que llamó nuestra atención fue una de esas antiguas puertas de carruajes que todavía conservan algunos palacios y casas señoriales. La puerta daba acceso a un patio y, dentro, un grupo de personas con cámaras y micrófonos rodeaba a un hombre de llamativos cabellos blancos que hablaba con entusiasmo.

Vincenzo Schettini y su nuevo libro, La scuola che verrà. Riflessioni nell’era del cambiamento.
Vincenzo Schettini en el Teatro Piccinni

Soy un poco cotilla —aunque quizá quede mejor decir curiosa— y me atraen esas pequeñas casualidades que aparecen durante los viajes. Así que nos acercamos, hicimos unas fotografías y seguimos nuestro camino sin saber quién era aquel señor.

Más tarde, la curiosidad continuó trabajando. Busqué su imagen con Google Lens y apareció un nombre: Vincenzo Schettini, profesor de Física, músico y uno de los divulgadores científicos más populares de Italia. Sin pretenderlo, nos habíamos tropezado en Bari con el creador de La fisica che ci piace.

Estaba allí, en el Teatro Piccinni, para inaugurar el curso escolar de Bari y presentar, en primicia nacional, su nuevo libro, La scuola che verrà. Riflessioni nell’era del cambiamento. El encuentro planteaba cómo educar a una generación crecida entre teléfonos móviles, redes sociales e inteligencia artificial, y defendía la necesidad de hablar de educación también fuera de las aulas.


Al día siguiente, la prensa local puso nombre e imágenes a aquella escena inesperada: la Repubblica Bari publicó un vídeo del encuentro de Schettini con estudiantes y profesores en el Teatro Piccinni.


Al conocer el motivo de aquella entrevista, el azar italiano me devolvió inmediatamente a Badajoz. Mientras Schettini llevaba al escenario de un teatro sus reflexiones sobre la enseñanza y convertía la divulgación científica en espectáculo, aquí Lorenzo Blanco trabaja desde hace años, con un entusiasmo difícil de desalentar, por el Museo Extremeño para la Ciencia y la Tecnología para nuestra región.

Nos apasionan los museos de ciencia y todo lo relacionado con la divulgación científica. Quizá porque en ellos la ciencia deja de parecer una materia reservada a especialistas y se convierte en una experiencia al alcance de cualquiera. Un experimento, una antigua máquina, un microscopio o una sencilla pregunta pueden despertar una curiosidad que no entiende de edades. Un buen museo de ciencia no nos recuerda lo poco que sabemos: nos anima a querer saber más. 

Por eso aquel hombre de cabellos blancos con el que nos tropezamos casualmente en Bari no resultó estar tan lejos de nuestros intereses. Schettini en un teatro italiano y Lorenzo Blanco trabajando por un museo en Badajoz parten de una convicción semejante: la ciencia también es cultura y necesita salir de los laboratorios y de las aulas para encontrarse con la gente.

Pilar Otano Cabo

Badajoz, España

Octubre de 2026


miércoles, 7 de octubre de 2026

Bari: una conversación entre Apulia y Grecia


CUADERNO DE PUGLIA ● 2 

Era el último día del viaje y no queríamos perdernos por nada del mundo el Museo Arqueológico de Bari. Nos quedaba un último cartucho de tiempo y lo gastamos allí. Fue un disparo certero: las salas nos ayudaron a comprender un poco mejor esa Apulia que durante el viaje habíamos ido intuyendo en las ciudades, los paisajes, las piedras.

Museo arqueológico Santa Scolastica en Bari Italia


Antes de Grecia ya estaba Apulia

La historia empieza mucho antes de los gr¡egos. Entre el Adriático y el Jónico, Apulia fue desde muy pronto una tierra de paso y encuentro. En ella vivieron distintos pueblos, a los que se suele agrupar bajo el nombre de yapigios: daunios, al norte, peucetios en el centro y mesapios al sur. No eran pueblos primitivos a la espera de alguien les enseñara a vivir, sino comunidades con sus propias formas de organizarse, comerciar, fabricar objetos y enterrar a sus muertos. El contacto con otros pueblos —entre ellos los griegos— fue transformando ese mundo, pero no lo borró.

Eso es precisamente lo que más me interesó de las vitrinas: no cuentan una historia sencilla de unos que llegan y otros que desaparecen. En ellas conviven cerámicas locales, con sus dibujos geométricos, y piezas importadas o inspiradas en los talleres griegos. Algunas recuerdan que el intercambio no consistía solo en comprar y vender: también viajaban las imágenes, las costumbres, las ideas.

Cerámica daunia con decoración geométrica en Museo Arqueológico Santa Scolastica de Bari en Italia
Cerámica daunia con decoración geométrica
 Museo Santa Scolastica de Bari


Cuando beber era una ceremonia

Nos detuvimos ante unos recipientes que parecían cuernos rematados en  cabezas de animales. Eran rhyta, vasos utilizados para beber o servir vino,  especialmente en banquetes y también en determinados contextos rituales. Su forma no era simple adorno: convertía el acto de beber en algo mucho más teatral.

Aquellos animales de cerámica me hicieron pensar que, alrededor de una mesa, no solo circulaba el vino. También se exhibían riqueza, gusto y pertenencia a un determinado mundo cultural. 


Los que no están en las vitrinas

Y, mientras miraba aquellos objetos tan elaborados, pensé también en quienes no aparecen en las vitrinas. Porque muchos de esos banquetes, armas, cerámicas importadas y ajuares ricos pertenecieron seguramente a una parte privilegiada de la sociedad. De quienes tuvieron poco —campesinos, trabajadores, mujeres y hombres cuya vida no dejó objetos valiosos ni tumbas espectaculares— es mucho más difícil encontrar huellas. También eso condiciona nuestra manera de mirar el pasado: los museos conservan lo que ha sobrevivido, y no siempre sobrevive la vida de todos por igual.

 

Rhyta con forma de animales. Museo Arqueológico Santa Scolastica de Bari en Italia
Rhyta zoomorfos

También se reían en la Antigüedad

Luego vimos varios vasos decorados con escenas cómicas. En uno de ellos, dos sátiros parecían enzarzados en una pelea; en otros aparecían personajes alrededor de una mesa o animales persiguiéndose. No todo era solemnidad, dioses, guerreros y ceremonias. También había espacio para la burla, la exageración y las situaciones ridículas.

Me gustó encontrar ese humor en medio de las vitrinas. A veces miramos la Antigüedad como un mundo demasiado serio, casi inmóvil, pero aquellas imágenes recordaban algo mucho más sencillo: también entonces la gente se divertía viendo a otros hacer el ridículo. Algunas cosas, por lo visto, han cambiado bastante menos de lo que pensamos.

Vaso decorado con escena cómica. Museo Santa Scolastica. Bari
                                                               Sátiros peleando.
                                    Humor pintado en una vasija

Apolo, un dios detenido

Una de las piezas que más me impresionó fue el pequeño bronce de Apolo, fechado en el siglo V a.e.c., que parece conservar intacto el instante anterior al movimiento. Hay en él fuerza, pero también contención: no la violencia de un guerrero, sino la energía luminosa un dios que está a punto de avanzar. Hallado en Puglia, esta figurita recuerda la vitalidad de la Magna Grecia y la circulación de los mitos griegos por Italia. 

Estatuilla de Apolo en bronce
Único original antiguo de este tipo hallado en Puglia 


El Mediterráneo cabe en un casco

Otro objeto que nos llamó la atención fue este casco de bronce de tipo corintio. Basta mirarlo para pensar inmediatamente en Grecia. Y, sin embargo, estaba aquí, en territorio de los peucetios.

Quizá por eso me pareció una de esas piezas capaces de explicar por sí solas una parte del museo: los pueblos de la antigua Apulia no vivían encerrados en un mundo propio. El Adriático les ponía en contacto con otras orillas y, a través del comercio y de los intercambios, llegaban objetos, formas y modelos del mundo griego. Después los peucetios los incorporaban a su propia cultura. Más que una frontera entre dos mundos, aquel casco parecía hablar de un Mediterráneo hecho de contactos, préstamos y mezclas.


Casco de tipo corintio procedente de Bitonto, siglo VI a. C. Un objeto griego en territorio peucetio.
Casco de tipo corintio procedente de Bitonto, siglo VI a. C.
Un objeto griego en territorio peucetio.

                                                                                                                                                                            Música entre vitrinas

Y todavía nos aguardaba otra sorpresa. En una sala, un grupo de músicos preparaba sus instrumentos para un concierto. El clavicémbalo esperaba en medio de la sala y, de vez en cuando, la trompeta se adelantaba al programa: su ensayo nos acompañó mientras mirábamos las vitrinas. El museo hablaba del pasado con sus objetos y, al mismo tiempo, volvía a llenarse de vida con la música.


Música en el Museo Arqueológico Santa Scolastica de Bari en Italia
La música se instaló por unas horas entre las vitrinas del museo.

La arqueología entre bastidores

Pero hubo otra zona que me sorprendió de una manera distinta. En el suelo, varias cajas de plástico —unas amarillas, otras rojas— guardaban piezas arqueológicas envueltas con cuidado, algunas con sus etiquetas bien visibles. No tenían la solemnidad de las vitrinas: parecían mostrarnos un instante del trabajo que suele quedar fuera de la mirada del visitante, cuando los objetos se protegen, se identifican y se preparan para ser estudiados o trasladados. Por encima, unos perfiles dibujados con líneas de luz recorrían la sala. La escena tenía algo de almacén, de taller y de instalación artística a la vez. Me pareció una manera muy sugerente de recordar que un museo no empieza cuando vemos una pieza expuesta: detrás hay muchas manos, decisiones y cuidados.


Piezas arqueológicas protegidas y clasificadas: el trabajo del museo antes de llegar a la vitrina.
Piezas arqueológicas protegidas y clasificadas:
el trabajo del museo antes de llegar a la vitrina.


A salir, Apulia ya no era solo el paisaje de los últimos días. En las vitrinas habíamos encontrado algunas de sus raíces; en las cajas, el trabajo paciente que las rescata; en la música, la vida que sigue llenando esos espacios. Aquel último cartucho de tiempo nos había servido para mirar de otra manera todo lo que habíamos visto. Y la trompeta, sin saberlo, puso el punto final al viaje.


Pilar Otano Cabo

Badajoz, España

Octubre de 2026



lunes, 5 de octubre de 2026

Lo que todavía no entiendo de Puglia


 CUADERNO DE PUGLIA 
● 1

Después de una semana en Puglia —la región del sur de Italia que ocupa el tacón de la bota y se extiende a lo largo del Adriático— no puedo decir que la conozca. Sería bastante atrevido. Pero sí puedo decir que ahora sé mucho más de ella… y, sobre todo, qué cosas quiero seguir entendiendo.


Polignano a Mare
Polignano a Mare

Quizá esa sea una de las cosas que más me gustan de viajar. Antes de salir leemos, buscamos mapas, marcamos lugares, aprendemos algunos nombres y creemos —con bastante optimismo— que todo aquello nos permitirá comprender mejor lo que vamos a ver. Luego llegamos y descubrimos que la realidad tiene la incómoda costumbre de no ajustarse del todo a nuestras notas.

Paul Theroux ha defendido muchas veces el viaje solitario, la conversación con la gente y esa manera de caminar sin saber exactamente qué se busca. Le interesan especialmente las historias que no aparecen en las guías ni se encuentran con una búsqueda rápida en internet. Pero también ha advertido de algo que conviene recordar: unos cuantos días, por mucho que miremos, preguntemos y recorramos, no bastan para explicar un lugar.

Esta vez mi viaje tuvo un itinerario más pautado de lo que acostumbro. Quizá por eso me interesaron especialmente esos pequeños momentos en que algo se salía del programa: una puerta abierta, una inscripción, una conversación, un paisaje que no encajaba con la imagen que llevaba de Puglia. Fueron precisamente esas desviaciones las que acabaron despertándome más preguntas.


Por ejemplo, ¿qué ocurre realmente con esos enormes olivares que hemos visto secos, atravesando el Salento? Antes del viaje sabía algo de la Xylella, la bacteria que ha destruido millones de olivos. Pero una cosa es leerlo y otra contemplar los árboles muertos y descubrir, junto a ellos, extensiones de placas solares. Entonces la cuestión deja de ser únicamente agrícola y empieza a hablar también de paisaje, economía, energía y del futuro de una región.

Tampoco entendí del todo aquel horizonte industrial que vimos al acercarnos al golfo de Tarento. Habíamos pasado el día entre iglesias barrocas, callejuelas y fachadas de piedra clara y, de pronto, apareció otra Puglia: chimeneas, instalaciones industriales, aerogeneradores junto al mar. Una imagen bastante distinta de la región blanca y luminosa de las fotografías turísticas.

Y están los trulli de Alberobello, naturalmente. Son tan perfectos que parecen construidos para ser fotografiados. Y los fotografiamos. Nosotros y varios miles de personas más. Pero mientras caminaba entre tiendas de recuerdos me preguntaba cuánto quedaba allí de la vida que originó aquellas construcciones y cuánto pertenecía ya al escenario que los viajeros esperamos encontrar.


Trulli en Albrobello
Trulli en Alberobello

A veces, sin embargo, las mejores historias aparecieron donde no las buscábamos.

Una puerta abierta en Bari nos llevó hasta un hombre de espectacular cabello blanco que hablaba rodeado de cámaras. Era Vincenzo Schettini, profesor y divulgador científico, a quien yo no conocía.

Una inscripción en una pared, un pez servido en un restaurante, una piedra utilizada en una iglesia, unas frases escritas en una puerta o una forma inesperada de colocar los cuadros en un museo bastaron para desviarnos durante un rato del itinerario previsto.

Y esas desviaciones son probablemente lo que más recuerdo.

Hace tiempo que digo que viajo leyendo y leo viajando. Los libros me han llevado a muchos lugares y los viajes me han llevado después a otros libros. Pero quizá tendría que añadir algo más: viajar también sirve para desconfiar de lo que creemos haber entendido.

No siempre volvemos sabiendo más.

A veces volvemos simplemente sabiendo mejor lo que ignoramos.

Durante los próximos días iré contando algunas de esas pequeñas historias que Puglia fue dejando por el camino: pueblos antiguos que apenas conocía, escritores inesperados, teatros reconstruidos, mosaicos medievales, olivos enfermos, ciudades excavadas bajo las ciudades y algún personaje encontrado por casualidad.

No será una guía de Puglia.

Para eso ya existen muchas y mejores.

Será, más bien, el intento de seguir algunas de las preguntas que el viaje dejó abiertas.

Porque quizá los mejores viajes no sean los que nos proporcionan más respuestas, sino los que nos enseñan a hacer mejores preguntas.


Pilar Otano Cabo

Badajoz, España

Octubre de 2026


sábado, 12 de septiembre de 2026

La librería donde los libros no nos dan la espalda

La sorprendente Livraria Esperança de Funchal

Pilar Otano entre las estanterías de libros expuestos de frente en la Livraria Esperança de Funchal
En el laberinto de la Livraria Esperança.

No recuerdo dónde, pero hace años tuve noticia de una librería muy especial que había en Funchal, en la isla de Madeira. Desde entonces, la Livraria Esperança figuraba en mi lista de lugares que visitar cuando surgiera la ocasión. Y la ocasión llegó durante nuestro viaje a Madeira de la pasada primavera.

Así que una de las primeras cosas que hicimos al llegar a Funchal fue buscar aquella librería tan singular.

¿Singular por qué?

Pues porque allí los libros se exhiben «por la cara». Quiero decir que se muestran de frente, enseñando sus portadas, y no los lomos, como suele ser habitual. En esta librería, los libros no esperan discretamente de perfil: se vuelven hacia quien entra, los miran y parecen reclamar su atención.


Libros expuestos por sus portadas en estanterías y paredes, algunos sujetos con pinzas.
Aquí los libros no esperan de perfil:
 muestran la cara.

Según parece, es la mayor librería de Europa con todos sus libros expuestos de este modo.

Podéis imaginar lo que disfrutó aquí esta fan de las librerías, fiel devota de esos lugares mágicos. La Livraria Esperança es un laberinto de más de 100.000 títulos repartidos por tres pisos y más de veinte salas. Las portadas ocupan estanterías, paredes y corredores; algunos ejemplares están incluso sujetos con pinzas, como si los libros fueran prendas tendidas al sol.


Amplia sala de la Livraria Esperança con numerosas estanterías llenas de libros colocados de frente.
Estanterías, corredores y miles de portadas
 reclamando una mirada.

Aunque, bien pensado, allí no están puestos a secar. Están puestos para que los miremos. Y para mirarnos.

La librería fue fundada en 1886 por Jacintho Figueira de Sousa y comenzó siendo también tipografía. Más de un siglo después, el proyecto continúa en manos de la cuarta generación de la familia. El enorme fondo que ha ido reuniendo no se explica solamente por el paso de los años, sino también por una costumbre poco frecuente: cuando se vende un título, se procura reponerlo mientras la edición siga disponible. Por eso, entre tantas novedades, todavía pueden encontrarse libros difíciles de localizar en otros establecimientos.

Mesa con varios libros antiguos rodeada de estanterías con numerosas portadas expuestas.
Entre las novedades todavía asoman libros de otros tiempos.

Hay además algo que me gusta especialmente en su manera de entender una librería: los libros están al alcance de la mano y se invita a tocarlos, a cogerlos y a hojearlos. Porque ¿cómo va un niño —o un adulto— a sentir curiosidad por un libro si no puede acercarse a él?

A todo esto hay que añadir el escenario: un palacete del siglo XVI, con vidrieras y techos de madera que, de vez en cuando, consiguen apartar la mirada de las portadas. Solo de vez en cuando.

Es fácil encontrar la Livraria Esperança porque se encuentra en la Rua dos Ferreiros, a pocos metros del Ayuntamiento —os Paços do Concelho do Funchal—. Eso sí, su puerta es sencilla, sin estridencias, y pasa casi desapercibida. Desde la calle nada permite imaginar lo que se esconde detrás. No llama al paseante ni parece pedirle que entre a descubrir aquel mundo de libros.

Tal vez por eso la sorpresa sea aún mayor.

Y qué sorpresa la nuestra cuando, nada más llegar, encontramos uno de los libros de nuestro «quase» paisano de Elvas, Nuno Franco Pires. Sombras da Raia nos recibió en la primera sala, la dedicada a las novedades. Entre más de cien mil títulos, allí estaba uno que nos devolvía de pronto a nuestra propia frontera.

Sombras da Raia, expuesto en la sala de novedades de la Livraria Esperança.
Sombras da Raia, de Nuno Franco Pires, nos esperaba en la Sala de Novedades.

Porque eso hacen también las librerías: una entra en ellas lejos de casa y, cuando menos lo espera, un libro conocido sale a su encuentro.

Así que, atención, devoralibros, buscadores de librerías y coleccionistas de lugares literarios: si alguna vez vais a Funchal, apartaos durante un rato de los circuitos turísticos habituales y empujad esa puerta discreta.

No todos los miradores de Funchal dan al Atlántico. 

Algunos se asoman a más de cien mil libros.


Pilar Otano Cabo

Badajoz, España

Septiembre de 2026


martes, 8 de septiembre de 2026

Entre columnas y silencios: una lectura de Alejandro y el eunuco persa

Las palabras que me llamaron desde las piedras

Cada verano acudimos varias veces al Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida. Ver una obra en el Teatro Romano convierte cada representación en una experiencia especial. El año pasado asistimos a Alejandro y el eunuco persa, de nuestro paisano Miguel Murillo, y, como suelo hacer, quise leer después el texto. Ya se sabe que una cosa es lo que ocurre sobre el escenario —y más en un escenario como el Teatro Romano de Mérida— y otra lo que una descubre al leer con calma. No lo he hecho hasta hace unos días y estas son algunas de las impresiones que me ha dejado.


Libro Alejandro y el eunuco persa, de Miguel Murillo, junto a una imagen del Teatro Romano de Mérida.
Alejandro y el eunuco persa, de Miguel Murillo.
Del escenario del Teatro Romano de Mérida a la lectura, casi un año después
.

Ya aquella noche tuve que desprenderme un poco del Alejandro que creía conocer. La lectura del texto, casi un año después, no ha hecho sino confirmar aquella impresión.

Estamos demasiado acostumbrados a pensar en Alejandro Magno como una de esas figuras de mármol que parecen haber nacido ya convertidas en Historia: el joven rey, el estratega invencible, el hombre que llevó sus ejércitos hasta los confines del mundo conocido. Un universo de batallas, caballos, armas, ambición y, por qué no decirlo, bastante testosterona.

Frente a todo ello, Murillo pone en boca de Aristóteles una pregunta que parece atravesar los siglos:

¿Llegará un día en el que los pueblos se abracen sin necesidad de luchar para ello? ¿No son las palabras las mejores armas para unir a los pueblos?

La guerra, el mando y la victoria son terrenos que Alejandro domina. Bastante más complicado resulta enfrentarse a los afectos, las lealtades, el deseo o las propias contradicciones.


Y ahí aparece Bagoas

El eunuco persa apenas ocupa unas líneas en las fuentes antiguas y, sin embargo, ha alimentado durante siglos la imaginación de quienes se han acercado a Alejandro. Murillo lo sitúa muy cerca del poder, en ese lugar privilegiado desde el que pueden verse cosas que quizá se escapan a quienes miran desde lejos.

Tiene su aquel que alguien de quien sabemos tan poco termine resultando tan sugerente. Bagoas observa a Alejandro, lo acompaña, lo ama y también se atreve a enfrentarse a él. Desde esa proximidad aparece un Alejandro muy distinto del héroe solemne que suele llegarnos desde la Historia.

Al final, cuando todo se ha derrumbado, Bagoas se aferra a una memoria que ya no pertenece a las conquistas ni a la gloria:

No podrán borrar tus huellas sobre mi piel.


Pero Bagoas no es la única mirada

Están también Olimpia, su madre, y Aristóteles, su maestro. Me ha interesado encontrar a Alejandro visto por quienes lo conocieron antes de convertirse en Alejandro Magno. Olimpia alimentó en él la idea de ser alguien excepcional; Aristóteles le enseñó a entender el mundo desde los valores —y también los prejuicios— de la cultura griega. El discípulo, sin embargo, acaba alejándose de lo que su maestro esperaba de él:

¿Qué ha ocurrido? ¿Qué ha cegado tu mente para dejar atrás esos propósitos y convertirte en alguien capaz de asesinar a inocentes? No te reconozco, Alejandro, no te reconozco en estas noticias que me llegan. 


De algún modo, madre y maestro contribuyeron a construir al héroe, pero también al hombre que terminó atrapado en ese papel. Quizá por eso me interesa especialmente este Alejandro: porque detrás del conquistador y del mito aparece un hombre que no sabe muy bien cómo escapar del personaje que él mismo ha contribuido a crear.

También me ha gustado especialmente el lenguaje de la obra. Los personajes no hablan con la solemnidad que a veces asociamos a las grandes figuras históricas ni como si hubieran salido de un viejo manual de Historia. Hablan de una forma cercana y directa, sin que por eso dejemos de sentir que estamos en el mundo de Alejandro.

Y hay además un pequeño juego dentro de la propia obra que me ha gustado mucho: el teatro hablando del teatro. Heráclito intenta explicarle a Bagoas qué significa ser actor y le muestra las máscaras de la tragedia y la comedia. Hoy se puede ser rey, mañana esclavo; ahora hombre, después mujer. Y llega a definirlo como «el más noble arte». No deja de tener gracia que, mientras nosotros contemplamos a Alejandro convertido en personaje, los propios personajes nos recuerden que todo lo que vemos es también representación, máscara y cambio.

Mientras leía era inevitable acordarme de Mary Renault y de El muchacho persa. Pero esa asociación me llevó por otro camino: la historia editorial de la novela en España parece estar relacionada con la censura franquista. Estoy intentando averiguar qué ocurrió realmente  y qué dicen los informes de los censores. Pero esa es otra historia —bastante interesante, por cierto— que dejaré para otra ocasión.

Al leer la obra de Murillo con calma entendí mejor algunas cosas que aquella noche podían quedar ocultas por la fuerza del espectáculo. La representación permanece en la memoria —las voces, los cuerpos, las columnas, la noche de Mérida—, pero el texto permite detenerse allí donde en el escenario todo tenía que seguir avanzando.

Y algunas palabras, leídas mucho después, vuelven a llevarnos a aquella noche.

Quizá esa sea también una de las razones por las que seguimos sentándonos, dos mil años después, frente a aquellas piedras de Mérida para escuchar historias que, al final, siguen hablando de nosotros.

¡Larga vida al teatro!

Vayamos a verlo. Y no olvidemos que el teatro también se lee.


Pilar Otano Cabo

Badajoz, España

Septiembre, 2026


sábado, 29 de agosto de 2026

Las huellas del agua: de Azenhas do Mar a Cascais

Parece lógico que, estando cerca del mar, el tema del día sea el agua. Por eso, hoy hemos seguido sus huellas desde el agua real y enfurecida de Azenhas do Mar hasta el agua interpretada por artistas de distintas disciplinas en la Bienal del Agua de Cascais y Estoril.


Olas rompiendo contra las rocas y piscina natural de Azenhas do mar
El Atlántico embravecido en Azenhas do Mar

El recorrido no fue cosa nuestra. Lo habían preparado nuestros amigos «casi portugueses», que conocen bien esta zona y se convirtieron en la mejor compañía en este viaje de un agua a otra.

La primera parada fue Azenhas do Mar. Allí, el agua salvaje rompe contra las rocas, choca y retrocede para volver a embestirlas unos segundos después. Las olas inundan la piscina natural que, en otros momentos, debe de ser el sueño de los niños que pululan alrededor, deseosos de entrar en el mar. Hoy no era el día. Hasta la socorrista ha tenido que llamar la atención con su silbato a los más atrevidos, que osaban acercar un pie a la orilla.

El viento terminaba de componer la imagen perfecta de un endiablado día de finales de agosto en el Atlántico. El entramado de casas blancas que trepa por la ladera parecía contemplar aquella batalla repetida entre el mar y la roca.


Casas blancas de Azenhas do Mar sobre el acantilado atlántico.
Azenhas do Mar

Después de disfrutar un buen rato de esa fuerza desatada, tocaba hacer una pausa antes de continuar hacia el agua transformada por el arte. Nuestros amigos habían previsto una parada en Colares. En la Ribeirinha de Colares comimos muy bien y encontramos un regalo que no estaba en el menú. En la barra, un equipo de sonido al más puro estilo discotequero —platos, mesa de mezclas y una buena colección de vinilos— hacía esperar cualquier cosa menos la música suave que nos acompañó durante la comida: Kind of Blue, de Miles Davis. Una inesperada y deliciosa banda sonora para recuperar fuerzas y seguir el camino.


Disco Kind of Bkue, de Miles Davis, junto a los platos y la mesa de mezclas de Ribeirinha de Colares
Una inesperada banda sonora en Ribeirinha de Colares

Con el Atlántico todavía presente en la memoria, retomamos la ruta hacia Cascais. Por la tarde, el sol decidió acompañarnos hasta la Bienal del Agua, que se celebra en distintos espacios del municipio. Nosotros visitamos la exposición principal, instalada en el Centro de Congresos de Estoril, donde un buen número de artistas han interpretado el agua desde perspectivas muy diferentes.


Entrada de la Bienal del Agua 2026 en el Centro de Congresos de Estoril.
Centro de Congresos de Estoril. Bienal del Agua 2026

El cambio de escenario era evidente, pero el tema seguía siendo el mismo. Ya no teníamos delante olas que golpeaban la costa, sino obras que intentaban contener, traducir o cuestionar todo lo que el agua representa.

A nuestra amiga «casi portuguesa» y a mí nos atraía especialmente la obra de Joana Vasconcelos, una artista a la que ambas admiramos y seguimos desde hace tiempo. Y no nos defraudó. En Flood, una bañera de aspecto clásico aparece cubierta por decenas de desagües metálicos. De lo alto cae una especie de ducha o cascada formada por cadenas y más desagües, como si toda el agua estuviera condenada a desaparecer antes incluso de poder utilizarse.


Instalación Flood, de Joana Vasconcelos, con una bañera cubierta de desagües metálicos.
 Joana Vasconcelos, Flood

Como suele hacer, Joana Vasconcelos parte de un objeto doméstico y perfectamente reconocible para transformarlo en algo desconcertante. La bañera, asociada al bienestar y a la intimidad, sirve aquí para recordarnos que disponer de agua en distintos puntos de nuestras casas es un lujo que hemos terminado considerando natural. Abrimos un grifo y el agua aparece. Llenamos una bañera, dejamos correr la ducha y rara vez pensamos de dónde viene o qué ocurre después con ella. En buena parte del mundo, sin embargo, ese gesto cotidiano continúa siendo un privilegio.


Detalle de los desagües metálicos de Flood, obra de Joana Vasconcelos.
Detalle de los desagües de Flood


A partir de ahí, las demás obras ampliaban y complicaban esa primera impresión. Había gotas convertidas en símbolos, mapas alterados por ondas, superficies que parecían moverse y fotografías en las que el agua se presentaba unas veces como refugio y otras como amenaza.

Me impresionó La crociata dei bambini (La cruzada de los niños), de Andrea Mastrovito: una embarcación atestada de niños de distintas procedencias, algunos de ellos convertidos en soldados. El título remite inevitablemente al poema de Bertolt Brecht sobre un grupo de niños que, huyendo de la guerra, buscan un lugar donde vivir en paz. El mar no se limitaba al cuadro, sino que se extendía por el suelo de la sala, mediante numerosas piezas azules, onduladas y brillantes, hechas, sorprendentemente, con ¡libros abiertos. Allí el agua dejaba de ser paisaje para convertirse en vía de huida, frontera y recuerdo de todas las infancias arrastradas por las guerras de los adultos.

La crociata dei bambini, de Andrea Mastrovito, con una embarcación llena de niños y libros abiertos formando el mar.
Andrea Mastrovito, La crociata dei bambini


La distancia entre Azenhas do Mar y Estoril no era solo geográfica 

Esa misma mañana habíamos contemplado el Atlántico desde un lugar seguro, fascinados por la fuerza de las olas. Por la tarde, las obras de la Bienal nos obligaban a mirarlo de otra manera. El agua podía ser belleza, juego y deseo, pero también escasez, despilfarro, peligro, memoria y frontera.

Al final del día comprendimos que habíamos seguido, casi sin proponérnoslo, un recorrido continuo. Primero vimos cómo el agua dejaba sus huellas sobre las rocas de Azenhas do Mar. Después, cómo los artistas las recogían, las transformaban y nos invitaban a leerlas de nuevo en Estoril.

El agua nunca es solamente agua. Y un viaje nunca es solamente un lugar.


Si te apetece leer algo más de esa Bienal del Agua, puedes visitar la web de la Bienal del Agua. 


Pilar Otano Cabo

Agosto de 2026