sábado, 12 de septiembre de 2026

La librería donde los libros no nos dan la espalda

La sorprendente Livraria Esperança de Funchal

Pilar Otano entre las estanterías de libros expuestos de frente en la Livraria Esperança de Funchal
En el laberinto de la Livraria Esperança.

No recuerdo dónde, pero hace años tuve noticia de una librería muy especial que había en Funchal, en la isla de Madeira. Desde entonces, la Livraria Esperança figuraba en mi lista de lugares que visitar cuando surgiera la ocasión. Y la ocasión llegó durante nuestro viaje a Madeira de la pasada primavera.

Así que una de las primeras cosas que hicimos al llegar a Funchal fue buscar aquella librería tan singular.

¿Singular por qué?

Pues porque allí los libros se exhiben «por la cara». Quiero decir que se muestran de frente, enseñando sus portadas, y no los lomos, como suele ser habitual. En esta librería, los libros no esperan discretamente de perfil: se vuelven hacia quien entra, los miran y parecen reclamar su atención.


Libros expuestos por sus portadas en estanterías y paredes, algunos sujetos con pinzas.
Aquí los libros no esperan de perfil:
 muestran la cara.

Según parece, es la mayor librería de Europa con todos sus libros expuestos de este modo.

Podéis imaginar lo que disfrutó aquí esta fan de las librerías, fiel devota de esos lugares mágicos. La Livraria Esperança es un laberinto de más de 100.000 títulos repartidos por tres pisos y más de veinte salas. Las portadas ocupan estanterías, paredes y corredores; algunos ejemplares están incluso sujetos con pinzas, como si los libros fueran prendas tendidas al sol.


Amplia sala de la Livraria Esperança con numerosas estanterías llenas de libros colocados de frente.
Estanterías, corredores y miles de portadas
 reclamando una mirada.

Aunque, bien pensado, allí no están puestos a secar. Están puestos para que los miremos. Y para mirarnos.

La librería fue fundada en 1886 por Jacintho Figueira de Sousa y comenzó siendo también tipografía. Más de un siglo después, el proyecto continúa en manos de la cuarta generación de la familia. El enorme fondo que ha ido reuniendo no se explica solamente por el paso de los años, sino también por una costumbre poco frecuente: cuando se vende un título, se procura reponerlo mientras la edición siga disponible. Por eso, entre tantas novedades, todavía pueden encontrarse libros difíciles de localizar en otros establecimientos.

Mesa con varios libros antiguos rodeada de estanterías con numerosas portadas expuestas.
Entre las novedades todavía asoman libros de otros tiempos.

Hay además algo que me gusta especialmente en su manera de entender una librería: los libros están al alcance de la mano y se invita a tocarlos, a cogerlos y a hojearlos. Porque ¿cómo va un niño —o un adulto— a sentir curiosidad por un libro si no puede acercarse a él?

A todo esto hay que añadir el escenario: un palacete del siglo XVI, con vidrieras y techos de madera que, de vez en cuando, consiguen apartar la mirada de las portadas. Solo de vez en cuando.

Es fácil encontrar la Livraria Esperança porque se encuentra en la Rua dos Ferreiros, a pocos metros del Ayuntamiento —os Paços do Concelho do Funchal—. Eso sí, su puerta es sencilla, sin estridencias, y pasa casi desapercibida. Desde la calle nada permite imaginar lo que se esconde detrás. No llama al paseante ni parece pedirle que entre a descubrir aquel mundo de libros.

Tal vez por eso la sorpresa sea aún mayor.

Y qué sorpresa la nuestra cuando, nada más llegar, encontramos uno de los libros de nuestro «quase» paisano de Elvas, Nuno Franco Pires. Sombras da Raia nos recibió en la primera sala, la dedicada a las novedades. Entre más de cien mil títulos, allí estaba uno que nos devolvía de pronto a nuestra propia frontera.

Sombras da Raia, expuesto en la sala de novedades de la Livraria Esperança.
Sombras da Raia, de Nuno Franco Pires, nos esperaba en la Sala de Novedades.

Porque eso hacen también las librerías: una entra en ellas lejos de casa y, cuando menos lo espera, un libro conocido sale a su encuentro.

Así que, atención, devoralibros, buscadores de librerías y coleccionistas de lugares literarios: si alguna vez vais a Funchal, apartaos durante un rato de los circuitos turísticos habituales y empujad esa puerta discreta.

No todos los miradores de Funchal dan al Atlántico. 

Algunos se asoman a más de cien mil libros.


Pilar Otano Cabo

Badajoz, España

Septiembre de 2026


martes, 8 de septiembre de 2026

Entre columnas y silencios: una lectura de Alejandro y el eunuco persa

Las palabras que me llamaron desde las piedras

Cada verano acudimos varias veces al Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida. Ver una obra en el Teatro Romano convierte cada representación en una experiencia especial. El año pasado asistimos a Alejandro y el eunuco persa, de nuestro paisano Miguel Murillo, y, como suelo hacer, quise leer después el texto. Ya se sabe que una cosa es lo que ocurre sobre el escenario —y más en un escenario como el Teatro Romano de Mérida— y otra lo que una descubre al leer con calma. No lo he hecho hasta hace unos días y estas son algunas de las impresiones que me ha dejado.


Libro Alejandro y el eunuco persa, de Miguel Murillo, junto a una imagen del Teatro Romano de Mérida.
Alejandro y el eunuco persa, de Miguel Murillo.
Del escenario del Teatro Romano de Mérida a la lectura, casi un año después
.

Ya aquella noche tuve que desprenderme un poco del Alejandro que creía conocer. La lectura del texto, casi un año después, no ha hecho sino confirmar aquella impresión.

Estamos demasiado acostumbrados a pensar en Alejandro Magno como una de esas figuras de mármol que parecen haber nacido ya convertidas en Historia: el joven rey, el estratega invencible, el hombre que llevó sus ejércitos hasta los confines del mundo conocido. Un universo de batallas, caballos, armas, ambición y, por qué no decirlo, bastante testosterona.

Frente a todo ello, Murillo pone en boca de Aristóteles una pregunta que parece atravesar los siglos:

¿Llegará un día en el que los pueblos se abracen sin necesidad de luchar para ello? ¿No son las palabras las mejores armas para unir a los pueblos?

La guerra, el mando y la victoria son terrenos que Alejandro domina. Bastante más complicado resulta enfrentarse a los afectos, las lealtades, el deseo o las propias contradicciones.


Y ahí aparece Bagoas

El eunuco persa apenas ocupa unas líneas en las fuentes antiguas y, sin embargo, ha alimentado durante siglos la imaginación de quienes se han acercado a Alejandro. Murillo lo sitúa muy cerca del poder, en ese lugar privilegiado desde el que pueden verse cosas que quizá se escapan a quienes miran desde lejos.

Tiene su aquel que alguien de quien sabemos tan poco termine resultando tan sugerente. Bagoas observa a Alejandro, lo acompaña, lo ama y también se atreve a enfrentarse a él. Desde esa proximidad aparece un Alejandro muy distinto del héroe solemne que suele llegarnos desde la Historia.

Al final, cuando todo se ha derrumbado, Bagoas se aferra a una memoria que ya no pertenece a las conquistas ni a la gloria:

No podrán borrar tus huellas sobre mi piel.


Pero Bagoas no es la única mirada

Están también Olimpia, su madre, y Aristóteles, su maestro. Me ha interesado encontrar a Alejandro visto por quienes lo conocieron antes de convertirse en Alejandro Magno. Olimpia alimentó en él la idea de ser alguien excepcional; Aristóteles le enseñó a entender el mundo desde los valores —y también los prejuicios— de la cultura griega. El discípulo, sin embargo, acaba alejándose de lo que su maestro esperaba de él:

¿Qué ha ocurrido? ¿Qué ha cegado tu mente para dejar atrás esos propósitos y convertirte en alguien capaz de asesinar a inocentes? No te reconozco, Alejandro, no te reconozco en estas noticias que me llegan. 


De algún modo, madre y maestro contribuyeron a construir al héroe, pero también al hombre que terminó atrapado en ese papel. Quizá por eso me interesa especialmente este Alejandro: porque detrás del conquistador y del mito aparece un hombre que no sabe muy bien cómo escapar del personaje que él mismo ha contribuido a crear.

También me ha gustado especialmente el lenguaje de la obra. Los personajes no hablan con la solemnidad que a veces asociamos a las grandes figuras históricas ni como si hubieran salido de un viejo manual de Historia. Hablan de una forma cercana y directa, sin que por eso dejemos de sentir que estamos en el mundo de Alejandro.

Y hay además un pequeño juego dentro de la propia obra que me ha gustado mucho: el teatro hablando del teatro. Heráclito intenta explicarle a Bagoas qué significa ser actor y le muestra las máscaras de la tragedia y la comedia. Hoy se puede ser rey, mañana esclavo; ahora hombre, después mujer. Y llega a definirlo como «el más noble arte». No deja de tener gracia que, mientras nosotros contemplamos a Alejandro convertido en personaje, los propios personajes nos recuerden que todo lo que vemos es también representación, máscara y cambio.

Mientras leía era inevitable acordarme de Mary Renault y de El muchacho persa. Pero esa asociación me llevó por otro camino: la historia editorial de la novela en España parece estar relacionada con la censura franquista. Estoy intentando averiguar qué ocurrió realmente  y qué dicen los informes de los censores. Pero esa es otra historia —bastante interesante, por cierto— que dejaré para otra ocasión.

Al leer la obra de Murillo con calma entendí mejor algunas cosas que aquella noche podían quedar ocultas por la fuerza del espectáculo. La representación permanece en la memoria —las voces, los cuerpos, las columnas, la noche de Mérida—, pero el texto permite detenerse allí donde en el escenario todo tenía que seguir avanzando.

Y algunas palabras, leídas mucho después, vuelven a llevarnos a aquella noche.

Quizá esa sea también una de las razones por las que seguimos sentándonos, dos mil años después, frente a aquellas piedras de Mérida para escuchar historias que, al final, siguen hablando de nosotros.

¡Larga vida al teatro!

Vayamos a verlo. Y no olvidemos que el teatro también se lee.


Pilar Otano Cabo

Badajoz, España

Septiembre, 2026


sábado, 29 de agosto de 2026

Las huellas del agua: de Azenhas do Mar a Cascais

Parece lógico que, estando cerca del mar, el tema del día sea el agua. Por eso, hoy hemos seguido sus huellas desde el agua real y enfurecida de Azenhas do Mar hasta el agua interpretada por artistas de distintas disciplinas en la Bienal del Agua de Cascais y Estoril.


Olas rompiendo contra las rocas y piscina natural de Azenhas do mar
El Atlántico embravecido en Azenhas do Mar

El recorrido no fue cosa nuestra. Lo habían preparado nuestros amigos «casi portugueses», que conocen bien esta zona y se convirtieron en la mejor compañía en este viaje de un agua a otra.

La primera parada fue Azenhas do Mar. Allí, el agua salvaje rompe contra las rocas, choca y retrocede para volver a embestirlas unos segundos después. Las olas inundan la piscina natural que, en otros momentos, debe de ser el sueño de los niños que pululan alrededor, deseosos de entrar en el mar. Hoy no era el día. Hasta la socorrista ha tenido que llamar la atención con su silbato a los más atrevidos, que osaban acercar un pie a la orilla.

El viento terminaba de componer la imagen perfecta de un endiablado día de finales de agosto en el Atlántico. El entramado de casas blancas que trepa por la ladera parecía contemplar aquella batalla repetida entre el mar y la roca.


Casas blancas de Azenhas do Mar sobre el acantilado atlántico.
Azenhas do Mar

Después de disfrutar un buen rato de esa fuerza desatada, tocaba hacer una pausa antes de continuar hacia el agua transformada por el arte. Nuestros amigos habían previsto una parada en Colares. En la Ribeirinha de Colares comimos muy bien y encontramos un regalo que no estaba en el menú. En la barra, un equipo de sonido al más puro estilo discotequero —platos, mesa de mezclas y una buena colección de vinilos— hacía esperar cualquier cosa menos la música suave que nos acompañó durante la comida: Kind of Blue, de Miles Davis. Una inesperada y deliciosa banda sonora para recuperar fuerzas y seguir el camino.


Disco Kind of Bkue, de Miles Davis, junto a los platos y la mesa de mezclas de Ribeirinha de Colares
Una inesperada banda sonora en Ribeirinha de Colares

Con el Atlántico todavía presente en la memoria, retomamos la ruta hacia Cascais. Por la tarde, el sol decidió acompañarnos hasta la Bienal del Agua, que se celebra en distintos espacios del municipio. Nosotros visitamos la exposición principal, instalada en el Centro de Congresos de Estoril, donde un buen número de artistas han interpretado el agua desde perspectivas muy diferentes.


Entrada de la Bienal del Agua 2026 en el Centro de Congresos de Estoril.
Centro de Congresos de Estoril. Bienal del Agua 2026

El cambio de escenario era evidente, pero el tema seguía siendo el mismo. Ya no teníamos delante olas que golpeaban la costa, sino obras que intentaban contener, traducir o cuestionar todo lo que el agua representa.

A nuestra amiga «casi portuguesa» y a mí nos atraía especialmente la obra de Joana Vasconcelos, una artista a la que ambas admiramos y seguimos desde hace tiempo. Y no nos defraudó. En Flood, una bañera de aspecto clásico aparece cubierta por decenas de desagües metálicos. De lo alto cae una especie de ducha o cascada formada por cadenas y más desagües, como si toda el agua estuviera condenada a desaparecer antes incluso de poder utilizarse.


Instalación Flood, de Joana Vasconcelos, con una bañera cubierta de desagües metálicos.
 Joana Vasconcelos, Flood

Como suele hacer, Joana Vasconcelos parte de un objeto doméstico y perfectamente reconocible para transformarlo en algo desconcertante. La bañera, asociada al bienestar y a la intimidad, sirve aquí para recordarnos que disponer de agua en distintos puntos de nuestras casas es un lujo que hemos terminado considerando natural. Abrimos un grifo y el agua aparece. Llenamos una bañera, dejamos correr la ducha y rara vez pensamos de dónde viene o qué ocurre después con ella. En buena parte del mundo, sin embargo, ese gesto cotidiano continúa siendo un privilegio.


Detalle de los desagües metálicos de Flood, obra de Joana Vasconcelos.
Detalle de los desagües de Flood


A partir de ahí, las demás obras ampliaban y complicaban esa primera impresión. Había gotas convertidas en símbolos, mapas alterados por ondas, superficies que parecían moverse y fotografías en las que el agua se presentaba unas veces como refugio y otras como amenaza.

Me impresionó La crociata dei bambini (La cruzada de los niños), de Andrea Mastrovito: una embarcación atestada de niños de distintas procedencias, algunos de ellos convertidos en soldados. El título remite inevitablemente al poema de Bertolt Brecht sobre un grupo de niños que, huyendo de la guerra, buscan un lugar donde vivir en paz. El mar no se limitaba al cuadro, sino que se extendía por el suelo de la sala, mediante numerosas piezas azules, onduladas y brillantes, hechas, sorprendentemente, con ¡libros abiertos. Allí el agua dejaba de ser paisaje para convertirse en vía de huida, frontera y recuerdo de todas las infancias arrastradas por las guerras de los adultos.

La crociata dei bambini, de Andrea Mastrovito, con una embarcación llena de niños y libros abiertos formando el mar.
Andrea Mastrovito, La crociata dei bambini


La distancia entre Azenhas do Mar y Estoril no era solo geográfica 

Esa misma mañana habíamos contemplado el Atlántico desde un lugar seguro, fascinados por la fuerza de las olas. Por la tarde, las obras de la Bienal nos obligaban a mirarlo de otra manera. El agua podía ser belleza, juego y deseo, pero también escasez, despilfarro, peligro, memoria y frontera.

Al final del día comprendimos que habíamos seguido, casi sin proponérnoslo, un recorrido continuo. Primero vimos cómo el agua dejaba sus huellas sobre las rocas de Azenhas do Mar. Después, cómo los artistas las recogían, las transformaban y nos invitaban a leerlas de nuevo en Estoril.

El agua nunca es solamente agua. Y un viaje nunca es solamente un lugar.


Si te apetece leer algo más de esa Bienal del Agua, puedes visitar la web de la Bienal del Agua


Pilar Otano Cabo

Agosto de 2026


domingo, 23 de agosto de 2026

Mary Welsh, Hemingway y los carros de mimbre de Madeira


Cuando estaba preparando nuestro viaje a Madeira, en mayo de este 2026, los famosos carrinhos de cesto aparecían en todas partes como uno de los imprescindibles de la isla. Son un clásico, una de esas imágenes que funcionan casi como tarjeta de visita de Funchal, su capital.

Estos curiosos carros de mimbre comenzaron a utilizarse en el siglo XIX como medio de transporte entre Monte y la ciudad. Ahora se han convertido en una atracción turística en toda regla. Se sube desde Funchal hasta Monte en el impresionante teleférico y después una se deja caer carretera abajo dentro de una especie de trineo de mimbre hasta Livramento.

Carreiros do Monte hasta Livramento
Carreiros do Monte 

Los carros se deslizan sobre patines de madera y son conducidos por dos carreiros, vestidos de blanco y con sus típicos sombreros de paja. No necesitan gimnasio estos chicos, desde luego. Corren, empujan, maniobran y frenan con sus propias botas mientras el artefacto se lanza cuesta abajo durante casi dos kilómetros.

En fin, que, después de ver en qué consistía el asunto, yo había decidido que ni por asomo iba a montarme en semejante cacharro.

Pero seguí buscando información sobre Madeira —ya sabéis que no puedo preparar un viaje sin averiguar qué escritores han pasado antes por allí— y, ¡oh, sorpresa!, me encontré con Hemingway. Al parecer, el escritor había visitado la isla en junio de 1954 y había bajado desde Monte en uno de aquellos carros.

Mi razonamiento fue inmediato y, desde luego, irrebatible: si aquel buen señor, con su estatura, su peso y su considerable volumen, había conseguido encajarse en un cesto y lanzarse montaña abajo, ¿por qué no iba a hacerlo yo?

Dicho y hecho. Fue una de las primeras cosas que hicimos al llegar a Funchal: tomar el teleférico, subir hasta Monte, guardar la cola reglamentaria y acomodarnos en el carro. Y bajamos. Con la sensación de que aquello corría mucho más de lo que parecía en los vídeos.

Mereció muchísimo la pena.

Pero la historia no acabó allí. Al volver del viaje continué buscando y descubrí que Hemingway y su esposa, Mary Welsh, habían llegado a Funchal el 15 de junio de 1954 a bordo del transatlántico italiano Francesco Morosini, que hacía una breve escala en su viaje desde Génova hacia La Habana.

Al día siguiente, el Diário de Notícias de Madeira publicó una supuesta entrevista con el futuro Premio Nobel. En ella, Hemingway afirmaba haber subido a Monte y descendido en uno de los carros del país. De ahí debe de proceder la historia que yo había leído antes del viaje. 

Diário de Notícias, Funchal, 16 junio 1954
Entrevista a Hemingway en Diário de Notícias de Funchal
el 16 de junio de 1954 (1)

Sin embargo, parece que las cosas no sucedieron exactamente así.

Hemingway no dejó ningún relato de aquella escala. Quien sí lo hizo fue Mary Welsh en sus memorias, How It Was, publicadas en 1976. Mary cuenta que bajó en el carro de mimbre acompañada por el capitán del barco, después de probar el vino de Madeira y visitar en Monte la iglesia donde está enterrado Carlos I, último emperador de Austria. 

De Ernest no dice nada.

Años después, el profesor George Monteiro, especialista en Hemingway y en las relaciones entre las literaturas estadounidense y portuguesa, investigó aquella breve escala en Madeira. Al comparar la noticia publicada por el Diário de Notícias con las memorias de Mary Welsh, encontró varias contradicciones. Todo indica que quien bajó en el carro fue Mary, acompañada por el capitán del barco, mientras Hemingway probablemente permaneció a bordo. Así que yo me monté animada por Hemingway y he terminado descubriendo que mi verdadera precursora había sido su mujer. 

Y eso me gusta bastante más.

Porque Mary Welsh no fue solamente la cuarta esposa del escritor —la última, porque él murió antes; nunca se sabe qué habría pasado de haber vivido más años—, antes de conocerlo ya era una periodista con una trayectoria extraordinaria.

Había nacido en Minnesota en 1908 y muy pronto decidió escapar de la vida que parecía reservada para una muchacha de su época. Comenzó trabajando en el Chicago Daily News y después consiguió dar el salto a Europa para escribir en el londinense Daily Express.

Durante la Segunda Guerra Mundial trabajó para la revista Time. Informó desde Londres durante los bombardeos alemanes, escribió sobre las consecuencias de la guerra en la población, realizó emisiones para la BBC y fue la primera mujer acreditada por la Royal Air Force y, más tarde, por el ejército estadounidense, con rango equivalente al de capitán.


Mary Welsh con uniforme de corresponsal de guerra.

Mary Welsh con uniforme de corresponsal de guerra. Fotógrafo desconocido. Ernest Hemingway Photograph Collection, John F. Kennedy Presidential Library and Museum (EH 8056P). Fuente: Montecristo Magazine, 8 de junio de 2022.


Además, se movía como pez en el agua entre militares, políticos, periodistas e intelectuales. Conocía a Eisenhower, trataba a personas cercanas a Churchill y parecía enterarse de todo lo que sucedía en aquel Londres en guerra.

Y entonces apareció Hemingway.

Se conocieron en 1944, cuando ambos cubrían la guerra y ambos estaban casados con otras personas. Hemingway quedó deslumbrado por ella y, según cuentan, le pidió matrimonio a la tercera vez que se vieron. Finalmente se casaron en Cuba en 1946 y se instalaron en Finca Vigía.

Y ahí, en buena medida, se acabó el periodismo.

Mary abandonó su carrera y pasó a organizar la complicada vida doméstica, literaria y social de Hemingway. Leía sus manuscritos, los mecanografiaba, hacía sugerencias, atendía a los invitados y procuraba mantener en pie un mundo sometido al carácter imprevisible —por decirlo suavemente— del escritor.

Eso sí, viajaron mucho. Y entre aquellos viajes estuvo el que los llevó hasta Madeira y que, tantos años después, ha terminado trayéndome a mí hasta Mary Welsh.

Tras el suicidio de Hemingway en 1961, Mary asumió el papel de viuda oficial y guardiana de su memoria. Fue su albacea literaria, organizó sus manuscritos y supervisó la publicación de buena parte de su obra póstuma. También intervino en las negociaciones con Fidel Castro para recuperar y conservar los documentos y pertenencias que habían quedado en Finca Vigía después de la Revolución cubana.

Durante años permaneció bajo la larguísima sombra de su marido. Pero sus memorias, How It Was, y la biografía de Timothy Christian, Hemingway’s Widow: The Life and Legacy of Mary Welsh Hemingway, permiten descubrir a una mujer brillante, contradictoria y compleja, con una personalidad mucho más arrolladora de lo que su condición de «viuda de» podría hacernos pensar.

Es curioso lo que me sucede con frecuencia: una cosa me lleva a otra y casi siempre termino leyendo algún libro.


How it was & Hemingway's widow


En este caso, un carro de mimbre me llevó hasta Hemingway. Hemingway me llevó hasta Mary Welsh. Y Mary ha terminado entrando, por méritos propios, en mi particular lista de mujeres alrededor del mundo.

Aunque, pensándolo bien, quizá debería darle las gracias también por haberme ayudado a subir a aquel cacharro. Porque ahora sé que no seguí los pasos de Hemingway.

Seguí los de ella.


(1) O meu agradecimento ao Diário de Notícias de Madeira e, muito especialmente, a Jessica Jesus, Gestora de Circulação, pela amabilidade e disponibilidade em me facultar uma cópia da página do jornal que reproduzo nesta entrada.


Pilar Otano Cabo

Badajoz, España

Agosto de 2026



martes, 18 de agosto de 2026

Lorca, el teatro y los vestidos de mi familia

Hoy se cumplen noventa años del asesinato de Federico García Lorca. Si habéis estado atentos a la prensa, la radio, la televisión o las redes sociales, poco más puedo añadir. Pero hay fechas que, además de devolvernos a la historia, despiertan recuerdos personales, casi íntimos. Y hoy me apetece compartir uno de ellos.

El detonante —siempre hay uno— ha sido Lorca. Bueno, Lorca, Miguel Murillo y Pepa Casado.

En 2017 se representó en el teatro López de Ayala de Badajoz El último amor de Lorca, una obra de Miguel Murillo sobre la relación entre el poeta y el joven crítico de arte Juan Ramírez de Lucas.


El Último amor de Lorca de Miguel Murillo. Estrenada en el Gran Teatro de Cáceres

La propuesta era muy original: el texto dramático se combinaba con poesía, baile y música en directo. Por el escenario pasaban también distintas figuras históricas de aquellos años y, poco a poco, se iba dibujando el ambiente político y social de la Segunda República, con la tragedia acercándose inevitablemente.

¿Y dónde está la parte personal de esta historia?

Pues en el vestuario, que realizó mi buena amiga Pepa Casado. Sus manos hacen magia con todo lo que tocan. Y, en esta ocasión, buena parte de lo que tuvo entre ellas fueron trajes, abrigos y vestidos que yo guardaba de mi madre y que mi madre, a su vez, había conservado de la suya, mi abuela Clotilde.

Ya he hablado en otro lugar de este blog del taller de mi abuela y de mi tía Juliana, y también del de mi madre, Isaína, a quien muchos de vosotros conocisteis.

Así que aquí esta menda, que lo guarda todo, y Pepa Casado, que sabe hacer maravillas con lo que encuentra, formamos sin saberlo la combinación perfecta. Gracias a ella, aquellas prendas familiares regresaron a la vida y ayudaron a construir el vestuario de El último amor de Lorca.

                 

El último amor de Lorca, de Miguel Murillo


Y ocurrió lo que tenía que ocurrir: durante la representación no pude dejar de ver, detrás de cada traje y de cada abrigo, a las mujeres de mi familia. Mujeres que bien podrían haber caminado por cualquiera de las escenas que Miguel Murillo nos regaló aquella noche.

De pronto, ya no estaba viendo solamente una obra sobre Lorca. También estaba viendo una parte de nuestra propia historia familiar sobre el escenario.

¡Larga vida al teatro!

Y sigamos leyendo, representando y recordando a Federico.

Pieza del vestuario de El último amor de Lorca


Diseños de vestuario de El último amor de Lorca
Uno de los diseños de Pepa Casado

Pilar Otano Cabo

Badajoz, España

18 de agosto de 2026



martes, 11 de agosto de 2026

Lord Byron, un grafitero en el cabo Sounion


Aquella tarde de marzo de 2023, nuestros amigos griegos en Atenas propusieron otro plan interesante: Cabo Sounion, para ver su famosa puesta de sol desde el deslumbrante Templo de Poseidón.


Templo de Poseidón, en el Cabo Sounion de Grecia
Templo de Poseidón en el Cabo Sounion de Grecia

Nos pusimos en marcha hacia el extremo sur del Ática. Hay poco más de setenta kilómetros desde Atenas, pero se tarda más de una hora. La carretera ya merece el viaje: una de esas carreteras costeras llenas de curvas, pegadas al vacío, con el inmenso mar Egeo apareciendo y desapareciendo y cambiando de color a cada momento.


Imagino allá abajo en los lugares sofisticados de la llamada “Riviera ateniense”, hoteles estupendos, playas privadas y celebridades con mucho glamour. Pero nosotros teníamos otro plan mejor, para mí bastante mejor: subir hasta aquel promontorio y descubrir otra maravilla de esa Grecia increíble.


Poco más recuerdo de la carretera y casi me siento aliviada reconocerlo porque Julio Cortázar escribió un relato titulado Acerca de la manera de viajar de Atenas a Cabo Sunion en el que habla, precisamente, de la fragilidad de la memoria y de lo poco que a veces queda de los viajes que creemos recordar perfectamente.


Dicen que no hay que ir al cabo Sounion en verano por la cantidad de gente que lo visita. En realidad, ese consejo ha perdido bastante sentido: ahora hay gente, mucha gente, en todas partes y en cualquier época del año. 


También la había aquella tarde de marzo.


Y no me parece necesariamente mal. Será eso que llamamos «democratización del turismo»: que todos tengamos la oportunidad de viajar, esa actividad tan necesaria que abre la mente, ensancha los pensamientos y, de paso, nos obliga a compartir las mejores puestas de sol con unas cuantas decenas de desconocidos.


A mí, la gente no me impidió asombrarme una vez más.


El Templo de Poseidón está encaramado sobre un acantilado a unos sesenta metros sobre el mar. Sus columnas de mármol parecían el esqueleto de algo gigantesco que llevara siglos desafiando al mar Egeo. Y, naturalmente, aquel lugar empieza enseguida a contarte historias de dioses, héroes, barcos y  mitos antiguos.


Pero también cuenta historias algo menos antiguas, como la de Lord Byron, grafitero. Sabíamos de la fascinación del poeta por Grecia y por este lugar en particular. Nos lo recordó incluso un poema suyo colocado bien visible junto a la entrada:

Place me on Sunium’s marbled steep,

Where nothing, save the waves and I,

May hear our mutual murmurs sweep;

There, swan-like, let me sing and die:

A land of slaves shall ne’er be mine—

Dash down you yon cup of Samian wine!

Poema de Lord Byron hablando de Sounion
Poema colocado en la taquilla de la entrada al recinto
Colocadme en la pendiente marmórea de Sunio, 
donde nada, salvo las olas y yo, 
oigamos pasar nuestros mutuos murmullos;
allí, como el cisne, dejadme cantar y morir:
una tierra de esclavos nunca será la mía:

¡Haced añicos lejos la copa de vino de Samos!

De Las Islas de Grecia (Canto tercero) en Don Juan


Byron llegó por primera vez a Grecia en 1809, con apenas 21 años, durante aquel famoso Grand Tour que los jóvenes británicos de buena familia emprendían para completar su educación. Algo así como el Erasmus o el Interrail de los niños bien del siglo XIX, aunque con criados, caballos y bastante más tiempo disponible.


Recorrió Portugal, España, Malta, Albania, Grecia y otros territorios del Mediterráneo. Y el componente mítico, clásico y romántico que envolvía el mundo griego tuvo que atraer poderosamente a alguien como él.


Byron visitó Sounion durante aquel primer viaje. Y allí hizo algo que hoy nos resultaría bastante menos romántico: grabó su nombre en una de las columnas del Templo de Poseidón.


Byron


Byron grafitero en el Templo de Poseidón
Grafiti de Lord Byron en una de las piedras del Templo de Poseidón

Y ahí sigue. O, al menos, se atribuye a él aquella inscripción. Y yo no puedo evitar pensar que, si un turista hiciera hoy lo mismo, difícilmente hablaríamos de romanticismo inglés. Estaríamos hablando de vandalismo y pediríamos que apareciera inmediatamente el vigilante. Bueno, hoy sería difícil porque uno de esos cordones de seguridad que protegen las obras de arte impiden al público acercarse demasiado.


Pero han pasado doscientos años, el grafitero era Lord Byron y es cierto que las cosas antiguas adquieren una respetabilidad que sorprende.


No sería aquella su última relación con Grecia. Años más tarde regresó para implicarse de lleno en la Guerra de la Independencia griega contra el Imperio Otomano. Murió en Missolonghi en 1824 y terminó convirtiéndose en héroe nacional para los griegos.


Pero esa es otra historia y habrá que contarla otro día, porque yo había empezado hablando de una puesta de sol y como siempre una cosa me lleva a otra, ya me he ido hasta la independencia de Grecia.


A eso habíamos ido a cabo Sounion: a ver ponerse el sol.


Y el panorama era realmente espectacular.


Atardecer en el Cabo Sounion a través del Templo de Poseidón

He visto muchas puestas de sol—¿quién no?, las de Badajoz sobre el Guadiana son espectaculares—, pero contemplar el horizonte a través de aquellas columnas y ver cómo el sol iba desapareciendo sobre el Egeo fue una experiencia difícil de olvidar.


Sentada en las piedras que rodean el templo, mientras la luz iba cambiando el color del mármol y del mar, era casi inevitable sentirse dentro de alguna de aquellas historias mitológicas. Sólo faltaba distinguir, allá a lo lejos, unas velas blancas.

Templo de Poseidón en el Cabo Sounion de Gracia

Por si te apetece echar un vistazo a mis lecturas:


Byron, George Gordon (2010). Cartas y poesías mediterráneas. Edición y traducción de Agustín Coletes Blanco, Oviedo, KRK ediciones.


Byron, George Gordon (2024). Don Juan. Traducción de Andreu Jaume Enseñat, Madrid,  Penguin Clásicos


Byron, George Gordon (2006). Poemas escogidos. Traducción de José María Martín Triana, Madrid, Visor Libros. 


Cortázar, Julio (1992). “Acerca de la manera de viajar de Atenas a Cabo Sunion”, en La vuelta al día en ochenta mundos. Tomo 1, México, Siglo XXI, pp 95-100.


O'Brien, Edna (2024). Byron in love. Madrid. Editorial Cabaret Voltaire. Traducción de Amado Diéguez.



Lecturas de Byron y Cortázar en Grecia
Agradecida a la Biblioteca Pública de Badajoz

Pilar Otano Cabo

Badajoz, España

Agosto de 2026