martes, 11 de agosto de 2026

Lord Byron, un grafitero en el cabo Sounion


Aquella tarde de marzo de 2023, nuestros amigos griegos en Atenas propusieron otro plan interesante: Cabo Sounion, para ver su famosa puesta de sol desde el deslumbrante Templo de Poseidón.


Templo de Poseidón, en el Cabo Sounion de Grecia
Templo de Poseidón en el Cabo Sounion de Grecia

Nos pusimos en marcha hacia el extremo sur del Ática. Hay poco más de setenta kilómetros desde Atenas, pero se tarda más de una hora. La carretera ya merece el viaje: una de esas carreteras costeras llenas de curvas, pegadas al vacío, con el inmenso mar Egeo apareciendo y desapareciendo y cambiando de color a cada momento.


Imagino allá abajo en los lugares sofisticados de la llamada “Riviera ateniense”, hoteles estupendos, playas privadas y celebridades con mucho glamour. Pero nosotros teníamos otro plan mejor, para mí bastante mejor: subir hasta aquel promontorio y descubrir otra maravilla de esa Grecia increíble.


Poco más recuerdo de la carretera y casi me siento aliviada reconocerlo porque Julio Cortázar escribió un relato titulado Acerca de la manera de viajar de Atenas a Cabo Sunion en el que habla, precisamente, de la fragilidad de la memoria y de lo poco que a veces queda de los viajes que creemos recordar perfectamente.


Dicen que no hay que ir al cabo Sounion en verano por la cantidad de gente que lo visita. En realidad, ese consejo ha perdido bastante sentido: ahora hay gente, mucha gente, en todas partes y en cualquier época del año. 


También la había aquella tarde de marzo.


Y no me parece necesariamente mal. Será eso que llamamos «democratización del turismo»: que todos tengamos la oportunidad de viajar, esa actividad tan necesaria que abre la mente, ensancha los pensamientos y, de paso, nos obliga a compartir las mejores puestas de sol con unas cuantas decenas de desconocidos.


A mí, la gente no me impidió asombrarme una vez más.


El Templo de Poseidón está encaramado sobre un acantilado a unos sesenta metros sobre el mar. Sus columnas de mármol parecían el esqueleto de algo gigantesco que llevara siglos desafiando al mar Egeo. Y, naturalmente, aquel lugar empieza enseguida a contarte historias de dioses, héroes, barcos y  mitos antiguos.


Pero también cuenta historias algo menos antiguas, como la de Lord Byron, grafitero. Sabíamos de la fascinación del poeta por Grecia y por este lugar en particular. Nos lo recordó incluso un poema suyo colocado bien visible junto a la entrada:

Place me on Sunium’s marbled steep,

Where nothing, save the waves and I,

May hear our mutual murmurs sweep;

There, swan-like, let me sing and die:

A land of slaves shall ne’er be mine—

Dash down you yon cup of Samian wine!

Poema de Lord Byron hablando de Sounion
Poema colocado en la taquilla de la entrada al recinto
Colocadme en la pendiente marmórea de Sunio, 
donde nada, salvo las olas y yo, 
oigamos pasar nuestros mutuos murmullos;
allí, como el cisne, dejadme cantar y morir:
una tierra de esclavos nunca será la mía:

¡Haced añicos lejos la copa de vino de Samos!

De Las Islas de Grecia (Canto tercero) en Don Juan


Byron llegó por primera vez a Grecia en 1809, con apenas 21 años, durante aquel famoso Grand Tour que los jóvenes británicos de buena familia emprendían para completar su educación. Algo así como el Erasmus o el Interrail de los niños bien del siglo XIX, aunque con criados, caballos y bastante más tiempo disponible.


Recorrió Portugal, España, Malta, Albania, Grecia y otros territorios del Mediterráneo. Y el componente mítico, clásico y romántico que envolvía el mundo griego tuvo que atraer poderosamente a alguien como él.


Byron visitó Sounion durante aquel primer viaje. Y allí hizo algo que hoy nos resultaría bastante menos romántico: grabó su nombre en una de las columnas del Templo de Poseidón.


Byron


Byron grafitero en el Templo de Poseidón
Grafiti de Lord Byron en una de las piedras del Templo de Poseidón

Y ahí sigue. O, al menos, se atribuye a él aquella inscripción. Y yo no puedo evitar pensar que, si un turista hiciera hoy lo mismo, difícilmente hablaríamos de romanticismo inglés. Estaríamos hablando de vandalismo y pediríamos que apareciera inmediatamente el vigilante. Bueno, hoy sería difícil porque uno de esos cordones de seguridad que protegen las obras de arte impiden al público acercarse demasiado.


Pero han pasado doscientos años, el grafitero era Lord Byron y es cierto que las cosas antiguas adquieren una respetabilidad que sorprende.


No sería aquella su última relación con Grecia. Años más tarde regresó para implicarse de lleno en la Guerra de la Independencia griega contra el Imperio Otomano. Murió en Missolonghi en 1824 y terminó convirtiéndose en héroe nacional para los griegos.


Pero esa es otra historia y habrá que contarla otro día, porque yo había empezado hablando de una puesta de sol y como siempre una cosa me lleva a otra, ya me he ido hasta la independencia de Grecia.


A eso habíamos ido a cabo Sounion: a ver ponerse el sol.


Y el panorama era realmente espectacular.


Atardecer en el Cabo Sounion a través del Templo de Poseidón

He visto muchas puestas de sol—¿quién no?, las de Badajoz sobre el Guadiana son espectaculares—, pero contemplar el horizonte a través de aquellas columnas y ver cómo el sol iba desapareciendo sobre el Egeo fue una experiencia difícil de olvidar.


Sentada en las piedras que rodean el templo, mientras la luz iba cambiando el color del mármol y del mar, era casi inevitable sentirse dentro de alguna de aquellas historias mitológicas. Sólo faltaba distinguir, allá a lo lejos, unas velas blancas.

Templo de Poseidón en el Cabo Sounion de Gracia

Por si te apetece echar un vistazo a mis lecturas:


Byron, George Gordon (2010). Cartas y poesías mediterráneas. Edición y traducción de Agustín Coletes Blanco, Oviedo, KRK ediciones.


Byron, George Gordon (2024). Don Juan. Traducción de Andreu Jaume Enseñat, Madrid,  Penguin Clásicos


Byron, George Gordon (2006). Poemas escogidos. Traducción de José María Martín Triana, Madrid, Visor Libros. 


Cortázar, Julio (1992). “Acerca de la manera de viajar de Atenas a Cabo Sunion”, en La vuelta al día en ochenta mundos. Tomo 1, México, Siglo XXI, pp 95-100.


O'Brien, Edna (2024). Byron in love. Madrid. Editorial Cabaret Voltaire. Traducción de Amado Diéguez.



Lecturas de Byron y Cortázar en Grecia
Agradecida a la Biblioteca Pública de Badajoz

Pilar Otano Cabo

Badajoz, España

Agosto de 2026


jueves, 6 de agosto de 2026

Pasatiempos del verano


Y de otros veranos…

Ya está aquí agosto. El verano va que vuela y yo sigo entregada a las actividades propias de la estación. La principal consiste en no hacer casi nada. Y en ese «casi» cabe bastante: leer —mucho—, darme un chapuzón en la piscina, disfrutar de una buena siesta y dejar que las horas pasen con esa lentitud que solo el calor parece concedernos.

Bueno, también escribo un poco. Y, para qué negarlo, ando bastante enganchada a esas aplicaciones de juegos mentales y de aprendizaje de idiomas que prometen mantener en forma nuestras neuronas. Todo muy digital. Ya nos hemos acostumbrado —¿o será que nos han malacostumbrado?— a los retos breves, las respuestas instantáneas y esa sensación de que todo tiene que suceder deprisa.

No sé si esos juegos conseguirán mejorar mi memoria o mi agilidad mental. Lo que sí sé es que entretienen bastante durante las largas tardes estivales.

Pero, como suele ocurrirme, una cosa me ha llevado a otra.

Mientras resolvía uno de esos pasatiempos en la pantalla del móvil me acordé de los veranos de los años ochenta y noventa, cuando las vacaciones empezaban mucho antes de salir de casa. Había que llenar el coche de latas de conserva, enganchar el carro tienda y desplegar sobre la mesa las Guías Michelin, la Guía Campsa y toda aquella documentación que las embajadas en Madrid enviaban tan amablemente a quien la solicitaba. 

Muy Interesante y Guías Michelin años 80 y 90
Todo esto lo tenía bien guardado

Conservo todavía algunas de aquellas Guías Verdes Michelin. Están en francés y durante años pensé que era porque las comprábamos así, sin más. Luego descubrí que no: la mayor parte de las guías dedicadas a otros países no se tradujeron a español hasta bien entrados los años noventa. Así que preparar el viaje incluía también un pequeño ejercicio de traducción. Aquel esfuerzo formaba parte del viaje tanto como hacer la maleta. Después solo quedaba arrancar el coche y hacer kilómetros por España y por buena parte de Europa.

Guardo un recuerdo entrañable de aquellos viajes familiares. No era solo el placer de descubrir lugares nuevos; también estaba la convivencia, el tiempo compartido con los hijos, las amistades que nacían en los campings o las familias de Badajoz con las que, muchas veces, compartíamos viaje. El verano tenía entonces otro ritmo y otra manera de medir el tiempo.

Y, de pronto, me vino a la cabeza uno de aquellos pasatiempos completamente analógicos que nos mantuvo ocupados durante horas en nuestros viajes de camping.

Todo empezó al encontrar una fotografía —analógica también, naturalmente— tomada en un camping. Allí aparecemos alrededor de un enorme crucigrama desplegado sobre la mesa. Era el famoso «crucigrama más grande de España», un suplemento que publicó Muy Interesante, revista a la que llevábamos suscritos prácticamente desde que nació y que aún guardamos debidamente encuadernadas. Venía incluido como un gran desplegable de papel insertado en la revista.


Camping en fecha indeterminada completando el crucigrama más grande de España de 1986
A vueltas con el "crucigrama más grande de España"
 en un camping no sé cuando...

Aquello era mucho más que un crucigrama. Era una auténtica prueba de resistencia familiar. Había preguntas de cultura general —cuando todavía se llamaba así—, de ciencia, de historia, de naturaleza… En definitiva, de todo aquello que la revista acostumbraba a divulgar con tanta habilidad. Resolver una palabra llevaba a otra; una respuesta provocaba una discusión; alguien recordaba un dato, otro lo corregía y, entre todos, íbamos rellenando aquellas interminables casillas.


Muy Interesante. Agosto de 1986
Número 63 de agosto de 1986

He rebuscado estos días en las cajas de plástico donde guardo fotografías, mapas, papeles y toda esa colección de recuerdos que una nunca se decide a tirar. El crucigrama no ha aparecido. Quién sabe qué fue de él después de tantos kilómetros, tantos campings y tantos veranos.

Pero, aunque el papel se haya perdido, el recuerdo sigue intacto. Y quizá eso sea lo importante. Porque antes de que los móviles nos propusieran un reto diario, nosotros ya entrenábamos la memoria, la paciencia y hasta la convivencia alrededor de una mesa de camping. Sin darnos cuenta, aquellos crucigramas también formaban parte del viaje, en aquellos años en los que viajar de camping era nuestra forma de conocer el mundo.


Pilar Otano Cabo

Badajoz (España) 

Agosto de 2026


lunes, 3 de agosto de 2026

La última misión de Modesty Blaise estaba en un quiosco de Estocolmo


Mucho después de Pulp Fiction

Hace algún tiempo escribí por aquí que Quentin Tarantino debía de ser un gran admirador de Modesty Blaise, la heroina británica de tira de prensa de aventuras y espionaje que aparecía en el London's Evening Standard.entre 1963 y 2001. No hacía falta ser muy perspicaz para sospecharlo. En Pulp Fiction colocó una novela de Peter O’Donnell en las manos del personaje de John Travolta mientras permanece sentado —con toda la falta de solemnidad posible— en el cuarto de baño de un restaurante. Un guiño que muchos espectadores pasan por alto, pero que Tarantino nunca ha ocultado: Modesty Blaise figura entre sus personajes de ficción favoritos.

Modesty Blaise en una estantería del Pressbyrån de la Estación Central de Estocolmo
Ejemplar del nº 8 de Agent X9 de 2022
en el 
Pressbyrån de la Estación Central de Estocolmo

Hace unos días, revisando fotografías antiguas del teléfono, apareció una que había olvidado por completo. La tomé en el verano de 2022, en la Estación Central de Estocolmo. No fotografié el edificio ni los trenes, sino un expositor de un Pressbyrån, esa cadena de quioscos tan característica de Suecia donde se mezclan periódicos, novelas de bolsillo, chocolatinas, café y todo aquello que uno puede necesitar antes de subir a un tren.

Stockholm Central Station
Estación Central de Estocolmo 


Entre las revistas reconocí una portada que me resultó inmediatamente familiar. Era un número de Agent X9 y, ocupando casi toda la cubierta, aparecía Modesty Blaise.

Naturalmente, me faltó tiempo para preguntar. Aunque el título de la revista procede del personaje estadounidense Secret Agent X-9,       conocido también como Corrigan, me explicaron que desde hace décadas la verdadera estrella de la publicación es Modesty Blaise. Los lectores suecos nunca la han abandonado y sigue apareciendo puntualmente cada mes en los quioscos.

Después, ya en casa, seguí investigando y descubrí que probablemente ningún país ha cuidado tanto el legado de Modesty Blaise como Suecia. Llegó a contar con una revista propia, Agent Modesty Blaise, durante los años sesenta y, desde 1971, sus aventuras se integraron en Agent X9, donde continúan publicándose de forma ininterrumpida.

Me hizo gracia pensar que, mientras Tarantino mantiene vivo el recuerdo de Modesty mediante un pequeño homenaje cinematográfico que sólo reconocen unos pocos, los suecos han elegido un camino mucho más sencillo: seguir comprándola en el quiosco. Sin ceremonias. Sin nostalgia. Como quien compra cada mes su revista favorita.

Y quizá ahí resida el mejor homenaje posible. No convertir un personaje en objeto de culto, sino permitir que siga formando parte de la vida cotidiana. Entre revistas infantiles, pasatiempos, cómics del oeste y el café para llevar de un Pressbyrån de la Estación Central de Estocolmo.


Pressbyrån de la Estación Central de Estocolmo

Si he conseguido despertar tu curiosidad por este personaje, puedes leerlas o consultarlas de forma legal y gratuita en  Internet Archive (archive.org). Este es el enlace al volumen "Modesty Blaise Comics Collection".


Pilar Otano Cabo

Badajoz (España) 

Agosto de 2026

miércoles, 29 de julio de 2026

El viaje de los viajes… ¿Ulises u Odiseo?



¿Por qué casi nadie se llama Odiseo y, sin embargo, hay miles de Ulises?


Aún no he visto La Odisea de Christopher Nolan. Estoy esperando a que me convenga algunas de las sesiones en VOSE (pocas) del único cine que, desgraciadamente, nos queda en Badajoz. 


The Odyssey. Christopher Nolan. Reino Unido, 2026, Universal Pictures)
The Odyssey (2026), Christopher Nolan 

Por eso, no voy a opinar nada de la película. Pero sí sobre el viaje. Porque, como viajera obstinada e impenitente, siempre he pensado que el de Ulises —o el de Odiseo, ya veremos— es el viaje por excelencia. El viaje de todos los viajes. De esos que una acaba recorriendo aunque nunca haya puesto un pie en Ítaca.


Y resulta que llevo días dandole vueltas no a la historia, que la conocemos todos, sino al nombre del protagonista. Nolan recupera el griego Odysseus, que en la versión española se convierte en Odiseo. Ya sabéis que me gusta seguir el rastro de los nombres igual que el de los apellidos. A veces cuentan una historia casi tan interesante como la de quienes los llevan.


Lo curioso es que aquel Odiseo griego acabó convirtiéndose en Ulises en el mundo romano. La explicación completa es bastante más larga y más académica de lo que apetece para una tarde de verano, pero para mí basta con pensar que todo depende, en el fondo, de si nuestros antepasados miraban más hacia Grecia o hacia Roma. Es una simplificación, claro, pero tiene su aquel. 


En realidad, durante siglos en España casi nadie leyó a Homero en griego. Los textos llegaban a través del latín y, con ellos, también los nombres. Por eso heredamos a Ulises, igual que Francia, Italia o Portugal. Mucho más tarde, cuando los filólogos volvieron a las fuentes griegas, recuperaron también el nombre original: Odiseo.


Es curioso comprobar cómo esa historia sigue viva. En España apenas hay personas llamadas Odiseo. En cambio, según el INE, hay 2911 hombres que se llaman Ulises, con una edad media de 22,8 años. Incluso aparecen 47 Ulysses, seguramente fruto de influencias anglosajonas y aquí la media de edad baja a 17,9 años.


INE Estadística de nombres Ulises vs. Ulysses
Datos del Instituto Nacional de Estadística de Españ


Creo recordar que tuve algún alumno llamado Ulises. Hoy, sólo conozco a Ulises Fernández, músico y cantautor de Badajoz. Uli es hijo del inolvidable Enrique Fernández  Medina “Henry” y de mi amiga Marisa Sánchez Laso. Su hermana se llama Cira, otro precioso nombre griego, y también ha heredado la música. Una familia con claras resonancias helénicas.


Mientras tanto, en Grecia, según me cuentan mis “amigos griegos”, el nombre de Odiseo (bueno, Odysseús /"Ὀδυσσεύς") sigue siendo un nombre bastante habitual. Lo tienen fácil: juegan en casa.


No sé si Chrstopher Nolan conseguirá que dentro de unos años aumenten los Ulises en los registros civiles españoles. O, quién sabe, quizá algún padre se atreva por fin con Odiseo.


Al fin y al cabo, los nombres también viajan. Unos cambian de lengua, otros de forma, algunos regresan después de siglos. Como el propio héroe nunca dejan de buscar el camino de vuela.


Y ahora tengo curiosidad. ¿Cuántos Ulises conocéis vosotros? ¿Y algún Odiseo?


Pilar Otano Cabo

Badajoz (España)

Julio de 2026








sábado, 25 de julio de 2026

HISTORIA DE UN ENGAÑO: OPERACIÓN CARNE PICADA

El hombre que nunca existió… y una visita pendiente en Huelva


¡Cuántas veces habré ido a Huelva! Tenemos allí muy buenos amigos y, además, siempre encontramos una buena excusa para volver. Hace ya bastante tiempo, Luis Carlos y Pilar nos hablaron de un británico enterrado en el Cementerio de La Soledad. No se limitaron a contarnos la historia: también nos prestaron un libro para que la conociéramos con detalle. Y allí dieron de lleno en esa manía mía de buscar coartadas en los viajes, esa debilidad por encontrar pequeñas historias que me permitan regresar sabiendo un poco más de lo que sabía al llegar. 

Tumba de Glyndwr Michael (Major William Martin)
Cementerio La Soledad de Huelva


Por fin, en una escapada onubense de este invierno, cuando ya emprendíamos el regreso hacia Badajoz —después de cumplir con otro ritual ineludible: llenar el maletero de pescado y marisco del mercado— decidimos que había llegado el momento. Era uno de esos días perfectos para visitar un cementerio; el viento que trajo la borrasca Oriana casi nos arrastra al salir del coche. Pero no íbamos a echarnos atrás, la misión estaba para cumplirse. Ya había leído la novela que Pilar y Luis Carlos nos habían proporcionado, El hombre que nunca existió de Ben Macintyre y habíamos visto la peli El arma del engaño (2021), así que no había vuelta atrás.


 La historia me parecía tan increíble que costaba admitir que hubiera sucedido de verdad. Resumida mucho, muchísimo, relata cómo los servicios de inteligencia británicos consiguieron engañar a los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial. Prepararon el cadáver de un hombre desconocido, lo vistieron como si fuera un oficial de la Marina Real británica y le colocaron encima documentación top secret cuidadosamente falsificada. El falso Major William Martin y sus falsos papeles fueron arrojados al mar frente a las costa de Huelva para hacer creer que había caído de un avión. Así, el cuerpo apareció flotando frente a la costa de Punta Umbría, simulando que había sufrido un accidente aéreo. Todo parecía tan real…


No tardaron nada las autoridades españolas —¡neutrales, claro, y que picaron cómo pardillos!— en dar el chivatazo a los alemanes. El engaño estaba servido y  el alto mando nazi se tragó que los aliados invadirían Grecia. Aquello contribuyó a cambiar el curso de la guerra, dejando el camino despejado hacia  Sicilia.


A lo que iba, yo tenía una razón muy concreta para ir a ese cementerio. Aquel día buscábamos la tumba del supuesto “Major William Martin”, que a pesar de estar alejada de la puerta, no tiene pérdida. Una asociación ha dispuesto, al más puro estilo de Hansel y Gretel, señales en el suelo que te llevan derechita al lugar, sin posibilidad de perderte.


Indicaciones y tumba del Major William Martin

Major William Martin (Glyndwr Michael) 
 Cementerio La Soledad de Huelva

Y allí estaba “el hombre que nunca existió”. O quizá sí, porque en la lápida también figura el nombre de quién realmente parece descansar bajo ella y a quién hicieron pasar por el oficial. Se trataba de Glyndwr Michael, un galés de treinta y cuatro años, sin familia, que había muerto tras ingerir raticida. Su muerte permitió construir una de las operaciones de espionaje más extraordinarias de la historia. Para hacer creíble la identidad inventada, los servicios secretos llegaron incluso a crearle una vida sentimental: llevaba en los bolsillos cartas de una novia imaginaria, fotografías y pequeños objetos personales que daban apariencia de verdad a una existencia completamente ficticia.


La supuesta novia del Mayor William Martin
Fotografía de su novia, que el supuesto Major William Martin
 llevaba en su cartera



Quizá el necroturismo no sea, en el fondo, más que otra forma de leer la Historia. Yo no viajo buscando la muerte, sino las historias. Hay libros que se abren en una biblioteca y otros que solo pueden leerse caminando despacio entre lápidas.


Llevaba tanto tiempo queriendo hacer esta visita… 

¿No os parece una historia fascinante? 


Por cierto, si os pica la curiosidad, además del libro de Ben Macintyre, hay un par de adaptaciones cinematográficas que abordan este episodio: la clásica El hombre que nunca existió (1956) y la más reciente El arma del engaño (2021). Perfectas para una tarde de cine y lectura.


El hombre que nunca existió, Operación Carne Picada. Ben Macintyre. Edit. Crítica (Grupo Planeta)

    El arma del engaño (Operation Mincemeat), de 2021,
 dirigida por John Madden con Colin Firth como actor principal



El hombre que nunca existió. Ewen Montagu Reino de Redonda (2019)
Clásico de 1953 que dio origen a la primera adaptación
cinematográfica de 1956 dirigida por Ronald Neame



The Man Who Never Was (1956)
Ronald Neame dirige "The Man Who Never Was" en 1956






Pilar Otano Cabo

Badajoz (España)

Julio de 2026



domingo, 19 de julio de 2026

Frankenstein y el Mundial de Fútbol 2026


Me fascina encontrar noticias que parecen tirar de un hilo invisible y terminan uniendo mundos que, en principio, no tienen absolutamente nada que ver. Basta con seguir ese hilo para descubrir conexiones inesperadas entre la actualidad, la historia y la literatura.


Esta vez, el detonante ha sido el Campeonato del Mundo de Fútbol.



MetLifeStadium. Final Copa Mundial de Fútbol 2026
MetLife Stadium (Imagen: Shutterstock en N. Geographic)

Conviene aclarar -quizás no haga falta- que no soy nada futbolera, aunque viva rodeada de auténticos entusiastas del balón. Sin embargo, me resultó imposible pasar por alto las noticias que llegaban desde Nueva York, donde la preocupación no estaba sólo en el resultado del partido en el que, esta misma noche, las selecciones de Argentina y España se lo juegan todo.


El desasosiego de las autoridades durante el pasado viernes era mayúsculo. La altísima concentración de partículas tóxicas mantenía a Nueva York en alerta —con las mascarillas agotadas en las farmacias y las autoridades recomendando limitar las actividades al aire libre—; situación que se replicaba en gran parte de las ciudades del noreste. ¿Culpable? Los más de ochocientos incendios forestales en Ontario (Canadá), cuya densa neblina había decidido tomar la costa estadounidense.


Puente de Brooklyn, Nueva York. Contaminación por incendios en Canadá.
Puente de Brooklyn en Nueva York (Getty Images en rtve noticias)


Y aquí es donde mi cabeza ha hecho ese extraño clic: ¿qué tiene que ver una crisis ambiental actual con Frankenstein? Pues, curiosamente, bastante.


La noticia me ha llevado inmediatamente a un episodio en el que la atmósfera decidió alterar el rumbo de la historia. En 1815, el volcán Tambora, en Indonesia, protagonizó una de las erupciones más violentas de las que se tiene constancia. La enorme cantidad de cenizas alcanzó la estratosfera, dio la vuelta al planeta y modificó el clima durante meses.


Al año siguiente, en 1816, las cenizas y el polvo viajaron más de 11.000 kilómetros hasta llegar a Europa. El resultado fueron anomalías térmicas, cosechas malogradas, hambruna y una crisis generalizada que pasó a la historia como “el año sin verano”.


Fue precisamente durante ese verano tan desagradable cuando coincidieron en Suiza, junto al lago Lemán, un grupo de jóvenes escritores. Lord Byron, John Polidori, Percy Shelley y Mary Shelley se habían reunido en Villa Diodati con la intención de pasar un verano espléndido, pero el clima —alterado por un volcán situado a casi 12.000 kilómetros— tenía otros planes. Atrapados en la villa por el mal tiempo, pasaban las horas leyendo historias de fantasmas alemanas hasta que Lord Byron lanzó un reto: que cada uno escribiera su propia historia de terror.

Fankenstein o el moderno Prometeo; ALMA, Clásicos Ilustrados


De aquel encierro forzado por una catástrofe natural nacieron dos obras decisivas para la literatura moderna: El vampiro de John Polidori y, por supuesto, Frankenstein o el moderno Prometeo de Mary Shelley. No deja de sorprenderme pensar que un fenómeno natural ocurrido al otro lado del planeta terminara influyendo en la creación de uno de los grandes mitos de nuestra cultura.


Supongo que hoy, en el MetLife Stadium —a unos 600 kilómetros de la zona más crítica en Canadá—, el único reto será ganar un partido de fútbol. Parece que los vientos y las lluvias previstas habrán limpiado la atmósfera a tiempo para el pitido inicial. Aun así, mientras ruede el balón, no podré evitar pensar en la fragilidad de nuestra atmósfera y en cómo, a veces, los cambios en el aire que respiramos terminan transformando no solo el tiempo, sino también nuestra propia historia y nuestra literatura.



Si después de leer esta entrada te apetece seguir tirando del hilo invisible del tiempo y la creación, aquí tienes un par de sugerencias:


La mirada literaria: William OspinaEl año del verano que nunca llegó (2015).


El verano que nunca llegó. William Ospina


La mirada cinematográfica. Es imposible hablar de aquel verano en Villa Diodati sin mencionar Remando al viento, de Gonzalo Suárez (1988).  Su película es, probablemente, la mejor aproximación cinematográfica a ese momento en que el aburrimiento, el genio y el aislamiento dieron origen a uno de los mitos más grandes de nuestra cultura.

Remando al viento, de Gonzalo Suárez (1988)


Pilar Otano Cabo

Badajoz, España, 19 de julio de 2026