domingo, 23 de agosto de 2026

Mary Welsh, Hemingway y los carros de mimbre de Madeira


Cuando estaba preparando nuestro viaje a Madeira, en mayo de este 2026, los famosos carrinhos de cesto aparecían en todas partes como uno de los imprescindibles de la isla. Son un clásico, una de esas imágenes que funcionan casi como tarjeta de visita de Funchal, su capital.

Estos curiosos carros de mimbre comenzaron a utilizarse en el siglo XIX como medio de transporte entre Monte y la ciudad. Ahora se han convertido en una atracción turística en toda regla. Se sube desde Funchal hasta Monte en el impresionante teleférico y después una se deja caer carretera abajo dentro de una especie de trineo de mimbre hasta Livramento.

Carreiros do Monte hasta Livramento
Carreiros do Monte 

Los carros se deslizan sobre patines de madera y son conducidos por dos carreiros, vestidos de blanco y con sus típicos sombreros de paja. No necesitan gimnasio estos chicos, desde luego. Corren, empujan, maniobran y frenan con sus propias botas mientras el artefacto se lanza cuesta abajo durante casi dos kilómetros.

En fin, que, después de ver en qué consistía el asunto, yo había decidido que ni por asomo iba a montarme en semejante cacharro.

Pero seguí buscando información sobre Madeira —ya sabéis que no puedo preparar un viaje sin averiguar qué escritores han pasado antes por allí— y, ¡oh, sorpresa!, me encontré con Hemingway. Al parecer, el escritor había visitado la isla en junio de 1954 y había bajado desde Monte en uno de aquellos carros.

Mi razonamiento fue inmediato y, desde luego, irrebatible: si aquel buen señor, con su estatura, su peso y su considerable volumen, había conseguido encajarse en un cesto y lanzarse montaña abajo, ¿por qué no iba a hacerlo yo?

Dicho y hecho. Fue una de las primeras cosas que hicimos al llegar a Funchal: tomar el teleférico, subir hasta Monte, guardar la cola reglamentaria y acomodarnos en el carro. Y bajamos. Con la sensación de que aquello corría mucho más de lo que parecía en los vídeos.

Mereció muchísimo la pena.

Pero la historia no acabó allí. Al volver del viaje continué buscando y descubrí que Hemingway y su esposa, Mary Welsh, habían llegado a Funchal el 15 de junio de 1954 a bordo del transatlántico italiano Francesco Morosini, que hacía una breve escala en su viaje desde Génova hacia La Habana.

Al día siguiente, el Diário de Notícias de Madeira publicó una supuesta entrevista con el futuro Premio Nobel. En ella, Hemingway afirmaba haber subido a Monte y descendido en uno de los carros del país. De ahí debe de proceder la historia que yo había leído antes del viaje. 

Diário de Notícias, Funchal, 16 junio 1954
Entrevista a Hemingway en Diário de Notícias de Funchal
el 16 de junio de 1954 (1)

Sin embargo, parece que las cosas no sucedieron exactamente así.

Hemingway no dejó ningún relato de aquella escala. Quien sí lo hizo fue Mary Welsh en sus memorias, How It Was, publicadas en 1976. Mary cuenta que bajó en el carro de mimbre acompañada por el capitán del barco, después de probar el vino de Madeira y visitar en Monte la iglesia donde está enterrado Carlos I, último emperador de Austria. 

De Ernest no dice nada.

Años después, el profesor George Monteiro, especialista en Hemingway y en las relaciones entre las literaturas estadounidense y portuguesa, investigó aquella breve escala en Madeira. Al comparar la noticia publicada por el Diário de Notícias con las memorias de Mary Welsh, encontró varias contradicciones. Todo indica que quien bajó en el carro fue Mary, acompañada por el capitán del barco, mientras Hemingway probablemente permaneció a bordo. Así que yo me monté animada por Hemingway y he terminado descubriendo que mi verdadera precursora había sido su mujer. 

Y eso me gusta bastante más.

Porque Mary Welsh no fue solamente la cuarta esposa del escritor —la última, porque él murió antes; nunca se sabe qué habría pasado de haber vivido más años—, antes de conocerlo ya era una periodista con una trayectoria extraordinaria.

Había nacido en Minnesota en 1908 y muy pronto decidió escapar de la vida que parecía reservada para una muchacha de su época. Comenzó trabajando en el Chicago Daily News y después consiguió dar el salto a Europa para escribir en el londinense Daily Express.

Durante la Segunda Guerra Mundial trabajó para la revista Time. Informó desde Londres durante los bombardeos alemanes, escribió sobre las consecuencias de la guerra en la población, realizó emisiones para la BBC y fue la primera mujer acreditada por la Royal Air Force y, más tarde, por el ejército estadounidense, con rango equivalente al de capitán.


Mary Welsh con uniforme de corresponsal de guerra.

Mary Welsh con uniforme de corresponsal de guerra. Fotógrafo desconocido. Ernest Hemingway Photograph Collection, John F. Kennedy Presidential Library and Museum (EH 8056P). Fuente: Montecristo Magazine, 8 de junio de 2022.


Además, se movía como pez en el agua entre militares, políticos, periodistas e intelectuales. Conocía a Eisenhower, trataba a personas cercanas a Churchill y parecía enterarse de todo lo que sucedía en aquel Londres en guerra.

Y entonces apareció Hemingway.

Se conocieron en 1944, cuando ambos cubrían la guerra y ambos estaban casados con otras personas. Hemingway quedó deslumbrado por ella y, según cuentan, le pidió matrimonio a la tercera vez que se vieron. Finalmente se casaron en Cuba en 1946 y se instalaron en Finca Vigía.

Y ahí, en buena medida, se acabó el periodismo.

Mary abandonó su carrera y pasó a organizar la complicada vida doméstica, literaria y social de Hemingway. Leía sus manuscritos, los mecanografiaba, hacía sugerencias, atendía a los invitados y procuraba mantener en pie un mundo sometido al carácter imprevisible —por decirlo suavemente— del escritor.

Eso sí, viajaron mucho. Y entre aquellos viajes estuvo el que los llevó hasta Madeira y que, tantos años después, ha terminado trayéndome a mí hasta Mary Welsh.

Tras el suicidio de Hemingway en 1961, Mary asumió el papel de viuda oficial y guardiana de su memoria. Fue su albacea literaria, organizó sus manuscritos y supervisó la publicación de buena parte de su obra póstuma. También intervino en las negociaciones con Fidel Castro para recuperar y conservar los documentos y pertenencias que habían quedado en Finca Vigía después de la Revolución cubana.

Durante años permaneció bajo la larguísima sombra de su marido. Pero sus memorias, How It Was, y la biografía de Timothy Christian, Hemingway’s Widow: The Life and Legacy of Mary Welsh Hemingway, permiten descubrir a una mujer brillante, contradictoria y compleja, con una personalidad mucho más arrolladora de lo que su condición de «viuda de» podría hacernos pensar.

Es curioso lo que me sucede con frecuencia: una cosa me lleva a otra y casi siempre termino leyendo algún libro.


How it was & Hemingway's widow


En este caso, un carro de mimbre me llevó hasta Hemingway. Hemingway me llevó hasta Mary Welsh. Y Mary ha terminado entrando, por méritos propios, en mi particular lista de mujeres alrededor del mundo.

Aunque, pensándolo bien, quizá debería darle las gracias también por haberme ayudado a subir a aquel cacharro. Porque ahora sé que no seguí los pasos de Hemingway.

Seguí los de ella.


(1) O meu agradecimento ao Diário de Notícias de Madeira e, muito especialmente, a Jessica Jesus, Gestora de Circulação, pela amabilidade e disponibilidade em me facultar uma cópia da página do jornal que reproduzo nesta entrada.


Pilar Otano Cabo

Badajoz, España

Agosto de 2026



martes, 18 de agosto de 2026

Lorca, el teatro y los vestidos de mi familia

Hoy se cumplen noventa años del asesinato de Federico García Lorca. Si habéis estado atentos a la prensa, la radio, la televisión o las redes sociales, poco más puedo añadir. Pero hay fechas que, además de devolvernos a la historia, despiertan recuerdos personales, casi íntimos. Y hoy me apetece compartir uno de ellos.

El detonante —siempre hay uno— ha sido Lorca. Bueno, Lorca, Miguel Murillo y Pepa Casado.

En 2017 se representó en el teatro López de Ayala de Badajoz El último amor de Lorca, una obra de Miguel Murillo sobre la relación entre el poeta y el joven crítico de arte Juan Ramírez de Lucas.


El Último amor de Lorca de Miguel Murillo. Estrenada en el Gran Teatro de Cáceres

La propuesta era muy original: el texto dramático se combinaba con poesía, baile y música en directo. Por el escenario pasaban también distintas figuras históricas de aquellos años y, poco a poco, se iba dibujando el ambiente político y social de la Segunda República, con la tragedia acercándose inevitablemente.

¿Y dónde está la parte personal de esta historia?

Pues en el vestuario, que realizó mi buena amiga Pepa Casado. Sus manos hacen magia con todo lo que tocan. Y, en esta ocasión, buena parte de lo que tuvo entre ellas fueron trajes, abrigos y vestidos que yo guardaba de mi madre y que mi madre, a su vez, había conservado de la suya, mi abuela Clotilde.

Ya he hablado en otro lugar de este blog del taller de mi abuela y de mi tía Juliana, y también del de mi madre, Isaína, a quien muchos de vosotros conocisteis.

Así que aquí esta menda, que lo guarda todo, y Pepa Casado, que sabe hacer maravillas con lo que encuentra, formamos sin saberlo la combinación perfecta. Gracias a ella, aquellas prendas familiares regresaron a la vida y ayudaron a construir el vestuario de El último amor de Lorca.

                 

El último amor de Lorca, de Miguel Murillo


Y ocurrió lo que tenía que ocurrir: durante la representación no pude dejar de ver, detrás de cada traje y de cada abrigo, a las mujeres de mi familia. Mujeres que bien podrían haber caminado por cualquiera de las escenas que Miguel Murillo nos regaló aquella noche.

De pronto, ya no estaba viendo solamente una obra sobre Lorca. También estaba viendo una parte de nuestra propia historia familiar sobre el escenario.

¡Larga vida al teatro!

Y sigamos leyendo, representando y recordando a Federico.

Pieza del vestuario de El último amor de Lorca


Diseños de vestuario de El último amor de Lorca
Uno de los diseños de Pepa Casado

Pilar Otano Cabo

Badajoz, España

18 de agosto de 2026



martes, 11 de agosto de 2026

Lord Byron, un grafitero en el cabo Sounion


Aquella tarde de marzo de 2023, nuestros amigos griegos en Atenas propusieron otro plan interesante: Cabo Sounion, para ver su famosa puesta de sol desde el deslumbrante Templo de Poseidón.


Templo de Poseidón, en el Cabo Sounion de Grecia
Templo de Poseidón en el Cabo Sounion de Grecia

Nos pusimos en marcha hacia el extremo sur del Ática. Hay poco más de setenta kilómetros desde Atenas, pero se tarda más de una hora. La carretera ya merece el viaje: una de esas carreteras costeras llenas de curvas, pegadas al vacío, con el inmenso mar Egeo apareciendo y desapareciendo y cambiando de color a cada momento.


Imagino allá abajo en los lugares sofisticados de la llamada “Riviera ateniense”, hoteles estupendos, playas privadas y celebridades con mucho glamour. Pero nosotros teníamos otro plan mejor, para mí bastante mejor: subir hasta aquel promontorio y descubrir otra maravilla de esa Grecia increíble.


Poco más recuerdo de la carretera y casi me siento aliviada reconocerlo porque Julio Cortázar escribió un relato titulado Acerca de la manera de viajar de Atenas a Cabo Sunion en el que habla, precisamente, de la fragilidad de la memoria y de lo poco que a veces queda de los viajes que creemos recordar perfectamente.


Dicen que no hay que ir al cabo Sounion en verano por la cantidad de gente que lo visita. En realidad, ese consejo ha perdido bastante sentido: ahora hay gente, mucha gente, en todas partes y en cualquier época del año. 


También la había aquella tarde de marzo.


Y no me parece necesariamente mal. Será eso que llamamos «democratización del turismo»: que todos tengamos la oportunidad de viajar, esa actividad tan necesaria que abre la mente, ensancha los pensamientos y, de paso, nos obliga a compartir las mejores puestas de sol con unas cuantas decenas de desconocidos.


A mí, la gente no me impidió asombrarme una vez más.


El Templo de Poseidón está encaramado sobre un acantilado a unos sesenta metros sobre el mar. Sus columnas de mármol parecían el esqueleto de algo gigantesco que llevara siglos desafiando al mar Egeo. Y, naturalmente, aquel lugar empieza enseguida a contarte historias de dioses, héroes, barcos y  mitos antiguos.


Pero también cuenta historias algo menos antiguas, como la de Lord Byron, grafitero. Sabíamos de la fascinación del poeta por Grecia y por este lugar en particular. Nos lo recordó incluso un poema suyo colocado bien visible junto a la entrada:

Place me on Sunium’s marbled steep,

Where nothing, save the waves and I,

May hear our mutual murmurs sweep;

There, swan-like, let me sing and die:

A land of slaves shall ne’er be mine—

Dash down you yon cup of Samian wine!

Poema de Lord Byron hablando de Sounion
Poema colocado en la taquilla de la entrada al recinto
Colocadme en la pendiente marmórea de Sunio, 
donde nada, salvo las olas y yo, 
oigamos pasar nuestros mutuos murmullos;
allí, como el cisne, dejadme cantar y morir:
una tierra de esclavos nunca será la mía:

¡Haced añicos lejos la copa de vino de Samos!

De Las Islas de Grecia (Canto tercero) en Don Juan


Byron llegó por primera vez a Grecia en 1809, con apenas 21 años, durante aquel famoso Grand Tour que los jóvenes británicos de buena familia emprendían para completar su educación. Algo así como el Erasmus o el Interrail de los niños bien del siglo XIX, aunque con criados, caballos y bastante más tiempo disponible.


Recorrió Portugal, España, Malta, Albania, Grecia y otros territorios del Mediterráneo. Y el componente mítico, clásico y romántico que envolvía el mundo griego tuvo que atraer poderosamente a alguien como él.


Byron visitó Sounion durante aquel primer viaje. Y allí hizo algo que hoy nos resultaría bastante menos romántico: grabó su nombre en una de las columnas del Templo de Poseidón.


Byron


Byron grafitero en el Templo de Poseidón
Grafiti de Lord Byron en una de las piedras del Templo de Poseidón

Y ahí sigue. O, al menos, se atribuye a él aquella inscripción. Y yo no puedo evitar pensar que, si un turista hiciera hoy lo mismo, difícilmente hablaríamos de romanticismo inglés. Estaríamos hablando de vandalismo y pediríamos que apareciera inmediatamente el vigilante. Bueno, hoy sería difícil porque uno de esos cordones de seguridad que protegen las obras de arte impiden al público acercarse demasiado.


Pero han pasado doscientos años, el grafitero era Lord Byron y es cierto que las cosas antiguas adquieren una respetabilidad que sorprende.


No sería aquella su última relación con Grecia. Años más tarde regresó para implicarse de lleno en la Guerra de la Independencia griega contra el Imperio Otomano. Murió en Missolonghi en 1824 y terminó convirtiéndose en héroe nacional para los griegos.


Pero esa es otra historia y habrá que contarla otro día, porque yo había empezado hablando de una puesta de sol y como siempre una cosa me lleva a otra, ya me he ido hasta la independencia de Grecia.


A eso habíamos ido a cabo Sounion: a ver ponerse el sol.


Y el panorama era realmente espectacular.


Atardecer en el Cabo Sounion a través del Templo de Poseidón

He visto muchas puestas de sol—¿quién no?, las de Badajoz sobre el Guadiana son espectaculares—, pero contemplar el horizonte a través de aquellas columnas y ver cómo el sol iba desapareciendo sobre el Egeo fue una experiencia difícil de olvidar.


Sentada en las piedras que rodean el templo, mientras la luz iba cambiando el color del mármol y del mar, era casi inevitable sentirse dentro de alguna de aquellas historias mitológicas. Sólo faltaba distinguir, allá a lo lejos, unas velas blancas.

Templo de Poseidón en el Cabo Sounion de Gracia

Por si te apetece echar un vistazo a mis lecturas:


Byron, George Gordon (2010). Cartas y poesías mediterráneas. Edición y traducción de Agustín Coletes Blanco, Oviedo, KRK ediciones.


Byron, George Gordon (2024). Don Juan. Traducción de Andreu Jaume Enseñat, Madrid,  Penguin Clásicos


Byron, George Gordon (2006). Poemas escogidos. Traducción de José María Martín Triana, Madrid, Visor Libros. 


Cortázar, Julio (1992). “Acerca de la manera de viajar de Atenas a Cabo Sunion”, en La vuelta al día en ochenta mundos. Tomo 1, México, Siglo XXI, pp 95-100.


O'Brien, Edna (2024). Byron in love. Madrid. Editorial Cabaret Voltaire. Traducción de Amado Diéguez.



Lecturas de Byron y Cortázar en Grecia
Agradecida a la Biblioteca Pública de Badajoz

Pilar Otano Cabo

Badajoz, España

Agosto de 2026


jueves, 6 de agosto de 2026

Pasatiempos del verano


Y de otros veranos…

Ya está aquí agosto. El verano va que vuela y yo sigo entregada a las actividades propias de la estación. La principal consiste en no hacer casi nada. Y en ese «casi» cabe bastante: leer —mucho—, darme un chapuzón en la piscina, disfrutar de una buena siesta y dejar que las horas pasen con esa lentitud que solo el calor parece concedernos.

Bueno, también escribo un poco. Y, para qué negarlo, ando bastante enganchada a esas aplicaciones de juegos mentales y de aprendizaje de idiomas que prometen mantener en forma nuestras neuronas. Todo muy digital. Ya nos hemos acostumbrado —¿o será que nos han malacostumbrado?— a los retos breves, las respuestas instantáneas y esa sensación de que todo tiene que suceder deprisa.

No sé si esos juegos conseguirán mejorar mi memoria o mi agilidad mental. Lo que sí sé es que entretienen bastante durante las largas tardes estivales.

Pero, como suele ocurrirme, una cosa me ha llevado a otra.

Mientras resolvía uno de esos pasatiempos en la pantalla del móvil me acordé de los veranos de los años ochenta y noventa, cuando las vacaciones empezaban mucho antes de salir de casa. Había que llenar el coche de latas de conserva, enganchar el carro tienda y desplegar sobre la mesa las Guías Michelin, la Guía Campsa y toda aquella documentación que las embajadas en Madrid enviaban tan amablemente a quien la solicitaba. 

Muy Interesante y Guías Michelin años 80 y 90
Todo esto lo tenía bien guardado

Conservo todavía algunas de aquellas Guías Verdes Michelin. Están en francés y durante años pensé que era porque las comprábamos así, sin más. Luego descubrí que no: la mayor parte de las guías dedicadas a otros países no se tradujeron a español hasta bien entrados los años noventa. Así que preparar el viaje incluía también un pequeño ejercicio de traducción. Aquel esfuerzo formaba parte del viaje tanto como hacer la maleta. Después solo quedaba arrancar el coche y hacer kilómetros por España y por buena parte de Europa.

Guardo un recuerdo entrañable de aquellos viajes familiares. No era solo el placer de descubrir lugares nuevos; también estaba la convivencia, el tiempo compartido con los hijos, las amistades que nacían en los campings o las familias de Badajoz con las que, muchas veces, compartíamos viaje. El verano tenía entonces otro ritmo y otra manera de medir el tiempo.

Y, de pronto, me vino a la cabeza uno de aquellos pasatiempos completamente analógicos que nos mantuvo ocupados durante horas en nuestros viajes de camping.

Todo empezó al encontrar una fotografía —analógica también, naturalmente— tomada en un camping. Allí aparecemos alrededor de un enorme crucigrama desplegado sobre la mesa. Era el famoso «crucigrama más grande de España», un suplemento que publicó Muy Interesante, revista a la que llevábamos suscritos prácticamente desde que nació y que aún guardamos debidamente encuadernadas. Venía incluido como un gran desplegable de papel insertado en la revista.


Camping en fecha indeterminada completando el crucigrama más grande de España de 1986
A vueltas con el "crucigrama más grande de España"
 en un camping no sé cuando...

Aquello era mucho más que un crucigrama. Era una auténtica prueba de resistencia familiar. Había preguntas de cultura general —cuando todavía se llamaba así—, de ciencia, de historia, de naturaleza… En definitiva, de todo aquello que la revista acostumbraba a divulgar con tanta habilidad. Resolver una palabra llevaba a otra; una respuesta provocaba una discusión; alguien recordaba un dato, otro lo corregía y, entre todos, íbamos rellenando aquellas interminables casillas.


Muy Interesante. Agosto de 1986
Número 63 de agosto de 1986

He rebuscado estos días en las cajas de plástico donde guardo fotografías, mapas, papeles y toda esa colección de recuerdos que una nunca se decide a tirar. El crucigrama no ha aparecido. Quién sabe qué fue de él después de tantos kilómetros, tantos campings y tantos veranos.

Pero, aunque el papel se haya perdido, el recuerdo sigue intacto. Y quizá eso sea lo importante. Porque antes de que los móviles nos propusieran un reto diario, nosotros ya entrenábamos la memoria, la paciencia y hasta la convivencia alrededor de una mesa de camping. Sin darnos cuenta, aquellos crucigramas también formaban parte del viaje, en aquellos años en los que viajar de camping era nuestra forma de conocer el mundo.


Pilar Otano Cabo

Badajoz (España) 

Agosto de 2026


lunes, 3 de agosto de 2026

La última misión de Modesty Blaise estaba en un quiosco de Estocolmo


Mucho después de Pulp Fiction

Hace algún tiempo escribí por aquí que Quentin Tarantino debía de ser un gran admirador de Modesty Blaise, la heroina británica de tira de prensa de aventuras y espionaje que aparecía en el London's Evening Standard.entre 1963 y 2001. No hacía falta ser muy perspicaz para sospecharlo. En Pulp Fiction colocó una novela de Peter O’Donnell en las manos del personaje de John Travolta mientras permanece sentado —con toda la falta de solemnidad posible— en el cuarto de baño de un restaurante. Un guiño que muchos espectadores pasan por alto, pero que Tarantino nunca ha ocultado: Modesty Blaise figura entre sus personajes de ficción favoritos.

Modesty Blaise en una estantería del Pressbyrån de la Estación Central de Estocolmo
Ejemplar del nº 8 de Agent X9 de 2022
en el 
Pressbyrån de la Estación Central de Estocolmo

Hace unos días, revisando fotografías antiguas del teléfono, apareció una que había olvidado por completo. La tomé en el verano de 2022, en la Estación Central de Estocolmo. No fotografié el edificio ni los trenes, sino un expositor de un Pressbyrån, esa cadena de quioscos tan característica de Suecia donde se mezclan periódicos, novelas de bolsillo, chocolatinas, café y todo aquello que uno puede necesitar antes de subir a un tren.

Stockholm Central Station
Estación Central de Estocolmo 


Entre las revistas reconocí una portada que me resultó inmediatamente familiar. Era un número de Agent X9 y, ocupando casi toda la cubierta, aparecía Modesty Blaise.

Naturalmente, me faltó tiempo para preguntar. Aunque el título de la revista procede del personaje estadounidense Secret Agent X-9,       conocido también como Corrigan, me explicaron que desde hace décadas la verdadera estrella de la publicación es Modesty Blaise. Los lectores suecos nunca la han abandonado y sigue apareciendo puntualmente cada mes en los quioscos.

Después, ya en casa, seguí investigando y descubrí que probablemente ningún país ha cuidado tanto el legado de Modesty Blaise como Suecia. Llegó a contar con una revista propia, Agent Modesty Blaise, durante los años sesenta y, desde 1971, sus aventuras se integraron en Agent X9, donde continúan publicándose de forma ininterrumpida.

Me hizo gracia pensar que, mientras Tarantino mantiene vivo el recuerdo de Modesty mediante un pequeño homenaje cinematográfico que sólo reconocen unos pocos, los suecos han elegido un camino mucho más sencillo: seguir comprándola en el quiosco. Sin ceremonias. Sin nostalgia. Como quien compra cada mes su revista favorita.

Y quizá ahí resida el mejor homenaje posible. No convertir un personaje en objeto de culto, sino permitir que siga formando parte de la vida cotidiana. Entre revistas infantiles, pasatiempos, cómics del oeste y el café para llevar de un Pressbyrån de la Estación Central de Estocolmo.


Pressbyrån de la Estación Central de Estocolmo

Si he conseguido despertar tu curiosidad por este personaje, puedes leerlas o consultarlas de forma legal y gratuita en  Internet Archive (archive.org). Este es el enlace al volumen "Modesty Blaise Comics Collection".


Pilar Otano Cabo

Badajoz (España) 

Agosto de 2026

miércoles, 29 de julio de 2026

El viaje de los viajes… ¿Ulises u Odiseo?



¿Por qué casi nadie se llama Odiseo y, sin embargo, hay miles de Ulises?


¿Por qué llamamos unas veces Ulises y otras Odiseo al héroe de La Odisea?


Aún no he visto La Odisea de Christopher Nolan. Estoy esperando a que me convenga algunas de las sesiones en VOSE (pocas) del único cine que, desgraciadamente, nos queda en Badajoz. 


The Odyssey. Christopher Nolan. Reino Unido, 2026, Universal Pictures)
The Odyssey (2026), Christopher Nolan 

Por eso, no voy a opinar nada de la película. Pero sí sobre el viaje. Porque, como viajera obstinada e impenitente, siempre he pensado que el de Ulises —o el de Odiseo, ya veremos— es el viaje por excelencia. El viaje de todos los viajes. De esos que una acaba recorriendo aunque nunca haya puesto un pie en Ítaca.


Y resulta que llevo días dandole vueltas no a la historia, que la conocemos todos, sino al nombre del protagonista. Nolan recupera el griego Odysseus, que en la versión española se convierte en Odiseo. Ya sabéis que me gusta seguir el rastro de los nombres igual que el de los apellidos. A veces cuentan una historia casi tan interesante como la de quienes los llevan.


Lo curioso es que aquel Odiseo griego acabó convirtiéndose en Ulises en el mundo romano. La explicación completa es bastante más larga y más académica de lo que apetece para una tarde de verano, pero para mí basta con pensar que todo depende, en el fondo, de si nuestros antepasados miraban más hacia Grecia o hacia Roma. Es una simplificación, claro, pero tiene su aquel. 


En realidad, durante siglos en España casi nadie leyó a Homero en griego. Los textos llegaban a través del latín y, con ellos, también los nombres. Por eso heredamos a Ulises, igual que Francia, Italia o Portugal. Mucho más tarde, cuando los filólogos volvieron a las fuentes griegas, recuperaron también el nombre original: Odiseo.


Es curioso comprobar cómo esa historia sigue viva. En España apenas hay personas llamadas Odiseo. En cambio, según el INE, hay 2911 hombres que se llaman Ulises, con una edad media de 22,8 años. Incluso aparecen 47 Ulysses, seguramente fruto de influencias anglosajonas y aquí la media de edad baja a 17,9 años.


INE Estadística de nombres Ulises vs. Ulysses
Datos del Instituto Nacional de Estadística de Españ


Creo recordar que tuve algún alumno llamado Ulises. Hoy, sólo conozco a Ulises Fernández, músico y cantautor de Badajoz. Uli es hijo del inolvidable Enrique Fernández  Medina “Henry” y de mi amiga Marisa Sánchez Laso. Su hermana se llama Cira, otro precioso nombre griego, y también ha heredado la música. Una familia con claras resonancias helénicas.


Mientras tanto, en Grecia, según me cuentan mis “amigos griegos”, el nombre de Odiseo (bueno, Odysseús /"Ὀδυσσεύς") sigue siendo un nombre bastante habitual. Lo tienen fácil: juegan en casa.


No sé si Chrstopher Nolan conseguirá que dentro de unos años aumenten los Ulises en los registros civiles españoles. O, quién sabe, quizá algún padre se atreva por fin con Odiseo.


Al fin y al cabo, los nombres también viajan. Unos cambian de lengua, otros de forma, algunos regresan después de siglos. Como el propio héroe nunca dejan de buscar el camino de vuela.


Y ahora tengo curiosidad. ¿Cuántos Ulises conocéis vosotros? ¿Y algún Odiseo?


Pilar Otano Cabo

Badajoz (España)

Julio de 2026