Después de una semana en Puglia —la región del sur de Italia que ocupa el tacón de la bota y se extiende a lo largo del Adriático— no puedo decir que la conozca. Sería bastante atrevido. Pero sí puedo decir que ahora sé mucho más de ella… y, sobre todo, qué cosas quiero seguir entendiendo.
| Polignano a Mare |
Quizá esa sea una de las cosas que más me gustan de viajar. Antes de salir leemos, buscamos mapas, marcamos lugares, aprendemos algunos nombres y creemos —con bastante optimismo— que todo aquello nos permitirá comprender mejor lo que vamos a ver. Luego llegamos y descubrimos que la realidad tiene la incómoda costumbre de no ajustarse del todo a nuestras notas.
Paul Theroux ha defendido muchas veces el viaje solitario, la conversación con la gente y esa manera de caminar sin saber exactamente qué se busca. Le interesan especialmente las historias que no aparecen en las guías ni se encuentran con una búsqueda rápida en internet. Pero también ha advertido de algo que conviene recordar: unos cuantos días, por mucho que miremos, preguntemos y recorramos, no bastan para explicar un lugar.
Esta vez mi viaje tuvo un itinerario más pautado de lo que acostumbro. Quizá por eso me interesaron especialmente esos pequeños momentos en que algo se salía del programa: una puerta abierta, una inscripción, una conversación, un paisaje que no encajaba con la imagen que llevaba de Puglia. Fueron precisamente esas desviaciones las que acabaron despertándome más preguntas.
Por ejemplo, ¿qué ocurre realmente con esos enormes olivares que hemos visto secos, atravesando el Salento? Antes del viaje sabía algo de la Xylella, la bacteria que ha destruido millones de olivos. Pero una cosa es leerlo y otra contemplar los árboles muertos y descubrir, junto a ellos, extensiones de placas solares. Entonces la cuestión deja de ser únicamente agrícola y empieza a hablar también de paisaje, economía, energía y del futuro de una región.
Tampoco entendí del todo aquel horizonte industrial que vimos al acercarnos al golfo de Tarento. Habíamos pasado el día entre iglesias barrocas, callejuelas y fachadas de piedra clara y, de pronto, apareció otra Puglia: chimeneas, instalaciones industriales, aerogeneradores junto al mar. Una imagen bastante distinta de la región blanca y luminosa de las fotografías turísticas.
Y están los trulli de Alberobello, naturalmente. Son tan perfectos que parecen construidos para ser fotografiados. Y los fotografiamos. Nosotros y varios miles de personas más. Pero mientras caminaba entre tiendas de recuerdos me preguntaba cuánto quedaba allí de la vida que originó aquellas construcciones y cuánto pertenecía ya al escenario que los viajeros esperamos encontrar.
| Trulli en Alberobello |
A veces, sin embargo, las mejores historias aparecieron donde no las buscábamos.
Una puerta abierta en Bari nos llevó hasta un hombre de espectacular cabello blanco que hablaba rodeado de cámaras. Era Vincenzo Schettini, profesor y divulgador científico, a quien yo no conocía.
Una inscripción en una pared, un pez servido en un restaurante, una piedra utilizada en una iglesia, unas frases escritas en una puerta o una forma inesperada de colocar los cuadros en un museo bastaron para desviarnos durante un rato del itinerario previsto.
Y esas desviaciones son probablemente lo que más recuerdo.
Hace tiempo que digo que viajo leyendo y leo viajando. Los libros me han llevado a muchos lugares y los viajes me han llevado después a otros libros. Pero quizá tendría que añadir algo más: viajar también sirve para desconfiar de lo que creemos haber entendido.
No siempre volvemos sabiendo más.
A veces volvemos simplemente sabiendo mejor lo que ignoramos.
Durante los próximos días iré contando algunas de esas pequeñas historias que Puglia fue dejando por el camino: pueblos antiguos que apenas conocía, escritores inesperados, teatros reconstruidos, mosaicos medievales, olivos enfermos, ciudades excavadas bajo las ciudades y algún personaje encontrado por casualidad.
No será una guía de Puglia.
Para eso ya existen muchas y mejores.
Será, más bien, el intento de seguir algunas de las preguntas que el viaje dejó abiertas.
Porque quizá los mejores viajes no sean los que nos proporcionan más respuestas, sino los que nos enseñan a hacer mejores preguntas.
Pilar Otano Cabo
Badajoz, España
Octubre de 2026
























