martes, 8 de septiembre de 2026

Entre columnas y silencios: una lectura de Alejandro y el eunuco persa

Las palabras que me llamaron desde las piedras

Cada verano acudimos varias veces al Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida. Ver una obra en el Teatro Romano convierte cada representación en una experiencia especial. El año pasado asistimos a Alejandro y el eunuco persa, de nuestro paisano Miguel Murillo, y, como suelo hacer, quise leer después el texto. Ya se sabe que una cosa es lo que ocurre sobre el escenario —y más en un escenario como el Teatro Romano de Mérida— y otra lo que una descubre al leer con calma. No lo he hecho hasta hace unos días y estas son algunas de las impresiones que me ha dejado.


Libro Alejandro y el eunuco persa, de Miguel Murillo, junto a una imagen del Teatro Romano de Mérida.
Alejandro y el eunuco persa, de Miguel Murillo.
Del escenario del Teatro Romano de Mérida a la lectura, casi un año después
.

Ya aquella noche tuve que desprenderme un poco del Alejandro que creía conocer. La lectura del texto, casi un año después, no ha hecho sino confirmar aquella impresión.

Estamos demasiado acostumbrados a pensar en Alejandro Magno como una de esas figuras de mármol que parecen haber nacido ya convertidas en Historia: el joven rey, el estratega invencible, el hombre que llevó sus ejércitos hasta los confines del mundo conocido. Un universo de batallas, caballos, armas, ambición y, por qué no decirlo, bastante testosterona.

Frente a todo ello, Murillo pone en boca de Aristóteles una pregunta que parece atravesar los siglos:

¿Llegará un día en el que los pueblos se abracen sin necesidad de luchar para ello? ¿No son las palabras las mejores armas para unir a los pueblos?

La guerra, el mando y la victoria son terrenos que Alejandro domina. Bastante más complicado resulta enfrentarse a los afectos, las lealtades, el deseo o las propias contradicciones.


Y ahí aparece Bagoas

El eunuco persa apenas ocupa unas líneas en las fuentes antiguas y, sin embargo, ha alimentado durante siglos la imaginación de quienes se han acercado a Alejandro. Murillo lo sitúa muy cerca del poder, en ese lugar privilegiado desde el que pueden verse cosas que quizá se escapan a quienes miran desde lejos.

Tiene su aquel que alguien de quien sabemos tan poco termine resultando tan sugerente. Bagoas observa a Alejandro, lo acompaña, lo ama y también se atreve a enfrentarse a él. Desde esa proximidad aparece un Alejandro muy distinto del héroe solemne que suele llegarnos desde la Historia.

Al final, cuando todo se ha derrumbado, Bagoas se aferra a una memoria que ya no pertenece a las conquistas ni a la gloria:

No podrán borrar tus huellas sobre mi piel.


Pero Bagoas no es la única mirada

Están también Olimpia, su madre, y Aristóteles, su maestro. Me ha interesado encontrar a Alejandro visto por quienes lo conocieron antes de convertirse en Alejandro Magno. Olimpia alimentó en él la idea de ser alguien excepcional; Aristóteles le enseñó a entender el mundo desde los valores —y también los prejuicios— de la cultura griega. El discípulo, sin embargo, acaba alejándose de lo que su maestro esperaba de él:

¿Qué ha ocurrido? ¿Qué ha cegado tu mente para dejar atrás esos propósitos y convertirte en alguien capaz de asesinar a inocentes? No te reconozco, Alejandro, no te reconozco en estas noticias que me llegan. 


De algún modo, madre y maestro contribuyeron a construir al héroe, pero también al hombre que terminó atrapado en ese papel. Quizá por eso me interesa especialmente este Alejandro: porque detrás del conquistador y del mito aparece un hombre que no sabe muy bien cómo escapar del personaje que él mismo ha contribuido a crear.

También me ha gustado especialmente el lenguaje de la obra. Los personajes no hablan con la solemnidad que a veces asociamos a las grandes figuras históricas ni como si hubieran salido de un viejo manual de Historia. Hablan de una forma cercana y directa, sin que por eso dejemos de sentir que estamos en el mundo de Alejandro.

Y hay además un pequeño juego dentro de la propia obra que me ha gustado mucho: el teatro hablando del teatro. Heráclito intenta explicarle a Bagoas qué significa ser actor y le muestra las máscaras de la tragedia y la comedia. Hoy se puede ser rey, mañana esclavo; ahora hombre, después mujer. Y llega a definirlo como «el más noble arte». No deja de tener gracia que, mientras nosotros contemplamos a Alejandro convertido en personaje, los propios personajes nos recuerden que todo lo que vemos es también representación, máscara y cambio.

Mientras leía era inevitable acordarme de Mary Renault y de El muchacho persa. Pero esa asociación me llevó por otro camino: la historia editorial de la novela en España parece estar relacionada con la censura franquista. Estoy intentando averiguar qué ocurrió realmente  y qué dicen los informes de los censores. Pero esa es otra historia —bastante interesante, por cierto— que dejaré para otra ocasión.

Al leer la obra de Murillo con calma entendí mejor algunas cosas que aquella noche podían quedar ocultas por la fuerza del espectáculo. La representación permanece en la memoria —las voces, los cuerpos, las columnas, la noche de Mérida—, pero el texto permite detenerse allí donde en el escenario todo tenía que seguir avanzando.

Y algunas palabras, leídas mucho después, vuelven a llevarnos a aquella noche.

Quizá esa sea también una de las razones por las que seguimos sentándonos, dos mil años después, frente a aquellas piedras de Mérida para escuchar historias que, al final, siguen hablando de nosotros.

¡Larga vida al teatro!

Vayamos a verlo. Y no olvidemos que el teatro también se lee.


Pilar Otano Cabo

Badajoz, España

Septiembre, 2026