Y de otros veranos…
Ya está aquí agosto. El verano va que vuela y yo sigo entregada a las actividades propias de la estación. La principal consiste en no hacer casi nada. Y en ese «casi» cabe bastante: leer —mucho—, darme un chapuzón en la piscina, disfrutar de una buena siesta y dejar que las horas pasen con esa lentitud que solo el calor parece concedernos.
Bueno, también escribo un poco. Y, para qué negarlo, ando bastante enganchada a esas aplicaciones de juegos mentales y de aprendizaje de idiomas que prometen mantener en forma nuestras neuronas. Todo muy digital. Ya nos hemos acostumbrado —¿o será que nos han malacostumbrado?— a los retos breves, las respuestas instantáneas y esa sensación de que todo tiene que suceder deprisa.
No sé si esos juegos conseguirán mejorar mi memoria o mi agilidad mental. Lo que sí sé es que entretienen bastante durante las largas tardes estivales.
Pero, como suele ocurrirme, una cosa me ha llevado a otra.
Mientras resolvía uno de esos pasatiempos en la pantalla del móvil me acordé de los veranos de los años ochenta y noventa, cuando las vacaciones empezaban mucho antes de salir de casa. Había que llenar el coche de latas de conserva, enganchar el carro tienda y desplegar sobre la mesa las Guías Michelin, la Guía Campsa y toda aquella documentación que las embajadas en Madrid enviaban tan amablemente a quien la solicitaba.
| Todo esto lo tenía bien guardado |
Conservo todavía algunas de aquellas Guías Verdes Michelin. Están en francés y durante años pensé que era porque las comprábamos así, sin más. Luego descubrí que no: la mayor parte de las guías dedicadas a otros países no se tradujeron a español hasta bien entrados los años noventa. Así que preparar el viaje incluía también un pequeño ejercicio de traducción. Aquel esfuerzo formaba parte del viaje tanto como hacer la maleta. Después solo quedaba arrancar el coche y hacer kilómetros por España y por buena parte de Europa.
Guardo un recuerdo entrañable de aquellos viajes familiares. No era solo el placer de descubrir lugares nuevos; también estaba la convivencia, el tiempo compartido con los hijos, las amistades que nacían en los campings o las familias de Badajoz con las que, muchas veces, compartíamos viaje. El verano tenía entonces otro ritmo y otra manera de medir el tiempo.
Y, de pronto, me vino a la cabeza uno de aquellos pasatiempos completamente analógicos que nos mantuvo ocupados durante horas en nuestros viajes de camping.
Todo empezó al encontrar una fotografía —analógica también, naturalmente— tomada en un camping. Allí aparecemos alrededor de un enorme crucigrama desplegado sobre la mesa. Era el famoso «crucigrama más grande de España», un suplemento que publicó Muy Interesante, revista a la que llevábamos suscritos prácticamente desde que nació y que aún guardamos debidamente encuadernadas. Venía incluido como un gran desplegable de papel insertado en la revista.
| A vueltas con el "crucigrama más grande de España" en un camping no sé cuando... |
Aquello era mucho más que un crucigrama. Era una auténtica prueba de resistencia familiar. Había preguntas de cultura general —cuando todavía se llamaba así—, de ciencia, de historia, de naturaleza… En definitiva, de todo aquello que la revista acostumbraba a divulgar con tanta habilidad. Resolver una palabra llevaba a otra; una respuesta provocaba una discusión; alguien recordaba un dato, otro lo corregía y, entre todos, íbamos rellenando aquellas interminables casillas.
| Número 63 de agosto de 1986 |
He rebuscado estos días en las cajas de plástico donde guardo fotografías, mapas, papeles y toda esa colección de recuerdos que una nunca se decide a tirar. El crucigrama no ha aparecido. Quién sabe qué fue de él después de tantos kilómetros, tantos campings y tantos veranos.
Pero, aunque el papel se haya perdido, el recuerdo sigue intacto. Y quizá eso sea lo importante. Porque antes de que los móviles nos propusieran un reto diario, nosotros ya entrenábamos la memoria, la paciencia y hasta la convivencia alrededor de una mesa de camping. Sin darnos cuenta, aquellos crucigramas también formaban parte del viaje, en aquellos años en los que viajar de camping era nuestra forma de conocer el mundo.
Pilar Otano Cabo
Badajoz (España)
Agosto de 2026

























3 comentarios:
Bueno pues parece que teníamos las mismas aficiones, también tuvimos un carro tienda, viajamos por Europa con los mapas, aun conservo algunos. El crucigrama no lo tuve pero sigo haciéndolos pero en formato digital
¡Qué bueno! ¡Pues seguro qué nos hemos cruzado en algún momento y en algún lugar!
Nuestra generación descubrió lugares en camping. Esas mesas y demás utensilios.No tuve carro.
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