CUADERNO DE PUGLIA ● 6
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| El teatro Petruzzelli de Bari, inaugurado en 1903 |
Ya sabéis que me gusta llevar lecturas a los viajes. Y, si es posible, que sean escritores del lugar quienes me cuenten cositas de su tierra. Así había llegado a Bari con algunas lecciones aprendidas gracias a Gianrico Carofiglio, un escritor nacido en esta ciudad, al que había leído en Ni aquí ni en ninguna parte.
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| La novela que me llevó a este teatro |
En la novela, el protagonista y sus amigos recorren las calles de Bari durante la noche y, en un momento determinado, se detienen delante del Teatro Petruzzelli. Son las tres de la madrugada y la conversación que mantienen no es precisamente agradable. Pero Carofiglio aprovecha aquella parada para contarnos la historia del teatro, desde su inauguración en 1903 hasta el terrible incendio que lo destruyó en 1991.
Así que yo ya sabía que el Petruzzelli era un bombón. Gianrico me había enseñado Bari antes de ir a Bari y, naturalmente, aquella visita era obligatoria.
Nuestra primera intención había sido asistir a alguno de los conciertos de música clásica programados durante nuestra estancia. Pero el plan fracasó y tuvimos que conformarnos con un plan B que resultó muy interesante: una visita guiada con un pequeño grupo de turistas que, como nosotros, teníamos auténtica curiosidad por conocer el teatro.
No recuerdo el nombre de la persona que nos acompañó, pero sí bastantes detalles de lo que nos contó.

La sala del Petruzzelli, con sus palcos.
El Petruzzelli fue inaugurado en 1903, cuando Bari aspiraba a convertirse en una ciudad moderna y próspera. Y desde luego no escatimaron en su construcción. La sala es espectacular, con sus terciopelos rojos, los dorados, varios pisos de palcos y una enorme cúpula.
Una de las curiosidades que nos contó el guía fue que el Petruzzelli no tiene un palco real —me acordé en ese momento de nuestro Teatro Real de Madrid—. Pero lo que más me divirtió fue la historia de los espejos colocados en los pequeños palcos.
Los espejos de los palcos. Una curiosidad que nos explicó el guía.
Por lo visto, permitían observar discretamente lo que ocurría en otros palcos y, entre otras cosas, comprobar cuándo aplaudían los espectadores más importantes para hacer lo mismo. Porque a los teatros se iba a escuchar música, desde luego, pero también a ver y dejarse ver. Y parece que convenía estar atento a lo que hacían los demás. ¡No fuera a ser que uno aplaudiera cuando no debía!
El guía nos contó también la historia del incendio que, en la noche del 26 al 27 de octubre de 1991, destruyó buena parte del teatro.
Y aquí vuelvo a encontrarme con Carofiglio.
Aquella noche se había representado Norma, de Bellini, una ópera que termina precisamente con sus protagonistas en una hoguera. Unas horas después, el fuego de verdad devoraba el Petruzzelli. Una coincidencia terrible que Carofiglio relata en su novela y que yo recordaba perfectamente.

La cúpula del teatro, reconstruida después del incendio de 1991.
El incendio fue provocado y sus causas y responsabilidades dieron lugar a una larga historia de investigaciones y procesos judiciales. El teatro tardó dieciocho años en volver a abrir sus puertas, después de una complicada reconstrucción.
Terminamos la visita en el foyer, con su curioso techo decorado y las figuras de varios compositores vinculados a Puglia.

El foyer del Petruzzelli, con sus galería y su curioso pavimento geométrico.
Al final no conseguimos escuchar el concierto que tanto nos apetecía, pero conocimos el Petruzzelli por dentro, nos contaron unas cuantas historias y yo pude comprobar que Gianrico Carofiglio no me había engañado.
Petruzzelli era un bombón.
Pilar Otano Cabo
Badajoz, España
Octubre de 2026



























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