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jueves, 29 de octubre de 2026

El Teatro Petruzzelli de Bari

CUADERNO DE PUGLIA ● 6


Teatro Petruzzelli de Bari en Puglia, Italia
El teatro Petruzzelli de Bari, inaugurado en 1903


Hemos estirado de lo lindo los días que pasamos en Bari. Cualquier hueco entre las visitas programadas lo llenábamos con alguna de las mil cosas que cualquier ciudad nos regala.

Ya sabéis que me  gusta llevar lecturas a los viajes. Y, si es posible, que sean escritores del lugar quienes me cuenten cositas de su tierra. Así había llegado a Bari con algunas lecciones aprendidas gracias a Gianrico Carofiglio, un escritor nacido en esta ciudad, al que había leído en Ni aquí ni en ninguna parte.


Ni aqui ni en ninguna parte, Gianrico Carofiglio
La novela que me llevó a este teatro

En la novela, el protagonista y sus amigos recorren las calles de Bari durante la noche y, en un momento determinado, se detienen delante del Teatro Petruzzelli. Son las tres de la madrugada y la conversación que mantienen no es precisamente agradable. Pero Carofiglio aprovecha aquella parada para contarnos la historia del teatro, desde su inauguración en 1903 hasta el terrible incendio que lo destruyó en 1991.

Así que yo ya sabía que el Petruzzelli era un bombón. Gianrico me había enseñado Bari antes de ir a Bari y, naturalmente, aquella visita era obligatoria.

Nuestra primera intención había sido asistir a alguno de los conciertos de música clásica programados durante nuestra estancia. Pero el plan fracasó y tuvimos que conformarnos con un plan B que resultó muy interesante: una visita guiada con un pequeño grupo de turistas que, como nosotros, teníamos auténtica curiosidad por conocer el teatro.

No recuerdo el nombre de la persona que nos acompañó, pero sí bastantes detalles de lo que nos contó.


Escenario Teatro Petruzzelli de Bari, en Italia
La sala del Petruzzelli, con sus palcos.

El Petruzzelli fue inaugurado en 1903, cuando Bari aspiraba a convertirse en una ciudad moderna y próspera. Y desde luego no escatimaron en su construcción. La sala es espectacular, con sus terciopelos rojos, los dorados, varios pisos de palcos y una enorme cúpula.

Una de las curiosidades que nos contó el guía fue que el Petruzzelli no tiene un palco real —me acordé en ese momento de nuestro Teatro Real de Madrid—. Pero lo que más me divirtió fue la historia de los espejos colocados en los pequeños palcos.


Palcos con espejos en el Teatro Petruzzelli de Bari
Los espejos de los palcos. Una curiosidad que nos explicó el guía.

Por lo visto, permitían observar discretamente lo que ocurría en otros palcos y, entre otras cosas, comprobar cuándo aplaudían los espectadores más importantes para hacer lo mismo. Porque a los teatros se iba a escuchar música, desde luego, pero también a ver y dejarse ver. Y parece que convenía estar atento a lo que hacían los demás. ¡No fuera a ser que uno aplaudiera cuando no debía!

El guía nos contó también la historia del incendio que, en la noche del 26 al 27 de octubre de 1991, destruyó buena parte del teatro.

Y aquí vuelvo a encontrarme con Carofiglio.

Aquella noche se había representado Norma, de Bellini, una ópera que termina precisamente con sus protagonistas en una hoguera. Unas horas después, el fuego de verdad devoraba el Petruzzelli. Una coincidencia terrible que Carofiglio relata en su novela y que yo recordaba perfectamente.

Cúpula del Teatro Petruzzelli de Bari, en Italia
La cúpula del teatro, reconstruida después del incendio de 1991.

El incendio fue provocado y sus causas y responsabilidades dieron lugar a una larga historia de investigaciones y procesos judiciales. El teatro tardó dieciocho años en volver a abrir sus puertas, después de una complicada reconstrucción.

Terminamos la visita en el foyer, con su curioso techo decorado y las figuras de varios compositores vinculados a Puglia.


Foyer del Teatro Petruzzelli de Bari, en Italia
El foyer del Petruzzelli, con sus galería y su curioso pavimento geométrico.

Al final no conseguimos escuchar el concierto que tanto nos apetecía, pero conocimos el Petruzzelli por dentro, nos contaron unas cuantas historias y yo pude comprobar que Gianrico Carofiglio no me había engañado.

Petruzzelli era un bombón.


Pilar Otano Cabo

Badajoz, España

Octubre de 2026


martes, 20 de octubre de 2026

Gallipoli: una historia de aceite lampante

CUADERNO DE PUGLIA ● 5

Vista de la playa de la Purità, en Gallipoli, con bañistas, el Mar Jónico y las murallas del casco antiguo.
La Gallipoli luminosa que encontramos al llegar:
mar, playa y fachadas frente al Jónico.

Al llegar a Gallipoli vimos una ciudad luminosa con iglesias barrocas, fachadas claras y callejuelas que desembocan en el mar. Los bañistas me dieron envidia en la playa y las calles estaban a rebosar de tienditas de recuerdos para llevar Gallipoli a casa—eso no me dio ninguna—. Los turistas recorríamos aquel escenario de postal, sin sospechar que bajo nuestros pies se escondía otra ciudad, mucho menos luminosa, pero imprescindible para comprender la que teníamos delante.


Catedral de Gallipoli. Concatedral Basílica de Santa Ágata Virgen
Barroco de Gallipoli, una de las caras
más visibles de la prosperidad de la ciudad.

La visita a uno de los frantoi ipogei —unos molinos de aceite subterráneos característicos del Salento— nos cambió la mirada. Bajo las casas y las calles había otra Gallipoli: oscura y húmeda.

En aquellas salas excavadas en la roca se molían las aceitunas con grandes muelas de piedra y se prensaba la pasta obtenida. Luego, el líquido reposaba en depósitos para que el aceite se separara del agua de vegetación. Las tinajas que aún vemos nos ayudan a imaginar el almacenamiento, y las prensas nos recuerdan que aquella producción exigía tiempo y trabajo. Estos molinos, algunos de origen medieval, conocieron su mayor desarrollo entre los siglos XVI y XVIII y fueron perdiendo protagonismo a lo largo del XIX, aunque algunos continuaron funcionando hasta bien entrado el siglo XX.


Antiguas prensas de tornillo utilizadas para extraer aceite de oliva en un molino subterráneo de Gallipoli.
Las prensas de uno de los frantoi ipogei de Gallipoli,
testigos de siglos de producción de aceite.


A nosotros, que venimos de tierra de olivos, todo aquello nos resultaba curiosamente familiar. Las grandes piedras de moler, las prensas o los depósitos podrían encontrarse, con sus variantes, en muchas antiguas almazaras de nuestros pueblos extremeños. Sin ir más lejos, en el Museo Etnográfico de Olivenza, muy cerca de Badajoz, se conserva una almazara en la que las aceitunas pasaban por un proceso prácticamente idéntico: molienda sobre piedra, prensado de la pasta colocada en capachos y almacenamiento del aceite. Y hay otra coincidencia curiosa: también por aquí los aceites de peor calidad se destinaban al alumbrado y a la fabricación de jabón. ¡Resulta que Gallipoli y Olivenza tenían bastante más en común de lo que yo imaginaba!


Visitante junto a una gran muela de piedra en el interior de una antigua almazara subterránea de Gallipoli
Una maquinaria que nos resultó familiar:
las antiguas almazaras extremeñas no eran tan diferentes

La singularidad de Gallipoli estaba en otra parte. 

¿Por qué construir las almazaras bajo tierra? La explicación era bastante práctica: la temperatura se mantenía relativamente constante, incluso durante el invierno, lo que favorecía el proceso de elaboración del aceite. Y allí, bajo las calles y los palacios, se desarrolló una actividad que llegó a tener una enorme importancia comercial.

Eso sí, lo que para la producción resultaba una ventaja, no debía de serlo tanto para quienes trabajaban allí. Durante la temporada de molienda, hombres y animales pasaban largas jornadas en aquellos espacios excavados en la roca, entre muelas, prensas y depósitos. No es difícil imaginar las condiciones de trabajo, la humedad, los olores o la escasa luz. Y más aún cuando sabemos que, sobre sus cabezas, se alzaban los palacios y las iglesias de una ciudad enriquecida por aquel comercio.

Volviendo al aceite, que me disperso. Solo una parte muy pequeña  acababa en la mesa. Casi todo era aceite lampante, llamado así por su utilización como combustible para lámparas. También se empleaba en actividades industriales, como la fabricación de jabón y algunos procesos textiles. Antes de que el gas, el queroseno y finalmente la electricidad transformaran el alumbrado, el aceite de oliva tuvo una importancia que hoy no es fácil imaginar—bueno, sí, por las pelis y las novelas.

Así que desde el puerto de Gallipoli, el aceite del Salento viajaba hacia distintos mercados europeos. Los barcos salían cargados de barriles con un producto para alimentar las lámparas de ciudades tan lejanas como Londres o París. Resulta fascinante imaginar que, mientras unos hombres trabajaban bajo tierra, el fruto de su esfuerzo contribuía a iluminar las noches de quienes vivían a cientos o miles de kilómetros.


Placas con escudos de antiguas representaciones viceconsulares de Rusia, Países Bajos y Suecia y Noruega, expuestas en Gallipoli.
Los escudos viceconsulares recuerdan las relaciones comerciales
que Gallipoli mantuvo con distintos países europeos gracias al aceite.

En el molino encontramos también unos escudos que me llamaron la atención. Eran los de las representaciones viceconsulares de Rusia, los Países Bajos, Suecia y Noruega. ¿Qué pintaban allí aquellos países tan lejanos? Pues resulta que el comercio del aceite había adquirido tal importancia que Gallipoli llegó a contar con una docena de viceconsulados extranjeros. ¡Quién iba a imaginar semejante actividad internacional bajo la apariencia de aquella tranquila ciudad junto al mar!

Y fue entonces cuando vi la ciudad brillante de arriba de otra manera. Las iglesias y los palacios no estaban separados de aquel mundo productivo: el comercio del aceite contribuyó a la prosperidad de Gallipoli y dejó su huella en el paisaje urbano. Eso sí, al ver tanta riqueza, te ronda la cabeza la duda de cuánta de la riqueza producida en esos lugares oscuros llegaba a manos de sus trabajadores.

Interior de un molino de aceite subterráneo de Gallipoli, con un visitante, antiguas prensas, tinajas y depósitos excavados en el suelo.
Bajo las calles de Gallipoli se conserva la memoria de una actividad
que durante siglos sostuvo buena parte de su comercio.

Con la llegada de nuevos combustibles y sistemas de alumbrado, aquel comercio fue perdiendo su importancia. Los molinos acabaron cerrando y algunos de ellos se han conservado como testimonio de una actividad que durante siglos marcó la vida de la ciudad. Y para que los visitantes conozcamos esa otra Gallipoli.


Castillo de Gallipoli junto al puerto, con sus torres de piedra reflejadas en las aguas tranquilas.
El puerto de Gallipoli, desde donde partían
los cargamentos de aceite hacia los mercados europeos.


Hoy paseamos entre tiendas para turistas y buscamos un recuerdo que quepa en la maleta. Pero basta descender unos escalones para descubrir que, bajo aquella Gallipoli de fachadas luminosas y calles animadas, permanece la memoria de otra ciudad.

Pilar Otano Cabo

Badajoz, España

Octubre de 2026