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martes, 20 de octubre de 2026

Gallipoli: una historia de aceite lampante

CUADERNO DE PUGLIA ● 5

Vista de la playa de la Purità, en Gallipoli, con bañistas, el Mar Jónico y las murallas del casco antiguo.
La Gallipoli luminosa que encontramos al llegar:
mar, playa y fachadas frente al Jónico.

Al llegar a Gallipoli vimos una ciudad luminosa con iglesias barrocas, fachadas claras y callejuelas que desembocan en el mar. Los bañistas me dieron envidia en la playa y las calles estaban a rebosar de tienditas de recuerdos para llevar Gallipoli a casa—eso no me dio ninguna—. Los turistas recorríamos aquel escenario de postal, sin sospechar que bajo nuestros pies se escondía otra ciudad, mucho menos luminosa, pero imprescindible para comprender la que teníamos delante.


Catedral de Gallipoli. Concatedral Basílica de Santa Ágata Virgen
Barroco de Gallipoli, una de las caras
más visibles de la prosperidad de la ciudad.

La visita a uno de los frantoi ipogei —unos molinos de aceite subterráneos característicos del Salento— nos cambió la mirada. Bajo las casas y las calles había otra Gallipoli: oscura y húmeda.

En aquellas salas excavadas en la roca se molían las aceitunas con grandes muelas de piedra y se prensaba la pasta obtenida. Luego, el líquido reposaba en depósitos para que el aceite se separara del agua de vegetación. Las tinajas que aún vemos nos ayudan a imaginar el almacenamiento, y las prensas nos recuerdan que aquella producción exigía tiempo y trabajo. Estos molinos, algunos de origen medieval, conocieron su mayor desarrollo entre los siglos XVI y XVIII y fueron perdiendo protagonismo a lo largo del XIX, aunque algunos continuaron funcionando hasta bien entrado el siglo XX.


Antiguas prensas de tornillo utilizadas para extraer aceite de oliva en un molino subterráneo de Gallipoli.
Las prensas de uno de los frantoi ipogei de Gallipoli,
testigos de siglos de producción de aceite.


A nosotros, que venimos de tierra de olivos, todo aquello nos resultaba curiosamente familiar. Las grandes piedras de moler, las prensas o los depósitos podrían encontrarse, con sus variantes, en muchas antiguas almazaras de nuestros pueblos extremeños. Sin ir más lejos, en el Museo Etnográfico de Olivenza, muy cerca de Badajoz, se conserva una almazara en la que las aceitunas pasaban por un proceso prácticamente idéntico: molienda sobre piedra, prensado de la pasta colocada en capachos y almacenamiento del aceite. Y hay otra coincidencia curiosa: también por aquí los aceites de peor calidad se destinaban al alumbrado y a la fabricación de jabón. ¡Resulta que Gallipoli y Olivenza tenían bastante más en común de lo que yo imaginaba!


Visitante junto a una gran muela de piedra en el interior de una antigua almazara subterránea de Gallipoli
Una maquinaria que nos resultó familiar:
las antiguas almazaras extremeñas no eran tan diferentes

La singularidad de Gallipoli estaba en otra parte. 

¿Por qué construir las almazaras bajo tierra? La explicación era bastante práctica: la temperatura se mantenía relativamente constante, incluso durante el invierno, lo que favorecía el proceso de elaboración del aceite. Y allí, bajo las calles y los palacios, se desarrolló una actividad que llegó a tener una enorme importancia comercial.

Eso sí, lo que para la producción resultaba una ventaja, no debía de serlo tanto para quienes trabajaban allí. Durante la temporada de molienda, hombres y animales pasaban largas jornadas en aquellos espacios excavados en la roca, entre muelas, prensas y depósitos. No es difícil imaginar las condiciones de trabajo, la humedad, los olores o la escasa luz. Y más aún cuando sabemos que, sobre sus cabezas, se alzaban los palacios y las iglesias de una ciudad enriquecida por aquel comercio.

Volviendo al aceite, que me disperso. Solo una parte muy pequeña  acababa en la mesa. Casi todo era aceite lampante, llamado así por su utilización como combustible para lámparas. También se empleaba en actividades industriales, como la fabricación de jabón y algunos procesos textiles. Antes de que el gas, el queroseno y finalmente la electricidad transformaran el alumbrado, el aceite de oliva tuvo una importancia que hoy no es fácil imaginar—bueno, sí, por las pelis y las novelas.

Así que desde el puerto de Gallipoli, el aceite del Salento viajaba hacia distintos mercados europeos. Los barcos salían cargados de barriles con un producto para alimentar las lámparas de ciudades tan lejanas como Londres o París. Resulta fascinante imaginar que, mientras unos hombres trabajaban bajo tierra, el fruto de su esfuerzo contribuía a iluminar las noches de quienes vivían a cientos o miles de kilómetros.


Placas con escudos de antiguas representaciones viceconsulares de Rusia, Países Bajos y Suecia y Noruega, expuestas en Gallipoli.
Los escudos viceconsulares recuerdan las relaciones comerciales
que Gallipoli mantuvo con distintos países europeos gracias al aceite.

En el molino encontramos también unos escudos que me llamaron la atención. Eran los de las representaciones viceconsulares de Rusia, los Países Bajos, Suecia y Noruega. ¿Qué pintaban allí aquellos países tan lejanos? Pues resulta que el comercio del aceite había adquirido tal importancia que Gallipoli llegó a contar con una docena de viceconsulados extranjeros. ¡Quién iba a imaginar semejante actividad internacional bajo la apariencia de aquella tranquila ciudad junto al mar!

Y fue entonces cuando vi la ciudad brillante de arriba de otra manera. Las iglesias y los palacios no estaban separados de aquel mundo productivo: el comercio del aceite contribuyó a la prosperidad de Gallipoli y dejó su huella en el paisaje urbano. Eso sí, al ver tanta riqueza, te ronda la cabeza la duda de cuánta de la riqueza producida en esos lugares oscuros llegaba a manos de sus trabajadores.

Interior de un molino de aceite subterráneo de Gallipoli, con un visitante, antiguas prensas, tinajas y depósitos excavados en el suelo.
Bajo las calles de Gallipoli se conserva la memoria de una actividad
que durante siglos sostuvo buena parte de su comercio.

Con la llegada de nuevos combustibles y sistemas de alumbrado, aquel comercio fue perdiendo su importancia. Los molinos acabaron cerrando y algunos de ellos se han conservado como testimonio de una actividad que durante siglos marcó la vida de la ciudad. Y para que los visitantes conozcamos esa otra Gallipoli.


Castillo de Gallipoli junto al puerto, con sus torres de piedra reflejadas en las aguas tranquilas.
El puerto de Gallipoli, desde donde partían
los cargamentos de aceite hacia los mercados europeos.


Hoy paseamos entre tiendas para turistas y buscamos un recuerdo que quepa en la maleta. Pero basta descender unos escalones para descubrir que, bajo aquella Gallipoli de fachadas luminosas y calles animadas, permanece la memoria de otra ciudad.

Pilar Otano Cabo

Badajoz, España

Octubre de 2026





miércoles, 14 de octubre de 2026

Olivos, Xylella y un café con Helen Mirren


CUADERNO DE PUGLIA ● 4

Yo ya llevaba la Xylella en la cabeza. Sabía que había causado una grave crisis en los olivares de Apulia, especialmente en el Salento, y desde la ventanilla del autobús iba buscando señales de aquel paisaje herido. Pero el autobús no se detenía cada vez que mi cámara lo necesitaba —¿o era yo la que siempre llegaba tarde?—. Aun así, alcancé a ver olivares muy distintos entre sí: en algunas parcelas los árboles conservaban el verde; en otras, las ramas desnudas se mezclaban con montones de restos de poda y la tierra clara. Los muros de piedra seguían dibujando los límites de los campos y, de vez en cuando, aparecían casas rurales entre los árboles.


El paisaje que vimos desde el autobús: olivos
El paisaje que vimos desde el autobús:
 olivos de aspecto muy distinto, aunque no podíamos saber qué le ocurría a cada árbol.


No podíamos saber qué le había ocurrido a cada olivo. Una fotografía tomada al paso no permite distinguir un árbol enfermo de otro podado o afectado por otras circunstancias. Pero aquel paisaje desigual nos llevó a pensar en esa Xylella fastidiosa, la bacteria que ha causado una grave crisis en los olivares de Apulia y, especialmente, en el Salento. 

Mientras mirábamos los campos, aparecían también extensiones de placas solares. El sol, que durante siglos ha madurado las aceitunas, se ha convertido ahora en fuente de electricidad. No pude saber si aquellas instalaciones ocupaban antiguos olivares afectados ni la historia detrás de  cada parcela; sería atrevido por mi parte afirmarlo. Lo que sí vimos fue un territorio donde conviven —a veces muy cerca— la agricultura tradicional y esas nuevas formas de aprovechar la energía.

Enseguida me vino a la cabeza nuestras encinas extremeñas y la seca. Sé que no es la misma enfermedad: en el Salento hablamos de una bacteria que afecta a los olivos; en nuestras dehesas, la seca es un problema complicado que afecta a encinas y alcornoques, con la fitóftora como uno de sus culpables. Pero las imágenes de árboles debilitados acercaban aquel paisaje a casa. 

Y, ya puestos a imaginar, habría estado bien que Helen Mirren nos hubiera invitado a hablarlo en su masseria de Tiggiano, con un café leccese y un pasticciotto delante. Seguramente, entre el café y el dulce, nos habría contado cómo trabaja Save the Olives, la organización con la que apoya la investigación y la recuperación de los olivos monumentales. Entre sus proyectos está un campo experimental en Ugento dedicado a estudiar nuevas variedades resistentes a la Xylella. 

Aquí lo cuenta en Instagram. Me conformo con eso. El café y los pasteles corrieron por nuestra cuenta. 


La preocupación por los olivares salentinos también ha llegado a los medios españoles. En mayo de 2026, El País contó la implicación de Helen Mirren en Save the Olives, una iniciativa que apoya la investigación y la recuperación de los olivos afectados por la Xylella. 


Leer la noticia en El País.


Al final, nuestras fotos no muestran la bacteria ni prueban que aquellos árboles estuvieran enfermos. Muestran algo más simple y más cercano: el paisaje que vimos desde el autobús y la pregunta que nos acompañó después. ¿Cómo se recupera un territorio cuando sus árboles forman parte de su identidad? Seguiremos al tanto…


Pilar Otano Cabo

Badajoz, España

Octubre de 2026








lunes, 5 de octubre de 2026

Lo que todavía no entiendo de Puglia


 CUADERNO DE PUGLIA 
● 1

Después de una semana en Puglia —la región del sur de Italia que ocupa el tacón de la bota y se extiende a lo largo del Adriático— no puedo decir que la conozca. Sería bastante atrevido. Pero sí puedo decir que ahora sé mucho más de ella… y, sobre todo, qué cosas quiero seguir entendiendo.


Polignano a Mare
Polignano a Mare

Quizá esa sea una de las cosas que más me gustan de viajar. Antes de salir leemos, buscamos mapas, marcamos lugares, aprendemos algunos nombres y creemos —con bastante optimismo— que todo aquello nos permitirá comprender mejor lo que vamos a ver. Luego llegamos y descubrimos que la realidad tiene la incómoda costumbre de no ajustarse del todo a nuestras notas.

Paul Theroux ha defendido muchas veces el viaje solitario, la conversación con la gente y esa manera de caminar sin saber exactamente qué se busca. Le interesan especialmente las historias que no aparecen en las guías ni se encuentran con una búsqueda rápida en internet. Pero también ha advertido de algo que conviene recordar: unos cuantos días, por mucho que miremos, preguntemos y recorramos, no bastan para explicar un lugar.

Esta vez mi viaje tuvo un itinerario más pautado de lo que acostumbro. Quizá por eso me interesaron especialmente esos pequeños momentos en que algo se salía del programa: una puerta abierta, una inscripción, una conversación, un paisaje que no encajaba con la imagen que llevaba de Puglia. Fueron precisamente esas desviaciones las que acabaron despertándome más preguntas.


Por ejemplo, ¿qué ocurre realmente con esos enormes olivares que hemos visto secos, atravesando el Salento? Antes del viaje sabía algo de la Xylella, la bacteria que ha destruido millones de olivos. Pero una cosa es leerlo y otra contemplar los árboles muertos y descubrir, junto a ellos, extensiones de placas solares. Entonces la cuestión deja de ser únicamente agrícola y empieza a hablar también de paisaje, economía, energía y del futuro de una región.

Tampoco entendí del todo aquel horizonte industrial que vimos al acercarnos al golfo de Tarento. Habíamos pasado el día entre iglesias barrocas, callejuelas y fachadas de piedra clara y, de pronto, apareció otra Puglia: chimeneas, instalaciones industriales, aerogeneradores junto al mar. Una imagen bastante distinta de la región blanca y luminosa de las fotografías turísticas.

Y están los trulli de Alberobello, naturalmente. Son tan perfectos que parecen construidos para ser fotografiados. Y los fotografiamos. Nosotros y varios miles de personas más. Pero mientras caminaba entre tiendas de recuerdos me preguntaba cuánto quedaba allí de la vida que originó aquellas construcciones y cuánto pertenecía ya al escenario que los viajeros esperamos encontrar.


Trulli en Albrobello
Trulli en Alberobello

A veces, sin embargo, las mejores historias aparecieron donde no las buscábamos.

Una puerta abierta en Bari nos llevó hasta un hombre de espectacular cabello blanco que hablaba rodeado de cámaras. Era Vincenzo Schettini, profesor y divulgador científico, a quien yo no conocía.

Una inscripción en una pared, un pez servido en un restaurante, una piedra utilizada en una iglesia, unas frases escritas en una puerta o una forma inesperada de colocar los cuadros en un museo bastaron para desviarnos durante un rato del itinerario previsto.

Y esas desviaciones son probablemente lo que más recuerdo.

Hace tiempo que digo que viajo leyendo y leo viajando. Los libros me han llevado a muchos lugares y los viajes me han llevado después a otros libros. Pero quizá tendría que añadir algo más: viajar también sirve para desconfiar de lo que creemos haber entendido.

No siempre volvemos sabiendo más.

A veces volvemos simplemente sabiendo mejor lo que ignoramos.

Durante los próximos días iré contando algunas de esas pequeñas historias que Puglia fue dejando por el camino: pueblos antiguos que apenas conocía, escritores inesperados, teatros reconstruidos, mosaicos medievales, olivos enfermos, ciudades excavadas bajo las ciudades y algún personaje encontrado por casualidad.

No será una guía de Puglia.

Para eso ya existen muchas y mejores.

Será, más bien, el intento de seguir algunas de las preguntas que el viaje dejó abiertas.

Porque quizá los mejores viajes no sean los que nos proporcionan más respuestas, sino los que nos enseñan a hacer mejores preguntas.


Pilar Otano Cabo

Badajoz, España

Octubre de 2026