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miércoles, 7 de octubre de 2026

Bari: una conversación entre Apulia y Grecia


CUADERNO DE PUGLIA ● 2 

Era el último día del viaje y no queríamos perdernos por nada del mundo el Museo Arqueológico de Bari. Nos quedaba un último cartucho de tiempo y lo gastamos allí. Fue un disparo certero: las salas nos ayudaron a comprender un poco mejor esa Apulia que durante el viaje habíamos ido intuyendo en las ciudades, los paisajes, las piedras.

Museo arqueológico Santa Scolastica en Bari Italia


Antes de Grecia ya estaba Apulia

La historia empieza mucho antes de los gr¡egos. Entre el Adriático y el Jónico, Apulia fue desde muy pronto una tierra de paso y encuentro. En ella vivieron distintos pueblos, a los que se suele agrupar bajo el nombre de yapigios: daunios, al norte, peucetios en el centro y mesapios al sur. No eran pueblos primitivos a la espera de alguien les enseñara a vivir, sino comunidades con sus propias formas de organizarse, comerciar, fabricar objetos y enterrar a sus muertos. El contacto con otros pueblos —entre ellos los griegos— fue transformando ese mundo, pero no lo borró.

Eso es precisamente lo que más me interesó de las vitrinas: no cuentan una historia sencilla de unos que llegan y otros que desaparecen. En ellas conviven cerámicas locales, con sus dibujos geométricos, y piezas importadas o inspiradas en los talleres griegos. Algunas recuerdan que el intercambio no consistía solo en comprar y vender: también viajaban las imágenes, las costumbres, las ideas.

Cerámica daunia con decoración geométrica en Museo Arqueológico Santa Scolastica de Bari en Italia
Cerámica daunia con decoración geométrica
 Museo Santa Scolastica de Bari


Cuando beber era una ceremonia

Nos detuvimos ante unos recipientes que parecían cuernos rematados en  cabezas de animales. Eran rhyta, vasos utilizados para beber o servir vino,  especialmente en banquetes y también en determinados contextos rituales. Su forma no era simple adorno: convertía el acto de beber en algo mucho más teatral.

Aquellos animales de cerámica me hicieron pensar que, alrededor de una mesa, no solo circulaba el vino. También se exhibían riqueza, gusto y pertenencia a un determinado mundo cultural. 


Los que no están en las vitrinas

Y, mientras miraba aquellos objetos tan elaborados, pensé también en quienes no aparecen en las vitrinas. Porque muchos de esos banquetes, armas, cerámicas importadas y ajuares ricos pertenecieron seguramente a una parte privilegiada de la sociedad. De quienes tuvieron poco —campesinos, trabajadores, mujeres y hombres cuya vida no dejó objetos valiosos ni tumbas espectaculares— es mucho más difícil encontrar huellas. También eso condiciona nuestra manera de mirar el pasado: los museos conservan lo que ha sobrevivido, y no siempre sobrevive la vida de todos por igual.

 

Rhyta con forma de animales. Museo Arqueológico Santa Scolastica de Bari en Italia
Rhyta zoomorfos

También se reían en la Antigüedad

Luego vimos varios vasos decorados con escenas cómicas. En uno de ellos, dos sátiros parecían enzarzados en una pelea; en otros aparecían personajes alrededor de una mesa o animales persiguiéndose. No todo era solemnidad, dioses, guerreros y ceremonias. También había espacio para la burla, la exageración y las situaciones ridículas.

Me gustó encontrar ese humor en medio de las vitrinas. A veces miramos la Antigüedad como un mundo demasiado serio, casi inmóvil, pero aquellas imágenes recordaban algo mucho más sencillo: también entonces la gente se divertía viendo a otros hacer el ridículo. Algunas cosas, por lo visto, han cambiado bastante menos de lo que pensamos.

Vaso decorado con escena cómica. Museo Santa Scolastica. Bari
                                                               Sátiros peleando.
                                    Humor pintado en una vasija

Apolo, un dios detenido

Una de las piezas que más me impresionó fue el pequeño bronce de Apolo, fechado en el siglo V a.e.c., que parece conservar intacto el instante anterior al movimiento. Hay en él fuerza, pero también contención: no la violencia de un guerrero, sino la energía luminosa un dios que está a punto de avanzar. Hallado en Puglia, esta figurita recuerda la vitalidad de la Magna Grecia y la circulación de los mitos griegos por Italia. 

Estatuilla de Apolo en bronce
Único original antiguo de este tipo hallado en Puglia 


El Mediterráneo cabe en un casco

Otro objeto que nos llamó la atención fue este casco de bronce de tipo corintio. Basta mirarlo para pensar inmediatamente en Grecia. Y, sin embargo, estaba aquí, en territorio de los peucetios.

Quizá por eso me pareció una de esas piezas capaces de explicar por sí solas una parte del museo: los pueblos de la antigua Apulia no vivían encerrados en un mundo propio. El Adriático les ponía en contacto con otras orillas y, a través del comercio y de los intercambios, llegaban objetos, formas y modelos del mundo griego. Después los peucetios los incorporaban a su propia cultura. Más que una frontera entre dos mundos, aquel casco parecía hablar de un Mediterráneo hecho de contactos, préstamos y mezclas.


Casco de tipo corintio procedente de Bitonto, siglo VI a. C. Un objeto griego en territorio peucetio.
Casco de tipo corintio procedente de Bitonto, siglo VI a. C.
Un objeto griego en territorio peucetio.

                                                                                                                                                                            Música entre vitrinas

Y todavía nos aguardaba otra sorpresa. En una sala, un grupo de músicos preparaba sus instrumentos para un concierto. El clavicémbalo esperaba en medio de la sala y, de vez en cuando, la trompeta se adelantaba al programa: su ensayo nos acompañó mientras mirábamos las vitrinas. El museo hablaba del pasado con sus objetos y, al mismo tiempo, volvía a llenarse de vida con la música.


Música en el Museo Arqueológico Santa Scolastica de Bari en Italia
La música se instaló por unas horas entre las vitrinas del museo.

La arqueología entre bastidores

Pero hubo otra zona que me sorprendió de una manera distinta. En el suelo, varias cajas de plástico —unas amarillas, otras rojas— guardaban piezas arqueológicas envueltas con cuidado, algunas con sus etiquetas bien visibles. No tenían la solemnidad de las vitrinas: parecían mostrarnos un instante del trabajo que suele quedar fuera de la mirada del visitante, cuando los objetos se protegen, se identifican y se preparan para ser estudiados o trasladados. Por encima, unos perfiles dibujados con líneas de luz recorrían la sala. La escena tenía algo de almacén, de taller y de instalación artística a la vez. Me pareció una manera muy sugerente de recordar que un museo no empieza cuando vemos una pieza expuesta: detrás hay muchas manos, decisiones y cuidados.


Piezas arqueológicas protegidas y clasificadas: el trabajo del museo antes de llegar a la vitrina.
Piezas arqueológicas protegidas y clasificadas:
el trabajo del museo antes de llegar a la vitrina.


A salir, Apulia ya no era solo el paisaje de los últimos días. En las vitrinas habíamos encontrado algunas de sus raíces; en las cajas, el trabajo paciente que las rescata; en la música, la vida que sigue llenando esos espacios. Aquel último cartucho de tiempo nos había servido para mirar de otra manera todo lo que habíamos visto. Y la trompeta, sin saberlo, puso el punto final al viaje.


Pilar Otano Cabo

Badajoz, España

Octubre de 2026



lunes, 5 de octubre de 2026

Lo que todavía no entiendo de Puglia


 CUADERNO DE PUGLIA 
● 1

Después de una semana en Puglia —la región del sur de Italia que ocupa el tacón de la bota y se extiende a lo largo del Adriático— no puedo decir que la conozca. Sería bastante atrevido. Pero sí puedo decir que ahora sé mucho más de ella… y, sobre todo, qué cosas quiero seguir entendiendo.


Polignano a Mare
Polignano a Mare

Quizá esa sea una de las cosas que más me gustan de viajar. Antes de salir leemos, buscamos mapas, marcamos lugares, aprendemos algunos nombres y creemos —con bastante optimismo— que todo aquello nos permitirá comprender mejor lo que vamos a ver. Luego llegamos y descubrimos que la realidad tiene la incómoda costumbre de no ajustarse del todo a nuestras notas.

Paul Theroux ha defendido muchas veces el viaje solitario, la conversación con la gente y esa manera de caminar sin saber exactamente qué se busca. Le interesan especialmente las historias que no aparecen en las guías ni se encuentran con una búsqueda rápida en internet. Pero también ha advertido de algo que conviene recordar: unos cuantos días, por mucho que miremos, preguntemos y recorramos, no bastan para explicar un lugar.

Esta vez mi viaje tuvo un itinerario más pautado de lo que acostumbro. Quizá por eso me interesaron especialmente esos pequeños momentos en que algo se salía del programa: una puerta abierta, una inscripción, una conversación, un paisaje que no encajaba con la imagen que llevaba de Puglia. Fueron precisamente esas desviaciones las que acabaron despertándome más preguntas.


Por ejemplo, ¿qué ocurre realmente con esos enormes olivares que hemos visto secos, atravesando el Salento? Antes del viaje sabía algo de la Xylella, la bacteria que ha destruido millones de olivos. Pero una cosa es leerlo y otra contemplar los árboles muertos y descubrir, junto a ellos, extensiones de placas solares. Entonces la cuestión deja de ser únicamente agrícola y empieza a hablar también de paisaje, economía, energía y del futuro de una región.

Tampoco entendí del todo aquel horizonte industrial que vimos al acercarnos al golfo de Tarento. Habíamos pasado el día entre iglesias barrocas, callejuelas y fachadas de piedra clara y, de pronto, apareció otra Puglia: chimeneas, instalaciones industriales, aerogeneradores junto al mar. Una imagen bastante distinta de la región blanca y luminosa de las fotografías turísticas.

Y están los trulli de Alberobello, naturalmente. Son tan perfectos que parecen construidos para ser fotografiados. Y los fotografiamos. Nosotros y varios miles de personas más. Pero mientras caminaba entre tiendas de recuerdos me preguntaba cuánto quedaba allí de la vida que originó aquellas construcciones y cuánto pertenecía ya al escenario que los viajeros esperamos encontrar.


Trulli en Albrobello
Trulli en Alberobello

A veces, sin embargo, las mejores historias aparecieron donde no las buscábamos.

Una puerta abierta en Bari nos llevó hasta un hombre de espectacular cabello blanco que hablaba rodeado de cámaras. Era Vincenzo Schettini, profesor y divulgador científico, a quien yo no conocía.

Una inscripción en una pared, un pez servido en un restaurante, una piedra utilizada en una iglesia, unas frases escritas en una puerta o una forma inesperada de colocar los cuadros en un museo bastaron para desviarnos durante un rato del itinerario previsto.

Y esas desviaciones son probablemente lo que más recuerdo.

Hace tiempo que digo que viajo leyendo y leo viajando. Los libros me han llevado a muchos lugares y los viajes me han llevado después a otros libros. Pero quizá tendría que añadir algo más: viajar también sirve para desconfiar de lo que creemos haber entendido.

No siempre volvemos sabiendo más.

A veces volvemos simplemente sabiendo mejor lo que ignoramos.

Durante los próximos días iré contando algunas de esas pequeñas historias que Puglia fue dejando por el camino: pueblos antiguos que apenas conocía, escritores inesperados, teatros reconstruidos, mosaicos medievales, olivos enfermos, ciudades excavadas bajo las ciudades y algún personaje encontrado por casualidad.

No será una guía de Puglia.

Para eso ya existen muchas y mejores.

Será, más bien, el intento de seguir algunas de las preguntas que el viaje dejó abiertas.

Porque quizá los mejores viajes no sean los que nos proporcionan más respuestas, sino los que nos enseñan a hacer mejores preguntas.


Pilar Otano Cabo

Badajoz, España

Octubre de 2026