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sábado, 10 de octubre de 2026

La ciencia entró por una puerta de carruajes


CUADERNO DE PUGLIA ● 3


Un encuentro con Vincenzo Schettini


No entramos en aquel patio porque supiéramos que estaba ocurriendo algo importante. Estábamos en Bari, paseando tranquilamente por el Corso Vittorio Emanuele II, la gran avenida que separa Bari Vecchia del Borgo Murattiano, el barrio de amplias calles trazadas en cuadrícula cuya construcción impulsó Joaquín Murat a comienzos del siglo XIX. Lo que llamó nuestra atención fue una de esas antiguas puertas de carruajes que todavía conservan algunos palacios y casas señoriales. La puerta daba acceso a un patio y, dentro, un grupo de personas con cámaras y micrófonos rodeaba a un hombre de llamativos cabellos blancos que hablaba con entusiasmo.

Vincenzo Schettini y su nuevo libro, La scuola che verrà. Riflessioni nell’era del cambiamento.
Vincenzo Schettini en el Teatro Piccinni

Soy un poco cotilla —aunque quizá quede mejor decir curiosa— y me atraen esas pequeñas casualidades que aparecen durante los viajes. Así que nos acercamos, hicimos unas fotografías y seguimos nuestro camino sin saber quién era aquel señor.

Más tarde, la curiosidad continuó trabajando. Busqué su imagen con Google Lens y apareció un nombre: Vincenzo Schettini, profesor de Física, músico y uno de los divulgadores científicos más populares de Italia. Sin pretenderlo, nos habíamos tropezado en Bari con el creador de La fisica che ci piace.

Estaba allí, en el Teatro Piccinni, para inaugurar el curso escolar de Bari y presentar, en primicia nacional, su nuevo libro, La scuola che verrà. Riflessioni nell’era del cambiamento. El encuentro planteaba cómo educar a una generación crecida entre teléfonos móviles, redes sociales e inteligencia artificial, y defendía la necesidad de hablar de educación también fuera de las aulas.


Al día siguiente, la prensa local puso nombre e imágenes a aquella escena inesperada: la Repubblica Bari publicó un vídeo del encuentro de Schettini con estudiantes y profesores en el Teatro Piccinni.


Al conocer el motivo de aquella entrevista, el azar italiano me devolvió inmediatamente a Badajoz. Mientras Schettini llevaba al escenario de un teatro sus reflexiones sobre la enseñanza y convertía la divulgación científica en espectáculo, aquí Lorenzo Blanco trabaja desde hace años, con un entusiasmo difícil de desalentar, por el Museo Extremeño para la Ciencia y la Tecnología para nuestra región.

Nos apasionan los museos de ciencia y todo lo relacionado con la divulgación científica. Quizá porque en ellos la ciencia deja de parecer una materia reservada a especialistas y se convierte en una experiencia al alcance de cualquiera. Un experimento, una antigua máquina, un microscopio o una sencilla pregunta pueden despertar una curiosidad que no entiende de edades. Un buen museo de ciencia no nos recuerda lo poco que sabemos: nos anima a querer saber más. 

Por eso aquel hombre de cabellos blancos con el que nos tropezamos casualmente en Bari no resultó estar tan lejos de nuestros intereses. Schettini en un teatro italiano y Lorenzo Blanco trabajando por un museo en Badajoz parten de una convicción semejante: la ciencia también es cultura y necesita salir de los laboratorios y de las aulas para encontrarse con la gente.

Pilar Otano Cabo

Badajoz, España

Octubre de 2026


miércoles, 7 de octubre de 2026

Bari: una conversación entre Apulia y Grecia


CUADERNO DE PUGLIA ● 2 

Era el último día del viaje y no queríamos perdernos por nada del mundo el Museo Arqueológico de Bari. Nos quedaba un último cartucho de tiempo y lo gastamos allí. Fue un disparo certero: las salas nos ayudaron a comprender un poco mejor esa Apulia que durante el viaje habíamos ido intuyendo en las ciudades, los paisajes, las piedras.

Museo arqueológico Santa Scolastica en Bari Italia


Antes de Grecia ya estaba Apulia

La historia empieza mucho antes de los gr¡egos. Entre el Adriático y el Jónico, Apulia fue desde muy pronto una tierra de paso y encuentro. En ella vivieron distintos pueblos, a los que se suele agrupar bajo el nombre de yapigios: daunios, al norte, peucetios en el centro y mesapios al sur. No eran pueblos primitivos a la espera de alguien les enseñara a vivir, sino comunidades con sus propias formas de organizarse, comerciar, fabricar objetos y enterrar a sus muertos. El contacto con otros pueblos —entre ellos los griegos— fue transformando ese mundo, pero no lo borró.

Eso es precisamente lo que más me interesó de las vitrinas: no cuentan una historia sencilla de unos que llegan y otros que desaparecen. En ellas conviven cerámicas locales, con sus dibujos geométricos, y piezas importadas o inspiradas en los talleres griegos. Algunas recuerdan que el intercambio no consistía solo en comprar y vender: también viajaban las imágenes, las costumbres, las ideas.

Cerámica daunia con decoración geométrica en Museo Arqueológico Santa Scolastica de Bari en Italia
Cerámica daunia con decoración geométrica
 Museo Santa Scolastica de Bari


Cuando beber era una ceremonia

Nos detuvimos ante unos recipientes que parecían cuernos rematados en  cabezas de animales. Eran rhyta, vasos utilizados para beber o servir vino,  especialmente en banquetes y también en determinados contextos rituales. Su forma no era simple adorno: convertía el acto de beber en algo mucho más teatral.

Aquellos animales de cerámica me hicieron pensar que, alrededor de una mesa, no solo circulaba el vino. También se exhibían riqueza, gusto y pertenencia a un determinado mundo cultural. 


Los que no están en las vitrinas

Y, mientras miraba aquellos objetos tan elaborados, pensé también en quienes no aparecen en las vitrinas. Porque muchos de esos banquetes, armas, cerámicas importadas y ajuares ricos pertenecieron seguramente a una parte privilegiada de la sociedad. De quienes tuvieron poco —campesinos, trabajadores, mujeres y hombres cuya vida no dejó objetos valiosos ni tumbas espectaculares— es mucho más difícil encontrar huellas. También eso condiciona nuestra manera de mirar el pasado: los museos conservan lo que ha sobrevivido, y no siempre sobrevive la vida de todos por igual.

 

Rhyta con forma de animales. Museo Arqueológico Santa Scolastica de Bari en Italia
Rhyta zoomorfos

También se reían en la Antigüedad

Luego vimos varios vasos decorados con escenas cómicas. En uno de ellos, dos sátiros parecían enzarzados en una pelea; en otros aparecían personajes alrededor de una mesa o animales persiguiéndose. No todo era solemnidad, dioses, guerreros y ceremonias. También había espacio para la burla, la exageración y las situaciones ridículas.

Me gustó encontrar ese humor en medio de las vitrinas. A veces miramos la Antigüedad como un mundo demasiado serio, casi inmóvil, pero aquellas imágenes recordaban algo mucho más sencillo: también entonces la gente se divertía viendo a otros hacer el ridículo. Algunas cosas, por lo visto, han cambiado bastante menos de lo que pensamos.

Vaso decorado con escena cómica. Museo Santa Scolastica. Bari
                                                               Sátiros peleando.
                                    Humor pintado en una vasija

Apolo, un dios detenido

Una de las piezas que más me impresionó fue el pequeño bronce de Apolo, fechado en el siglo V a.e.c., que parece conservar intacto el instante anterior al movimiento. Hay en él fuerza, pero también contención: no la violencia de un guerrero, sino la energía luminosa un dios que está a punto de avanzar. Hallado en Puglia, esta figurita recuerda la vitalidad de la Magna Grecia y la circulación de los mitos griegos por Italia. 

Estatuilla de Apolo en bronce
Único original antiguo de este tipo hallado en Puglia 


El Mediterráneo cabe en un casco

Otro objeto que nos llamó la atención fue este casco de bronce de tipo corintio. Basta mirarlo para pensar inmediatamente en Grecia. Y, sin embargo, estaba aquí, en territorio de los peucetios.

Quizá por eso me pareció una de esas piezas capaces de explicar por sí solas una parte del museo: los pueblos de la antigua Apulia no vivían encerrados en un mundo propio. El Adriático les ponía en contacto con otras orillas y, a través del comercio y de los intercambios, llegaban objetos, formas y modelos del mundo griego. Después los peucetios los incorporaban a su propia cultura. Más que una frontera entre dos mundos, aquel casco parecía hablar de un Mediterráneo hecho de contactos, préstamos y mezclas.


Casco de tipo corintio procedente de Bitonto, siglo VI a. C. Un objeto griego en territorio peucetio.
Casco de tipo corintio procedente de Bitonto, siglo VI a. C.
Un objeto griego en territorio peucetio.

                                                                                                                                                                            Música entre vitrinas

Y todavía nos aguardaba otra sorpresa. En una sala, un grupo de músicos preparaba sus instrumentos para un concierto. El clavicémbalo esperaba en medio de la sala y, de vez en cuando, la trompeta se adelantaba al programa: su ensayo nos acompañó mientras mirábamos las vitrinas. El museo hablaba del pasado con sus objetos y, al mismo tiempo, volvía a llenarse de vida con la música.


Música en el Museo Arqueológico Santa Scolastica de Bari en Italia
La música se instaló por unas horas entre las vitrinas del museo.

La arqueología entre bastidores

Pero hubo otra zona que me sorprendió de una manera distinta. En el suelo, varias cajas de plástico —unas amarillas, otras rojas— guardaban piezas arqueológicas envueltas con cuidado, algunas con sus etiquetas bien visibles. No tenían la solemnidad de las vitrinas: parecían mostrarnos un instante del trabajo que suele quedar fuera de la mirada del visitante, cuando los objetos se protegen, se identifican y se preparan para ser estudiados o trasladados. Por encima, unos perfiles dibujados con líneas de luz recorrían la sala. La escena tenía algo de almacén, de taller y de instalación artística a la vez. Me pareció una manera muy sugerente de recordar que un museo no empieza cuando vemos una pieza expuesta: detrás hay muchas manos, decisiones y cuidados.


Piezas arqueológicas protegidas y clasificadas: el trabajo del museo antes de llegar a la vitrina.
Piezas arqueológicas protegidas y clasificadas:
el trabajo del museo antes de llegar a la vitrina.


A salir, Apulia ya no era solo el paisaje de los últimos días. En las vitrinas habíamos encontrado algunas de sus raíces; en las cajas, el trabajo paciente que las rescata; en la música, la vida que sigue llenando esos espacios. Aquel último cartucho de tiempo nos había servido para mirar de otra manera todo lo que habíamos visto. Y la trompeta, sin saberlo, puso el punto final al viaje.


Pilar Otano Cabo

Badajoz, España

Octubre de 2026



sábado, 18 de julio de 2026

Lourdes Murillo y la memoria de las nuestras


La exposición El Tendedero / Archivos Imaginados de Mónica Mayer y Lourdes Murillo en el MEIAC de Badajoz ya terminó (del 9 de abril al 7 de junio de 2026). Sin embargo, hay exposiciones que no acaban cuando se desmontan las salas. Permanecen un tiempo más, instaladas en algún lugar de la memoria. Esta ha sido una de ellas.


La obra de Lourdes vuelve a llevarme, una y otra vez, a las mujeres de mi infancia: mi madre, mis tías, mi abuela. Es curioso cómo el arte, cuando alcanza cierta verdad, es capaz de despertar recuerdos que creíamos dormidos y devolvernos, sin apenas darnos cuenta, a lugares que siguen habitándonos.

Hace algún tiempo escribí en este mismo espacio dos textos dedicados a su trabajo, La poética de Lourdes Murillo en su jardín imposible y Lo indeleble. Creo que ambos me ayudaron a comprender mejor lo que ahora he vuelto a encontrar en esta exposición: una obra donde los recuerdos toman cuerpo en gestos cotidianos, en objetos aparentemente humildes y en silencios compartidos.

Lo indeleble & Jardín imposible, Lourdes Murillo
Otras exposiciones en Badajoz de Lourdes Murillo

En esta ocasión, las piezas de Lourdes dialogaban con El tendedero, de Mónica Mayer (Ciudad de México, 1954), una obra fundamental del arte feminista. Si Mayer convierte un gesto cotidiano en un espacio para hacer visible aquello que tantas veces permanece oculto, Lourdes recorre un camino propio, profundamente personal. Yo, al contemplar sus obras, regreso inevitablemente al taller de modistas de mi familia. Vuelvo a escuchar el sonido de las tijeras, a sentir el calor de la plancha de carbón, el brillo de los alfileres y la delicadeza con la que unas manos expertas transformaban una tela en un vestido.

Taller de Juliana y Clotilde Corchado en Badajoz c. 1945

Hay objetos que poseen una extraordinaria capacidad para despertar la memoria. Me ocurrió al descubrir que Lourdes había incorporado a algunas de sus obras unas cajas de rollos de pianola. Bastó verlas para recordar las historias que tantas veces escuché a mi madre sobre los bailes en la casa familiar durante los años cuarenta, cuando la música llegaba gracias a aquellos rollos mecánicos. Al volver a casa sentí la necesidad de buscarlos. Allí seguían, guardados desde hacía tantos años. Ahora los miro de otra manera: no solo como objetos antiguos, sino como pequeñas cápsulas de memoria.

Archivos imaginados en cajas de  rollos de pianola
¿Qué secretos contienen estas cajas de rollos de pianola...?

Mientras recorría la exposición recordé unas palabras de Natalia Ginzburg en Las pequeñas virtudes. Escribe que la mejor herencia que podemos transmitir no son los consejos, sino una pasión por la vida, porque «el amor a la vida engendra amor a la vida». Tal vez sea eso lo que permanece en estos objetos aparentemente insignificantes: los alfileres, la plancha, los rollos de pianola… No son simples recuerdos; son los hilos con los que se ha ido tejiendo nuestra propia historia.

Las pequeñas virtudes, de Natalia Ginzburg


Lourdes Murillo (Badajoz, 1964), formada en Sevilla y con una trayectoria artística que la ha llevado desde sus primeras intervenciones hasta los trabajos más recientes, posee una rara cualidad: convertir lo íntimo en un territorio compartido. Desde su estudio de Trujillo continúa construyendo una obra que crece sin perder nunca el vínculo con sus raíces, permitiendo que quienes la contemplamos encontremos también las nuestras.

Archivos imaginados, Lourdes Murillo en el MEIAC de Badajoz


La exposición ha terminado. Las luces del museo se han apagado y las obras han emprendido otro camino. Pero algunas permanecen mucho tiempo dentro de nosotros. Esta es una de ellas.

Gracias, Lourdes, por hacerme regresar, una vez más, a las mujeres de mi infancia, esas que siguen sosteniendo, con una discreción admirable, buena parte de lo que soy. Y gracias, también, por tu generosidad al regalarnos a un buen grupo de amigas las visitas a tus exposiciones.


Visita Archivos Imaginados con Lourdes Murillo
Visita a la exposición


Pilar Otano Cabo

Badajoz (España)

Julio de 2026



martes, 7 de julio de 2026

El misterio del almacén: una cita pendiente en Jaén. Museo de arte naïf



Centro cultural Baños árabes de Jaén
Palacio de Villardompardo, Jaén

Hay rincones que te atrapan no solo por lo que muestran, sino por la historia del lugar que los cobija. Eso me ocurrió en nuestro viaje a Jaén, en la visita al Museo Internacional de Arte Naïf de Jaén. Ubicado en pleno casco histórico, comparte espacio con la joya de los Baños Árabes en los sótanos del imponente Palacio de Villardompardo, un edificio renacentista del siglo XVI que ya de por sí merece la visita.

 Cruzar sus puertas es adentrarse en un universo colorista y espontáneo; este museo, pionero en España en su especialidad, alberga una colección fascinante de más de 600 obras de artistas nacionales e internacionales. Sus salas están llenas de esa mirada limpia, casi infantil, tan detallista y sin ataduras académicas que define al arte naïf: paisajes rurales vibrantes, escenas costumbristas llenas de vida y una explosión de luz que contrasta con los sobrios muros de piedra del palacio.


Museo Internacional de Arte Naïf de Jaén


El museo tiene ese encanto particular de las cosas que se guardan con mimo. Recorrí sus salas con la calma que exige el arte naïf, dejándome embaucar por las perspectivas imposibles. Sin embargo, llevaba una intención oculta, mi coartada, muy personal en esta ocasión, una pequeña dosis de misterio familiar. Había leído que entre sus fondos figuraban obras de la pintora navarra naïf María Victoria Otano Lecumberri (San Adrián, 1913- Barcelona 1997). Ya sabéis mi debilidad por las coincidencias: encontrar un apellido como el mío, que no es precisamente de los que uno se cruza en cada esquina, me despertó una tremenda curiosidad; quise seguir el rastro de ese hilo invisible. Así que recorrí las salas con la mirada atenta, buscando esa firma familiar entre la maleza de colores de las paredes.

Para mi sorpresa, tras dar más de una vuelta por cada sala —no exagero— y escudriñar cada pared, la decepción empezó a asomar. No había rastro de ella. Acudí, con la cautela de quien pregunta por un secreto, al personal del museo. Me comentaron, con amabilidad exquisita y con la naturalidad de quien habla de un archivo cotidiano, que efectivamente, en este momento no había ninguna pieza suya en las salas de exhibición y que “suponían” que estarían en el almacén, aguardando pacientemente el turno de alguna futura muestra.


Me quedé un momento pensativa frente otros cuadros, imaginando qué tesoros permanecerán ocultos en esa penumbra de los depósitos, esperando la luz de una sala. Qué curioso es el destino de las obras de arte: a veces, el apellido y la intención no bastan para el encuentro.


Museo de Arte Naïf en Jaén


Me fui de Jaén con esa espinita, con la sensación de haber dejado una tarea a medias. Dicen que el arte, como la vida, siempre tiene una sorpresa reservada para quién sabe esperar. Así que, María Victoria, mi búsqueda no termina aquí; nos quedamos con una cita pendiente para cuando decidan sacar a la luz esos lienzos que guardan, con tu nombre y tu forma de ver el mundo, el misterio del almacén.



Pilar Otano Cabo

Badajoz (España)

Julio de 2026


domingo, 30 de noviembre de 2025

El Museo Magritte de Bruselas

Un mundo paradójico


Cuando tienes poco tiempo para visitar una ciudad, lo estiras hasta lo imposible y sacas cualquier hueco para no perderte nada. Eso fue lo que nos sucedió hace unos días en nuestra escapada a Bruselas. La mañana nos había llevado al Parlamento Europeo y nos esperaba un paseo por la ciudad por la tarde, así que sólo había  un resquicio para comer y descansar. Pero como para descansar ya habría tiempo al volver a casa, tiramos de nuestra lista de imperdibles de Bruselas y elegimos el Museo Magritte.


Museo Magritte_Bruselas

Magritte nos da la bienvenida

Ya fue una experiencia surrealista atravesar la Place Royale, para llegar al museo, sorteando obras, vallas y operarios que parecían surgidos de un cuadro de Magritte; eso sí, cambiando el bombín por el casco de obra. Era el caos de la ciudad, como en tantas otras, con una sinfonía de martillos y taladros que acompañan al visitante y al lugareño. En cambio, cruzar su puerta es como pasar un umbral invisible; allí empieza un espacio donde el arte de René Magritte no te mira, te observa, te invita a pensar. No es un museo de simples cuadros, es un lugar para la reflexión y, ¿por qué no? para el diventimento.


Cada sala es un reto: aquí Magritte se muestra de perfil, sosteniendo lo que parece un lápiz ante un espacio vacío y que me obliga a tirar de mi libreta y de mi boli de cuatro colores para empezar a rellenar ese papel en blanco.





Y sala tras sala, me hace sonreír. Magia y misterio, él no habla, pero lo dice todo. Paradojas que me desafían, porque claro que “esto no es una pipa”. Y objetos cotidianos vestidos de textos incongruentes e inesperados; ¿no es un sombrero (ese bombín tan Magritte) para uso externo? En fin, magia, ilusión, ambigüedad, trampas mil; imágenes aparentemente normales, pero que llegan a desconcertarte, poniendo tu cabeza a cavilar, mientras los pies no consiguen despegarse del suelo ante cada pieza.



Irene o la literatura perdida y Encuentros naturales


Y seguro que alguien está esperando la coartada literaria, pero no, esta vez no. Podía tirar de Foucault, pero me tendría que poner en modo solemne y, sinceramente, no me apetece. Lo que sí tengo es un par de coartadas cinematográficas y una canción; porque hay escenas en muchas películas, tomadas de cuadros de Magritte. Ahí van un par de guiños que conectan arte y cine:


En Los abrazos rotos, de Almodovar (2009) hay una escena inspirada en la obra de Magritte, Los amantes. Es la inquietante escena en la que dos personas se besan con las cabezas envueltas en telas blancas que impiden el contacto.


Aquí puedes ver el tráiler. La escena aparece en el minuto 1:18



Los amantes y Los abrazos rotos





Por otro lado, la escena final de El show de Truman (1998), protagonizada por Jim Carrey, está también inspirada en una pintura de Magritte, Arquitectura al claro de luna. 

En este enlace puedes ver la escena final completa.


Magritte y El show de Truman


Para redondear la experiencia, dejo una canción de Paul Simon dedicada a René y Georgette Magritte, incluida en su disco Hearts and Bones, de 1987;  René Magritte and Georgette Magritte with Their Dog After the War; una balada tan surrealista como sus propios cuadros.


Y como recuerdo, la típica postalita que traigo en esas ocasiones para la pared viajera de mi estudio. Tenía que ser la más emblemática de todas, El hijo del hombre, supuestamente su autorretrato, pero como la cara está tapada con la manzana voladora, no lo podemos asegurar. 


El hijo del hombre, Magritte en mi pared viajera

Magritte en mi pared viajera




Pilar Otano Cabo
Badajoz, España
Noviembre de 2025

sábado, 10 de agosto de 2024

El Vasa, un buque de guerra en tierra

Ese día en Estocolmo estaba dando mucho de sí. Habíamos cumplido con varios de los rituales de mis viajes: una biblioteca, un mercado y una casa. La casa, más bien el portal, no era la de un escritor, era la casa donde en las novelas vivía Sebastian Bergman, el psicólogo criminalista especialista en asesinos en serie de las siete novelas de Hjorth & Rosenfeldt que me han tenido tan enganchada las últimas semanas.

Así que después de hacer buen uso de nuestras zapatillas, llegamos, atravesando ¡¡otro puente más!!, a la isla de Djurgården, donde está el Museo Vasa. Todo un espectáculo.



Museo Vasa. Estocolmo


El edificio destaca ya desde lejos por su interesante estructura. Era la última hora de la mañana y en los alrededores del museo familias y grupos bastante numerosos se reunían en las mesas de picnic dando buena cuenta de sus viandas. Hicimos lo propio rápidamente para acceder al recinto y llevarnos la enorme sorpresa de ver ese espléndido barco que nunca llegó a navegar.


Hoy es 10 de agosto y fue un día como hoy pero de 1628 cuando todos tan contentos, en el puerto de Estocolmo, expectantes para ver ese buque de guerra salir al mar a guerrear contra los polacos, se llevaron el chasco monumental. Era un buque de guerra, sí, pero iba engalanado que ni para una verbena: decorado con cientos de elaboradas esculturas e adornos, todos ellos pintados en brillantes colores. Un montón de esculturas representando motivos de la antigua mitología, del Antiguo testamento y de la Historia de Roma.


Museo Vasa en Estocolmo (Suecia)

Y todo se fue al traste porque el barquito escoró nada más echar a navegar: un buen viaje inaugural. Y me gusta mucho como lo cuenta Darío Fo en su biografía de la Reina Cristina de Suecia, la hija del rey que había mandado construir ese pedazo de barco.


Reunido con su Estado Mayor, el rey (Gustavo Adolfo el Grande) determinó el día en el que los barcos y el Ejército al completo habrían de zarpar. Algunos, sin embargo, temían lo peor: los cenizos de costumbre habían difundido el rumor de que había surcado el cielo un cometa imprevisto que emanaba una luz siniestra. Y los malos presagios parecieron quedar confirmados.  

El Vasa, el buque real, estaba desfilando por el canal por delante del palco donde Gustavo Adolfo y su Estado Mayor se disponía a saludar al pueblo antes de su marcha. El almirante había ordenado a las tropas que formaran en el centro de la cubierta y que no se movieran: «Todos quietos; debéis permanecer en vuestros puestos como estatuas de mármol». Pero, cuando la banda militar entonó la marcha de batalla destinada al rey, los soldados alineados en el combé, presa del entusiasmo, empezaron a aplaudir. Un nutrido grupo avanzó hacia el costado derecho justo enfrente del palacio real y de inmediato se oyó estallar un grito: «¡Atrás; volved a vuestros puesto, maldita sea!». Pero ya era demasiado tarde. La nave se estaba inclinando. Al volcar, toda la brigada se vio aplastada como bajo una enorme tapadera: el barco se fue a pique. 

Pero la culpa no fue del cometa. Más tarde se llegó a saber que el Vasa había zarpado sin el lastre de reglamento, porque el exceso de peso incidió en la quilla hasta el punto en que el buque encalló en el canal.  

La Reina Cristina de Suecia, Darío Fo


El museo tiene siete plantas para tener acceso a todos los recovecos del barco. Puedes comprobar cómo el Vasa, magníficamente conservado debido a las salobres aguas del Báltico, fue encontrado y reflotado 333 años después de aquel estrepitoso fracaso, en 1961. Distintas exposiciones nos cuentan las historias alrededor del buque de guerra que se quedó en tierra.


Museo Vasa en Estocolmo (Suecia)


Así que por 190 coronas suecas, unos 19 euros, se pasa un buen rato en Estocolmo. Toda la información en su web.


Pilar Otano Cabo

Badajoz (España)

10 de agosto de 2024