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martes, 8 de septiembre de 2026

Entre columnas y silencios: una lectura de Alejandro y el eunuco persa

Las palabras que me llamaron desde las piedras

Cada verano acudimos varias veces al Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida. Ver una obra en el Teatro Romano convierte cada representación en una experiencia especial. El año pasado asistimos a Alejandro y el eunuco persa, de nuestro paisano Miguel Murillo, y, como suelo hacer, quise leer después el texto. Ya se sabe que una cosa es lo que ocurre sobre el escenario —y más en un escenario como el Teatro Romano de Mérida— y otra lo que una descubre al leer con calma. No lo he hecho hasta hace unos días y estas son algunas de las impresiones que me ha dejado.


Libro Alejandro y el eunuco persa, de Miguel Murillo, junto a una imagen del Teatro Romano de Mérida.
Alejandro y el eunuco persa, de Miguel Murillo.
Del escenario del Teatro Romano de Mérida a la lectura, casi un año después
.

Ya aquella noche tuve que desprenderme un poco del Alejandro que creía conocer. La lectura del texto, casi un año después, no ha hecho sino confirmar aquella impresión.

Estamos demasiado acostumbrados a pensar en Alejandro Magno como una de esas figuras de mármol que parecen haber nacido ya convertidas en Historia: el joven rey, el estratega invencible, el hombre que llevó sus ejércitos hasta los confines del mundo conocido. Un universo de batallas, caballos, armas, ambición y, por qué no decirlo, bastante testosterona.

Frente a todo ello, Murillo pone en boca de Aristóteles una pregunta que parece atravesar los siglos:

¿Llegará un día en el que los pueblos se abracen sin necesidad de luchar para ello? ¿No son las palabras las mejores armas para unir a los pueblos?

La guerra, el mando y la victoria son terrenos que Alejandro domina. Bastante más complicado resulta enfrentarse a los afectos, las lealtades, el deseo o las propias contradicciones.


Y ahí aparece Bagoas

El eunuco persa apenas ocupa unas líneas en las fuentes antiguas y, sin embargo, ha alimentado durante siglos la imaginación de quienes se han acercado a Alejandro. Murillo lo sitúa muy cerca del poder, en ese lugar privilegiado desde el que pueden verse cosas que quizá se escapan a quienes miran desde lejos.

Tiene su aquel que alguien de quien sabemos tan poco termine resultando tan sugerente. Bagoas observa a Alejandro, lo acompaña, lo ama y también se atreve a enfrentarse a él. Desde esa proximidad aparece un Alejandro muy distinto del héroe solemne que suele llegarnos desde la Historia.

Al final, cuando todo se ha derrumbado, Bagoas se aferra a una memoria que ya no pertenece a las conquistas ni a la gloria:

No podrán borrar tus huellas sobre mi piel.


Pero Bagoas no es la única mirada

Están también Olimpia, su madre, y Aristóteles, su maestro. Me ha interesado encontrar a Alejandro visto por quienes lo conocieron antes de convertirse en Alejandro Magno. Olimpia alimentó en él la idea de ser alguien excepcional; Aristóteles le enseñó a entender el mundo desde los valores —y también los prejuicios— de la cultura griega. El discípulo, sin embargo, acaba alejándose de lo que su maestro esperaba de él:

¿Qué ha ocurrido? ¿Qué ha cegado tu mente para dejar atrás esos propósitos y convertirte en alguien capaz de asesinar a inocentes? No te reconozco, Alejandro, no te reconozco en estas noticias que me llegan. 


De algún modo, madre y maestro contribuyeron a construir al héroe, pero también al hombre que terminó atrapado en ese papel. Quizá por eso me interesa especialmente este Alejandro: porque detrás del conquistador y del mito aparece un hombre que no sabe muy bien cómo escapar del personaje que él mismo ha contribuido a crear.

También me ha gustado especialmente el lenguaje de la obra. Los personajes no hablan con la solemnidad que a veces asociamos a las grandes figuras históricas ni como si hubieran salido de un viejo manual de Historia. Hablan de una forma cercana y directa, sin que por eso dejemos de sentir que estamos en el mundo de Alejandro.

Y hay además un pequeño juego dentro de la propia obra que me ha gustado mucho: el teatro hablando del teatro. Heráclito intenta explicarle a Bagoas qué significa ser actor y le muestra las máscaras de la tragedia y la comedia. Hoy se puede ser rey, mañana esclavo; ahora hombre, después mujer. Y llega a definirlo como «el más noble arte». No deja de tener gracia que, mientras nosotros contemplamos a Alejandro convertido en personaje, los propios personajes nos recuerden que todo lo que vemos es también representación, máscara y cambio.

Mientras leía era inevitable acordarme de Mary Renault y de El muchacho persa. Pero esa asociación me llevó por otro camino: la historia editorial de la novela en España parece estar relacionada con la censura franquista. Estoy intentando averiguar qué ocurrió realmente  y qué dicen los informes de los censores. Pero esa es otra historia —bastante interesante, por cierto— que dejaré para otra ocasión.

Al leer la obra de Murillo con calma entendí mejor algunas cosas que aquella noche podían quedar ocultas por la fuerza del espectáculo. La representación permanece en la memoria —las voces, los cuerpos, las columnas, la noche de Mérida—, pero el texto permite detenerse allí donde en el escenario todo tenía que seguir avanzando.

Y algunas palabras, leídas mucho después, vuelven a llevarnos a aquella noche.

Quizá esa sea también una de las razones por las que seguimos sentándonos, dos mil años después, frente a aquellas piedras de Mérida para escuchar historias que, al final, siguen hablando de nosotros.

¡Larga vida al teatro!

Vayamos a verlo. Y no olvidemos que el teatro también se lee.


Pilar Otano Cabo

Badajoz, España

Septiembre, 2026


domingo, 23 de agosto de 2026

Mary Welsh, Hemingway y los carros de mimbre de Madeira


Cuando estaba preparando nuestro viaje a Madeira, en mayo de este 2026, los famosos carrinhos de cesto aparecían en todas partes como uno de los imprescindibles de la isla. Son un clásico, una de esas imágenes que funcionan casi como tarjeta de visita de Funchal, su capital.

Estos curiosos carros de mimbre comenzaron a utilizarse en el siglo XIX como medio de transporte entre Monte y la ciudad. Ahora se han convertido en una atracción turística en toda regla. Se sube desde Funchal hasta Monte en el impresionante teleférico y después una se deja caer carretera abajo dentro de una especie de trineo de mimbre hasta Livramento.

Carreiros do Monte hasta Livramento
Carreiros do Monte 

Los carros se deslizan sobre patines de madera y son conducidos por dos carreiros, vestidos de blanco y con sus típicos sombreros de paja. No necesitan gimnasio estos chicos, desde luego. Corren, empujan, maniobran y frenan con sus propias botas mientras el artefacto se lanza cuesta abajo durante casi dos kilómetros.

En fin, que, después de ver en qué consistía el asunto, yo había decidido que ni por asomo iba a montarme en semejante cacharro.

Pero seguí buscando información sobre Madeira —ya sabéis que no puedo preparar un viaje sin averiguar qué escritores han pasado antes por allí— y, ¡oh, sorpresa!, me encontré con Hemingway. Al parecer, el escritor había visitado la isla en junio de 1954 y había bajado desde Monte en uno de aquellos carros.

Mi razonamiento fue inmediato y, desde luego, irrebatible: si aquel buen señor, con su estatura, su peso y su considerable volumen, había conseguido encajarse en un cesto y lanzarse montaña abajo, ¿por qué no iba a hacerlo yo?

Dicho y hecho. Fue una de las primeras cosas que hicimos al llegar a Funchal: tomar el teleférico, subir hasta Monte, guardar la cola reglamentaria y acomodarnos en el carro. Y bajamos. Con la sensación de que aquello corría mucho más de lo que parecía en los vídeos.

Mereció muchísimo la pena.

Pero la historia no acabó allí. Al volver del viaje continué buscando y descubrí que Hemingway y su esposa, Mary Welsh, habían llegado a Funchal el 15 de junio de 1954 a bordo del transatlántico italiano Francesco Morosini, que hacía una breve escala en su viaje desde Génova hacia La Habana.

Al día siguiente, el Diário de Notícias de Madeira publicó una supuesta entrevista con el futuro Premio Nobel. En ella, Hemingway afirmaba haber subido a Monte y descendido en uno de los carros del país. De ahí debe de proceder la historia que yo había leído antes del viaje. 

Diário de Notícias, Funchal, 16 junio 1954
Entrevista a Hemingway en Diário de Notícias de Funchal
el 16 de junio de 1954 (1)

Sin embargo, parece que las cosas no sucedieron exactamente así.

Hemingway no dejó ningún relato de aquella escala. Quien sí lo hizo fue Mary Welsh en sus memorias, How It Was, publicadas en 1976. Mary cuenta que bajó en el carro de mimbre acompañada por el capitán del barco, después de probar el vino de Madeira y visitar en Monte la iglesia donde está enterrado Carlos I, último emperador de Austria. 

De Ernest no dice nada.

Años después, el profesor George Monteiro, especialista en Hemingway y en las relaciones entre las literaturas estadounidense y portuguesa, investigó aquella breve escala en Madeira. Al comparar la noticia publicada por el Diário de Notícias con las memorias de Mary Welsh, encontró varias contradicciones. Todo indica que quien bajó en el carro fue Mary, acompañada por el capitán del barco, mientras Hemingway probablemente permaneció a bordo. Así que yo me monté animada por Hemingway y he terminado descubriendo que mi verdadera precursora había sido su mujer. 

Y eso me gusta bastante más.

Porque Mary Welsh no fue solamente la cuarta esposa del escritor —la última, porque él murió antes; nunca se sabe qué habría pasado de haber vivido más años—, antes de conocerlo ya era una periodista con una trayectoria extraordinaria.

Había nacido en Minnesota en 1908 y muy pronto decidió escapar de la vida que parecía reservada para una muchacha de su época. Comenzó trabajando en el Chicago Daily News y después consiguió dar el salto a Europa para escribir en el londinense Daily Express.

Durante la Segunda Guerra Mundial trabajó para la revista Time. Informó desde Londres durante los bombardeos alemanes, escribió sobre las consecuencias de la guerra en la población, realizó emisiones para la BBC y fue la primera mujer acreditada por la Royal Air Force y, más tarde, por el ejército estadounidense, con rango equivalente al de capitán.


Mary Welsh con uniforme de corresponsal de guerra.

Mary Welsh con uniforme de corresponsal de guerra. Fotógrafo desconocido. Ernest Hemingway Photograph Collection, John F. Kennedy Presidential Library and Museum (EH 8056P). Fuente: Montecristo Magazine, 8 de junio de 2022.


Además, se movía como pez en el agua entre militares, políticos, periodistas e intelectuales. Conocía a Eisenhower, trataba a personas cercanas a Churchill y parecía enterarse de todo lo que sucedía en aquel Londres en guerra.

Y entonces apareció Hemingway.

Se conocieron en 1944, cuando ambos cubrían la guerra y ambos estaban casados con otras personas. Hemingway quedó deslumbrado por ella y, según cuentan, le pidió matrimonio a la tercera vez que se vieron. Finalmente se casaron en Cuba en 1946 y se instalaron en Finca Vigía.

Y ahí, en buena medida, se acabó el periodismo.

Mary abandonó su carrera y pasó a organizar la complicada vida doméstica, literaria y social de Hemingway. Leía sus manuscritos, los mecanografiaba, hacía sugerencias, atendía a los invitados y procuraba mantener en pie un mundo sometido al carácter imprevisible —por decirlo suavemente— del escritor.

Eso sí, viajaron mucho. Y entre aquellos viajes estuvo el que los llevó hasta Madeira y que, tantos años después, ha terminado trayéndome a mí hasta Mary Welsh.

Tras el suicidio de Hemingway en 1961, Mary asumió el papel de viuda oficial y guardiana de su memoria. Fue su albacea literaria, organizó sus manuscritos y supervisó la publicación de buena parte de su obra póstuma. También intervino en las negociaciones con Fidel Castro para recuperar y conservar los documentos y pertenencias que habían quedado en Finca Vigía después de la Revolución cubana.

Durante años permaneció bajo la larguísima sombra de su marido. Pero sus memorias, How It Was, y la biografía de Timothy Christian, Hemingway’s Widow: The Life and Legacy of Mary Welsh Hemingway, permiten descubrir a una mujer brillante, contradictoria y compleja, con una personalidad mucho más arrolladora de lo que su condición de «viuda de» podría hacernos pensar.

Es curioso lo que me sucede con frecuencia: una cosa me lleva a otra y casi siempre termino leyendo algún libro.


How it was & Hemingway's widow


En este caso, un carro de mimbre me llevó hasta Hemingway. Hemingway me llevó hasta Mary Welsh. Y Mary ha terminado entrando, por méritos propios, en mi particular lista de mujeres alrededor del mundo.

Aunque, pensándolo bien, quizá debería darle las gracias también por haberme ayudado a subir a aquel cacharro. Porque ahora sé que no seguí los pasos de Hemingway.

Seguí los de ella.


(1) O meu agradecimento ao Diário de Notícias de Madeira e, muito especialmente, a Jessica Jesus, Gestora de Circulação, pela amabilidade e disponibilidade em me facultar uma cópia da página do jornal que reproduzo nesta entrada.


Pilar Otano Cabo

Badajoz, España

Agosto de 2026



martes, 18 de agosto de 2026

Lorca, el teatro y los vestidos de mi familia

Hoy se cumplen noventa años del asesinato de Federico García Lorca. Si habéis estado atentos a la prensa, la radio, la televisión o las redes sociales, poco más puedo añadir. Pero hay fechas que, además de devolvernos a la historia, despiertan recuerdos personales, casi íntimos. Y hoy me apetece compartir uno de ellos.

El detonante —siempre hay uno— ha sido Lorca. Bueno, Lorca, Miguel Murillo y Pepa Casado.

En 2017 se representó en el teatro López de Ayala de Badajoz El último amor de Lorca, una obra de Miguel Murillo sobre la relación entre el poeta y el joven crítico de arte Juan Ramírez de Lucas.


El Último amor de Lorca de Miguel Murillo. Estrenada en el Gran Teatro de Cáceres

La propuesta era muy original: el texto dramático se combinaba con poesía, baile y música en directo. Por el escenario pasaban también distintas figuras históricas de aquellos años y, poco a poco, se iba dibujando el ambiente político y social de la Segunda República, con la tragedia acercándose inevitablemente.

¿Y dónde está la parte personal de esta historia?

Pues en el vestuario, que realizó mi buena amiga Pepa Casado. Sus manos hacen magia con todo lo que tocan. Y, en esta ocasión, buena parte de lo que tuvo entre ellas fueron trajes, abrigos y vestidos que yo guardaba de mi madre y que mi madre, a su vez, había conservado de la suya, mi abuela Clotilde.

Ya he hablado en otro lugar de este blog del taller de mi abuela y de mi tía Juliana, y también del de mi madre, Isaína, a quien muchos de vosotros conocisteis.

Así que aquí esta menda, que lo guarda todo, y Pepa Casado, que sabe hacer maravillas con lo que encuentra, formamos sin saberlo la combinación perfecta. Gracias a ella, aquellas prendas familiares regresaron a la vida y ayudaron a construir el vestuario de El último amor de Lorca.

                 

El último amor de Lorca, de Miguel Murillo


Y ocurrió lo que tenía que ocurrir: durante la representación no pude dejar de ver, detrás de cada traje y de cada abrigo, a las mujeres de mi familia. Mujeres que bien podrían haber caminado por cualquiera de las escenas que Miguel Murillo nos regaló aquella noche.

De pronto, ya no estaba viendo solamente una obra sobre Lorca. También estaba viendo una parte de nuestra propia historia familiar sobre el escenario.

¡Larga vida al teatro!

Y sigamos leyendo, representando y recordando a Federico.

Pieza del vestuario de El último amor de Lorca


Diseños de vestuario de El último amor de Lorca
Uno de los diseños de Pepa Casado

Pilar Otano Cabo

Badajoz, España

18 de agosto de 2026



domingo, 19 de julio de 2026

Frankenstein y el Mundial de Fútbol 2026


Me fascina encontrar noticias que parecen tirar de un hilo invisible y terminan uniendo mundos que, en principio, no tienen absolutamente nada que ver. Basta con seguir ese hilo para descubrir conexiones inesperadas entre la actualidad, la historia y la literatura.


Esta vez, el detonante ha sido el Campeonato del Mundo de Fútbol.



MetLifeStadium. Final Copa Mundial de Fútbol 2026
MetLife Stadium (Imagen: Shutterstock en N. Geographic)

Conviene aclarar -quizás no haga falta- que no soy nada futbolera, aunque viva rodeada de auténticos entusiastas del balón. Sin embargo, me resultó imposible pasar por alto las noticias que llegaban desde Nueva York, donde la preocupación no estaba sólo en el resultado del partido en el que, esta misma noche, las selecciones de Argentina y España se lo juegan todo.


El desasosiego de las autoridades durante el pasado viernes era mayúsculo. La altísima concentración de partículas tóxicas mantenía a Nueva York en alerta —con las mascarillas agotadas en las farmacias y las autoridades recomendando limitar las actividades al aire libre—; situación que se replicaba en gran parte de las ciudades del noreste. ¿Culpable? Los más de ochocientos incendios forestales en Ontario (Canadá), cuya densa neblina había decidido tomar la costa estadounidense.


Puente de Brooklyn, Nueva York. Contaminación por incendios en Canadá.
Puente de Brooklyn en Nueva York (Getty Images en rtve noticias)


Y aquí es donde mi cabeza ha hecho ese extraño clic: ¿qué tiene que ver una crisis ambiental actual con Frankenstein? Pues, curiosamente, bastante.


La noticia me ha llevado inmediatamente a un episodio en el que la atmósfera decidió alterar el rumbo de la historia. En 1815, el volcán Tambora, en Indonesia, protagonizó una de las erupciones más violentas de las que se tiene constancia. La enorme cantidad de cenizas alcanzó la estratosfera, dio la vuelta al planeta y modificó el clima durante meses.


Al año siguiente, en 1816, las cenizas y el polvo viajaron más de 11.000 kilómetros hasta llegar a Europa. El resultado fueron anomalías térmicas, cosechas malogradas, hambruna y una crisis generalizada que pasó a la historia como “el año sin verano”.


Fue precisamente durante ese verano tan desagradable cuando coincidieron en Suiza, junto al lago Lemán, un grupo de jóvenes escritores. Lord Byron, John Polidori, Percy Shelley y Mary Shelley se habían reunido en Villa Diodati con la intención de pasar un verano espléndido, pero el clima —alterado por un volcán situado a casi 12.000 kilómetros— tenía otros planes. Atrapados en la villa por el mal tiempo, pasaban las horas leyendo historias de fantasmas alemanas hasta que Lord Byron lanzó un reto: que cada uno escribiera su propia historia de terror.

Fankenstein o el moderno Prometeo; ALMA, Clásicos Ilustrados


De aquel encierro forzado por una catástrofe natural nacieron dos obras decisivas para la literatura moderna: El vampiro de John Polidori y, por supuesto, Frankenstein o el moderno Prometeo de Mary Shelley. No deja de sorprenderme pensar que un fenómeno natural ocurrido al otro lado del planeta terminara influyendo en la creación de uno de los grandes mitos de nuestra cultura.


Supongo que hoy, en el MetLife Stadium —a unos 600 kilómetros de la zona más crítica en Canadá—, el único reto será ganar un partido de fútbol. Parece que los vientos y las lluvias previstas habrán limpiado la atmósfera a tiempo para el pitido inicial. Aun así, mientras ruede el balón, no podré evitar pensar en la fragilidad de nuestra atmósfera y en cómo, a veces, los cambios en el aire que respiramos terminan transformando no solo el tiempo, sino también nuestra propia historia y nuestra literatura.



Si después de leer esta entrada te apetece seguir tirando del hilo invisible del tiempo y la creación, aquí tienes un par de sugerencias:


La mirada literaria: William OspinaEl año del verano que nunca llegó (2015).


El verano que nunca llegó. William Ospina


La mirada cinematográfica. Es imposible hablar de aquel verano en Villa Diodati sin mencionar Remando al viento, de Gonzalo Suárez (1988).  Su película es, probablemente, la mejor aproximación cinematográfica a ese momento en que el aburrimiento, el genio y el aislamiento dieron origen a uno de los mitos más grandes de nuestra cultura.

Remando al viento, de Gonzalo Suárez (1988)


Pilar Otano Cabo

Badajoz, España, 19 de julio de 2026


martes, 9 de junio de 2026

Parede de Memórias. Arte urbano en Madeira.


Me gustan las sorpresas en mis viajes. No siempre es fácil, por la costumbre de llevarlo todo atado y bien atado; así que sólo tengo que preguntar y buscar. Pero esta vez, en nuestra escapada a mitad de Atlántico, a la isla de Madeira nos topamos con esta curiosidad que ves en la foto y que no estaba prevista.



Parede de Memórias, en Ponta do Sol

Acabábamos de salir de Funchal, su capital, donde teníamos el “campamento base” y en poco más de media hora llegamos Ponta do Sol, un bonito pueblo con su casco histórico junto al mar. Allí nos recibió la “Parede de Memórias”, una de esas intervenciones artísticas y que forma parte de la Ruta de arte urbano en el centro de Ponta do Sol. El gigantesco mural está formado por más de tres mill caras de tamaño real, creadas a partir de los moldes que la autora, la escultora y artista visual madeirense Patrícia Sumares, había hecho a 250 lugareños y visitantes que pasaron por su taller para ser inmortalizados en este enorme panel. 




Tres mil caras en la Parede de Memórias
Tres mil caras en la "Parede de Memórias"



Parede de Memórias- Ponta do Sol- Madeira, Portugal


Cada cara es diferente y todas juntas crean este alto relieve, una pared que quiere representar la memoria, la identidad y la comunidad. Entre las caras vuelan en todas direcciones espejos con forma de aves — guiño a la fauna local— creando un curioso  juego visual de reflejo de la luz.




Parede de Memórias- Ponta do Sol- Madeira, Portugal




Esta Parede de Memórias me ha recordado los gigantescos retratos de los años sesenta que cuelgan en las paredes del pueblo salmantino de Mogarraz, del que ya escribí en otra ocasión. 



Y como siempre me pasa, una cosa me lleva a otra y esta vez estas caras de barro me han traído a la mente una novela que leí hace poco, “Huaco retrato”, en el que la peruana Gabriela Wiener utiliza para su narración una historia de su tatarabuelo huáquero en Perú y su colección de huacos retratos, vasijas que representan rostros indígenas realizados en cerámica en el siglo III, procedentes del norte de Perú . 



Huaco retrato, Gabriela Wiener


Una última curiosidad, en este pueblo, en Ponta do Sol, nació el abuelo del escritor estadounidense John Dos Passos; sí, el de Manhattan Transfer. Así que ya imaginas cómo se llama el Centro Cultural de este bonito pueblo.



Manhattan Transfer- John Dos Passos

Mi Manhattan Transfer de aquella colección de Seix Bárrall, con calendario incluido...;)


Pilar Otano Cabo

Badajoz, junio de 2026















sábado, 30 de noviembre de 2024

LUNA, la revista de los asilados en la embajada de Chile en Madrid


Tenemos buenos amigos en Chile. Ya he hablado otras veces de Juan y Yoli. Juan Pino y Yolanda Acuña saben de mis aficiones y siempre me tienen al día de novedades chilenas relacionadas con España. Me envían “al tiro” noticias como la que Juan me envió ayer, recién recién salida del horno.


Hace un par de días, el 27 de noviembre se ha puesto a disposición de investigadores y también de curiosos como yo un tesoro impresionante. La Biblioteca Nacional de Chile ha digitalizado y subido a su web 30 números de una revista llamada LUNA y que tiene detrás una historia interesantísima.





LUNA fue publicada clandestinamente en Madrid entre noviembre de 1939 y junio de 1940. Era Madrid, pero en realidad era Chile porque todo ello ocurrió en la Embajada de Chile.





En estos 30 números, centrados en la literatura, el arte y la reflexión, publicaron 17 republicanos antifascistas que estuvieron refugiados en la embajada chilena durante varios meses; autores amenazados por la censura franquista […] y que plasmaba la compleja situación sociopolítica que dominaba en el país. 


Cuentan en la web de Radio Universidad de Chile que a 85 años de su primera edición, el Archivo Central Andrés Bello de la Universidad de Chile, junto a la Biblioteca Nacional y el Centro Cultural España de Santiago (CCESantiago), anunció la digitalización de la colección completa de la revista, cuyos ejemplares -escritos a máquina, en papel barba y repletos de ilustraciones del pintor y dramaturgo Santiago Ontañón–  fueron custodiados por el diplomático chileno Germán Vergara.


Desde que este documento llegó ayer a mis manos, no he podido parar de leer. Poemas, crónicas teatrales, cuentos, testimonios de la situación del país, notas de lectura… Aquí hay entretenimiento para curiosos, pero, sobre todo, un material extraordinario para investigadores y estudiosos de la literatura y de la situación política y social del momento.  



Inmensamente agradecida a ese maravilloso país que tanto me gusta. Chile tuvo un papel esencial en la acogida a tantos españoles después de la guerra civil y ahora esto es una guinda que ponen al pastel.


Y muy agradecida también a mis amigos Juan y Yoli por estar siempre atentos a estas noticias y compartirlas con nosotros.


No os perdáis la revista LUNA que podéis descargar, aquí en la web de la Biblioteca Digital de la Universidad de Chile


Pilar Otano Cabo. 

Badajoz (España)

29 de noviembre de 2024


sábado, 10 de agosto de 2024

El Vasa, un buque de guerra en tierra

Ese día en Estocolmo estaba dando mucho de sí. Habíamos cumplido con varios de los rituales de mis viajes: una biblioteca, un mercado y una casa. La casa, más bien el portal, no era la de un escritor, era la casa donde en las novelas vivía Sebastian Bergman, el psicólogo criminalista especialista en asesinos en serie de las siete novelas de Hjorth & Rosenfeldt que me han tenido tan enganchada las últimas semanas.

Así que después de hacer buen uso de nuestras zapatillas, llegamos, atravesando ¡¡otro puente más!!, a la isla de Djurgården, donde está el Museo Vasa. Todo un espectáculo.



Museo Vasa. Estocolmo


El edificio destaca ya desde lejos por su interesante estructura. Era la última hora de la mañana y en los alrededores del museo familias y grupos bastante numerosos se reunían en las mesas de picnic dando buena cuenta de sus viandas. Hicimos lo propio rápidamente para acceder al recinto y llevarnos la enorme sorpresa de ver ese espléndido barco que nunca llegó a navegar.


Hoy es 10 de agosto y fue un día como hoy pero de 1628 cuando todos tan contentos, en el puerto de Estocolmo, expectantes para ver ese buque de guerra salir al mar a guerrear contra los polacos, se llevaron el chasco monumental. Era un buque de guerra, sí, pero iba engalanado que ni para una verbena: decorado con cientos de elaboradas esculturas e adornos, todos ellos pintados en brillantes colores. Un montón de esculturas representando motivos de la antigua mitología, del Antiguo testamento y de la Historia de Roma.


Museo Vasa en Estocolmo (Suecia)

Y todo se fue al traste porque el barquito escoró nada más echar a navegar: un buen viaje inaugural. Y me gusta mucho como lo cuenta Darío Fo en su biografía de la Reina Cristina de Suecia, la hija del rey que había mandado construir ese pedazo de barco.


Reunido con su Estado Mayor, el rey (Gustavo Adolfo el Grande) determinó el día en el que los barcos y el Ejército al completo habrían de zarpar. Algunos, sin embargo, temían lo peor: los cenizos de costumbre habían difundido el rumor de que había surcado el cielo un cometa imprevisto que emanaba una luz siniestra. Y los malos presagios parecieron quedar confirmados.  

El Vasa, el buque real, estaba desfilando por el canal por delante del palco donde Gustavo Adolfo y su Estado Mayor se disponía a saludar al pueblo antes de su marcha. El almirante había ordenado a las tropas que formaran en el centro de la cubierta y que no se movieran: «Todos quietos; debéis permanecer en vuestros puestos como estatuas de mármol». Pero, cuando la banda militar entonó la marcha de batalla destinada al rey, los soldados alineados en el combé, presa del entusiasmo, empezaron a aplaudir. Un nutrido grupo avanzó hacia el costado derecho justo enfrente del palacio real y de inmediato se oyó estallar un grito: «¡Atrás; volved a vuestros puesto, maldita sea!». Pero ya era demasiado tarde. La nave se estaba inclinando. Al volcar, toda la brigada se vio aplastada como bajo una enorme tapadera: el barco se fue a pique. 

Pero la culpa no fue del cometa. Más tarde se llegó a saber que el Vasa había zarpado sin el lastre de reglamento, porque el exceso de peso incidió en la quilla hasta el punto en que el buque encalló en el canal.  

La Reina Cristina de Suecia, Darío Fo


El museo tiene siete plantas para tener acceso a todos los recovecos del barco. Puedes comprobar cómo el Vasa, magníficamente conservado debido a las salobres aguas del Báltico, fue encontrado y reflotado 333 años después de aquel estrepitoso fracaso, en 1961. Distintas exposiciones nos cuentan las historias alrededor del buque de guerra que se quedó en tierra.


Museo Vasa en Estocolmo (Suecia)


Así que por 190 coronas suecas, unos 19 euros, se pasa un buen rato en Estocolmo. Toda la información en su web.


Pilar Otano Cabo

Badajoz (España)

10 de agosto de 2024